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117

Bulletin

Venerar a los ancianos, amar a los jóvenes

Venerar a los ancianos, amar a los jóvenes

Boletín - No. 117, 2019

Contenido

Editorial

Padre Jean-Pierre Longeat, OSB, Presidente de la AIM


Lectio divina

El Joven rico (Mt 19, 16-26). Una pregunta clave

Madre Escolástica Ottoni de Mattos, OSB


Testimonios

• Ser monje en un monasterio joven

Dom Alex Echeandía, OSB


• Llegar a ser uno mismo en el monasterio

Hermana Maria Terezinha Bezerra dos Santos, OSB


• Una experiencia de libertad interior para la unión con Dios

Hermano Edmond Amos Zongo, OSB


• La fragilidad y la fuerza de una comunidad monástica

Hermano Nichodemus Ohanebo, OSB


• Sudáfrica, retos y alegrías de la vida monástica

Hermana Antoinette Ndubane, OSB


• Primeros pasos en la vida monástica

Hermana Rosa Ciin, OSB


Apertura al mundo

• Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, I parte “caminaba con ellos”. Capítulo II “Tres ejes cruciales”

Documento Final del Sínodo de Obispos


Economía y vida monástica

• Entre la cooperación y el conflicto. Aportes del monasterio de Bafor (Burkina Faso) al desarrollo local

Dra. Katrin Langewiesche


Liturgia

• Vida monástica y poesía (liturgia, lectio, vida fraterna)

Hermana Thérèse-Marie Dupagne, OSB


Monjas y monjes, testimonios para nuestro tempo

• Geronda Aimilianos del monasterio de Simonos Petra

De un texto escrito por el Hieromoine Serapion


• Homilía en el funeral de Geronda Aimilianos

Archimandrita Basilio, Prohigoumène


Noticias

• Viaje por China continental

Dom Jean-Pierre Longeat, OSB


• Viaje a Chad, junio-julio de 2019

Hermana Christine Conrath, OSB


• Informe de la sesión de superioras de las comunidades contemplativas de Madagascar y el Océano Índico

Hermana Agnès Brugère, OCSO


• Informe sobre el programa para los formadores monásticos de ABECCA

P. Alex Echeandía, OSB


• Reflexiones sobre el Curso Ananías

Hermano Moïse Ilboudo, OSB

Sommaire

Editorial

Uno de los aspectos más importantes de la vida de una comunidad monástica es la coexistencia de diferentes generaciones. Un fenómeno que se acentúa hoy en día, especialmente en occidente, por el aumento de la esperanza de la vida. En una sociedad moderna que ha decidido separar las generaciones; las comunidades monásticas mantienen, en la medida de lo posible, la práctica de la convivencia intergeneracional. Es habitual que haya comunidades de cuatro o incluso cinco generaciones.

A raíz del Sínodo romano sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, este número del Boletín de la AIM, presenta algunos aspectos de este tema en relación con la vida monástica. Varios testimonios de diferentes continentes nos dan una idea de cómo los jóvenes monjes o hermanas viven hoy su compromiso. Cada uno interpretó a su manera la pregunta inicial, que se refería a la visión que un joven podía tener de la vida monástica en el contexto de su país o su cultura. Así esto nos proporcionan una gran diversidad de enfoques. El resto de este número está dividido en diferentes secciones y algunas noticias.

 

Padre Jean-Pierre Longeat, OSB

Presidente de la AIM

Articulos

Venerar a los ancianos, amar a los jovenes

1

Padre Jean-Pierre Longeat, OSB

Presidente de la AIM


Venerar a los ancianos,

amar a los jovenes

RB 4, 70, 71; 63, 10

 

 

Acojamos en primer lugar lo que san Benito nos dice sobre nuestro tema. San Benito se preocupa especialmente por el equilibrio dentro de la comunidad con la contribución de los jóvenes y los hermanos y hermanas mayores. En el capítulo 4 de los Instrumentos del arte espiritual tiene este mandato: “Venerar a los ancianos, amar a los jóvenes” (4,71-72). Se trata de situar las reacciones de unos y otros en el contexto de la atención mutua.

Desde el principio de su Regla, el monje es considerado como un hijo que escucha a su Padre. Como sabemos, se trata de una referencia al Libro de los Proverbios (Pr 1,8), pero más aún, es un énfasis evangélico. Jesús se sitúa en su relación de filiación con su Padre, que es también nuestro Padre, y desde ahí nos invita a ser como los hijos amados de este Padre que nos ama. Cualquiera que sea la edad de un monje, de una monja, de un discípulo de Cristo, es siempre un hijo o una hija que escucha a aquel de quien recibe todo.

En el capítulo 7 sobre la humildad retoma este tema. Define al monje como un niño que descansa confiado en el pecho de su madre, como el discípulo que escucha a su Dios (cf. Sal 130). Si lo pensamos es una definición sorprendente del monje. Se trata, pues, de descansar en Dios como un niño, un niño pequeño que descansa en brazos de su madre, sin ningún tipo de orgullo, ambición, ni búsqueda de objetivos propios y centrados en sí mismos. En tal actitud de confianza, de fe, se alcanza gradualmente una madurez y, como dice el 12º grado de humildad: “El monje llegará enseguida a aquel amor de Dios que, por ser perfecto echa fuera el temor” (RB 7, 67). Este el camino de toda la vida monástica.

La escuela que san Benito quiere fundar para todos aquellos que se pongan en esta disposición aspira a correr por el camino de los mandamientos: “Sin embargo, con el progreso en la vida monástica y en la fe, ensanchando el corazón (cada vez más joven...), con la inefable dulzura del amor se corre por el camino de los mandamientos de Dios” (P 49). No está garantizado que esto sea siempre y con todos, pero esta es la perspectiva que abre san Benito... Nadie puede evaluar desde fuera lo que ocurre en lo más íntimo del corazón de cada persona: sólo Dios lo sabe.

De acuerdo con esta propuesta, san Benito presenta a los monjes cenobitas como principiantes (RB 1 y RB 73) que se están formando en las filas de un ejército fraternal. Poco a poco, se desprenden del simple fervor de los inicios para entrar en las pruebas y el combate contra las fuerzas interiores de la adversidad interior, haciéndose más autónomos con la edad. Algunos de ellos pueden incluso reivindicar un estilo de vida eremítico. De hecho, experimentamos en nuestros monasterios que la mayoría de los ancianos terminan sus días en esa forma de soledad, ya sea en la enfermería o incluso en la vida más ordinaria. Los mayores, aunque permanezcan presentes en la vida de la comunidad, adquieren una cierta distancia de los acontecimientos pasajeros, ayudando a toda la comunidad, y especialmente a los jóvenes, a tomar distancia de todas las discordias, las confrontaciones o las discusiones necesarias, pero muy relativas de la vida cotidiana. Esta libertad también da muy a menudo a los mayores, una hermosa complicidad con los más jóvenes, porque al final, los primeros ya no tienen nada que perder y los segundos todavía no tienen nada que perder.

San Benito está muy consciente de la contribución específica de cada grupo a la vida comunitaria y por eso insiste en que todos deben ser consultados cuando haya asuntos importantes que tratar en el monasterio (RB 3, 1). Continúa diciendo: “hemos dicho que todos sean convocados a consejo precisamente porque muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor” (3,3). ¡Qué bueno es escuchar esto de alguien tan experimentado como Benito! Lejos de considerar el hecho de reconocerse como hijo de Dios, sea motivo de una dependencia irresponsable, el autor de la Regla precisa, por el contrario, que ser joven en una comunidad está también llamado a desempeñar el papel que le corresponde a esa edad. ¡Qué lejos está esto de las costumbres infantilistas que vemos tan a menudo en nuestras santas instituciones! Ocurre en nuestras comunidades -especialmente en el hemisferio norte- que incluso después de alcanzar la edad de cincuenta años, se le sigue tratando como un joven que no tiene derecho a dar una opinión independiente. Esto se llama infantilismo y es bueno combatirlo enérgicamente. Sobre todo porque los “jóvenes” que integran nuestras comunidades pueden ser también adultos de treinta, cuarenta y más años, frutos maduros de múltiples experiencias de vida.

Después de haber impartido su enseñanza espiritual en los primeros capítulos de la Regla, san Benito aborda temas prácticos en las que desgrana las grandes orientaciones que estableció al principio. Así, en el capítulo 22, donde san Benito subraya la importancia de la mezcla de generaciones al hablar de la forma de dormir de los monjes: “Los hermanos más jóvenes no tengan contiguas sus camas, sino entreveradas con las de los mayores”, en una época en la que la gente todavía dormía en dormitorios. En concreto, se trata de evitar las ambigüedades en las relaciones entre los hermanos jóvenes, de aprovechar el estímulo de los más veteranos respecto a los principiantes, pero también de reconfortar a los mayores para mantener el impulso de la juventud. Tales medidas parecen bastante anticuadas en un mundo en el que existe un mayor temor a los abusos por parte de los mayores hacia los más jóvenes. Pero, ¿debemos considerar todo a la luz de tal temor? El estímulo entre generaciones también tiene un rol, aunque conlleve el peligro de los abusos. En el contexto de los monasterios, aparte de los que se dedican a la educación, el abuso podría desembocar en comportamientos homosexuales. Son necesarias la vigilancia y la corrección, que no deben impedir la riqueza del intercambio dentro de la comunidad.

En el monasterio de san Benito había también niños confiados a los monjes por sus familias para que recibieran una buena educación (cf. RB 59). Eran tratados de la misma manera que a los monjes si cometían errores o faltas. Primero se les imponía la pena de la exclusión temporal, y si no comprendían la gravedad su falta, eran objeto de castigos más severos. San Benito creyó en la capacidad de discernimiento espiritual de los jóvenes que poblaban los monasterios y a los que no siempre era fácil acompañar (RB 20). El capítulo 68 sobre el modo de recibir a un nuevo miembro es quizás el que más nos dice sobre lo que Benito quiere para los monjes jóvenes. En primer lugar, no se facilita la entrada en la comunidad: “examinad los espíritus si son de Dios” (58, 2). Esto contrasta con la actitud tan frecuente de facilitar a los jóvenes la entrada en la vida monástica. Es una experiencia exigente que requiere una prueba para descubrir los verdaderos problemas.

En tiempos de san Benito, si alguien llamaba a la puerta, tenía primero una estadía en la hospedería y luego, si el candidato perseveraba, entraba al lugar donde vivía los novicios. Allí están verdaderamente separados, durmiendo y comiendo, realizando las diversas prácticas espirituales. Se designa a un anciano experimentado, “capaz de ganar almas”, para que los acompañe. Se dan tres criterios para este acompañamiento: examinar si el joven de veras busca a Dios, si es solícito para el Oficio Divino, si vive bien la obediencia y las humillaciones que no faltan.

Vemos, por tanto, que los jóvenes no son tratados como reyes en el monasterio de Benito, al mismo tiempo que se tienen en cuenta sus necesidades específicas. Por eso se les forma por separado bajo la dirección de un mayor. Hay una entrada progresiva en la comunidad con especial atención al camino interior. Esto contrasta con nuestra sensibilidad actual, que busca integrar al máximo y lo antes posible a los recién llegados en la vida de toda la comunidad valorando su contribución específica. Hay que encontrar un buen equilibrio entre estas dos posturas. Hay mucho en juego para la vida monástica actual. No se entiende bien la brecha de mentalidad entre las generaciones en el mundo contemporáneo; una brecha que se está acelerando y que requiere un enfoque gradual que haga posible un saludable diálogo entre personas de diferentes edades y a veces de diferentes culturas, mediado por la misma Regla.

Esta integración progresiva es tanto más importante cuanto que el valor del compromiso está hoy muy relativizado. No es raro ver a monjes o hermanas, después de haber hecho la profesión solemne, dudar de su palabra casi sin escrúpulos. Incluso abandonan el monasterio sin previo aviso de ningún tipo, una práctica que no tendría lugar en el mundo profesional. Pero el compromiso monástico es más bien un asunto privado, como lo que ocurre en el contexto de la familia, que hoy puede hacerse y deshacerse con mayor facilidad.

San Benito establece el orden que debe observarse en la comunidad (RB, 63). Recomienda que esto se base en el orden de entrada en el monasterio y no en la edad o en las distinciones sociales. Así, “quien llegó al monasterio a la hora segunda, sepa que es más joven que aquel que llegó a la primera hora del día, de cualquier edad o dignidad que sea” (63, 8). Asimismo, san Benito nos recuerda que “absolutamente en ningún lugar la edad debe crear distinciones ni preferencias en el orden, porque Samuel y Daniel, con ser niños, juzgaron a los ancianos” (63,5-6). En este mismo capítulo, además de su mención en el capítulo 4, san Benito reitera que los jóvenes honrarán a los mayores y que los mayores tendrán afecto por los jóvenes. Para ello, recuerda algunas reglas de conducta fraterna que tienen consecuencias en la vida cotidiana: el hecho, por ejemplo, de llamar a los jóvenes “hermano, hermana” o a los ancianos “nonnus, nonna” que, además, dio origen al sustantivo “monja” y que todavía significa “abuelo, abuela” en italiano. El primer término marca un reconocimiento por parte del mayor de que el menor es un hermano en Cristo sin ninguna superioridad paterna o materna. El segundo denota al mismo tiempo respeto cierta familiaridad. Podría interpretarse como “padrecito, madrecita”. Probablemente no sea la expresión adecuada para utilizar hoy en día, pero valdría la pena encontrar un equivalente.

San Benito nos recuerda también algunos modales elementales, como saludarse al encontrarse, tomando la iniciativa el hermano menor. En la Regla, esto se traduce en pedir la bendición de Dios a través del mayor. Del mismo modo, san Benito nos recuerda que un joven debe levantarse cuando pase un mayor y ofrecerle un sitio para sentarse. Todos estos pequeños gestos cotidianos son signos de una actitud más general de respeto, de modo de indicarnos constantemente de que nos honramos unos a otros.

En las sociedades occidentales, en las que los mayores suelen estar reunidos en casas especializadas, el ejemplo de los monasterios en los que conviven distintas generaciones puede ser un buen testimonio; siempre y cuando los mayores, que son mayoría en algunas comunidades del mundo occidental, se cuiden de la tentación de poner a su servicio a los jóvenes, que son muy pocos o, a veces, ¡se reducen a uno! Más aún si se trata de monjes o monjas jóvenes que se trasladan del extranjero con esta intención no declarada. Por otra parte, san Benito insiste mucho en que dos miembros de una misma familia (a menudo uno de ellos más joven) no deben defenderse por el escándalo y el desequilibrio que esto puede provocar dentro del grupo. También exige que los más jóvenes y los más mayores -por su mayor fragilidad- no sean tomados por los demás de forma desordenada, como para desahogarse.

En definitiva, la Regla benedictina, según su autor, fue escrita como se ha dicho, para principiantes. Tanto es así que, en el monasterio, todos deben preocuparse por mantener un corazón joven, deseoso de avanzar por el camino del mandamiento del amor para que, con el estímulo mutuo, el corazón de cada uno se expanda y todos corran con alegría hacia la meta que no es otra que la unión con Dios. Esta meta garantiza a cada uno el dinamismo de vivir en la novedad y la creatividad de Dios. En este asunto, la edad tiene un papel extraordinariamente pequeño.


Fiesta para las jóvenes profesas de Ndanda (Tanzania), congregación Benedictina Misionera de Tutzing. © AIM.
Fiesta para las jóvenes profesas de Ndanda (Tanzania), congregación Benedictina Misionera de Tutzing. © AIM.

El Joven rico (Mt 19, 16-26)

2

Lectio divina

Madre Escolástica Ottoni de Mattos, OSB

Abadesa de Santa María, São Paulo (Brasil)

 

El Joven rico (Mt 19, 16-26)

Una pregunta clave

 

16 Se le acercó un hombre y le preguntó: “Maestro, ¿qué debo hacer de bueno para tener la vida eterna?” 17 Jesús le dijo: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Sólo hay uno que es bueno. Pero si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos”. 18 El hombre dijo: “¿Cuáles? Jesús respondió: “No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás falso testimonio.19 Honrarás a tu padre y a tu madre. Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. 20 El joven le dijo: “He cumplido todo esto. 21 Jesús le dijo: “Si quieres ser perfecto, ve, vende tus bienes y dale el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, sígueme. 22 Pero el joven, al oír estas palabras, se fue triste, porque tenía muchos bienes.

23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “Os aseguro que es difícil que un rico entre en el Reino de los Cielos. 24 Os repito que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos. 25 Cuando los discípulos oyeron esto, se asombraron mucho, diciendo: “Entonces, ¿quién puede salvarse?” 26 Jesús los miró y les dijo: “Con recursos humanos es imposible; para Dios todo es posible”.

 

Al leer este pasaje detengámonos en las primeras palabras: “Se le acercó un hombre”. Consideremos la diversidad de personas que se acercan a Jesús en el evangelio de Mateo y sus diferentes motivos. Incluyámonos también nosotros dentro de quienes se acercan a Jesús; acerquémonos a él.

4,3: El tentador se acerca a Jesús para ponerle a prueba.

4,11: Los ángeles se acercan a él para servirle.

8,2: Un leproso se acerca a él para ser purificado.

8,19-20: Un escriba se acerca a él y le ofrece seguirle a donde vaya.

13,36: Los discípulos se acercan para preguntar el significado de una parábola.

17,14: Un hombre se acerca para pedirle que se apiade de su hijo endemoniado.

26,7: Una mujer se acerca con un frasco de alabastro para ungir la cabeza de Jesús.

26,49: Judas se acerca para dar a Jesús el beso de la muerte.

Aquí, en el 19,16, un hombre se le acerca y le pregunta: “ ¿qué debo hacer de bueno para tener la vida eterna?”. La persona que se acerca en este pasaje se llama “alguien” (eis en griego). Podría ser cualquiera de nosotros. Sin embargo, se dirige a Jesús como “Maestro”.

- Busca la vida eterna

- Es un joven

- Guarda los mandamientos

- No va por las medias tintas, ya que se va triste porque le resulta imposible aceptar lo único que le falta

- La lección final es no tener nada, sólo “un tesoro en el cielo”.

Observemos atentamente el pasaje. Está compuesto por dos escenas distintas muy estructuradas:

 

I. Diálogo de un hombre con Jesús

a) Acercamiento a Jesús (v. 16a)

            b) Pregunta a Jesús (v. 16b)

                        c) Respuesta de Jesús (v. 18b-19)

            b’) Pregunta a Jesús (v. 20)

                        c’) Respuesta de Jesús (v. 21)

a’) se aleja de Jesús (v. 22)

Este diálogo está enmarcado en un conflicto tanto más agudo cuanto que se trata de un compromiso de toda la vida, e incluso de la vida posterior. Para “EL TODO”, la exigencia es TODO:

v. 16: el acercamiento se equilibra con el alejamiento (v. 22)

v. 16: el “tener la vida eterna” se opone “tener muchos bienes” (v. 22)

En el transcurso del diálogo (v. 21) hay muchas antítesis: ir≠ venir, vender ≠poseer, dar a los pobres ≠ tener un tesoro. El joven está preocupado por TENER; siendo rico y acostumbrado a tener, quiere, con toda lógica y buena intención, tener la vida eterna. Jesús le presenta otra realidad, ‘sé perfecto... sígueme’ y así no tendrás nada. Se trata de un despojo total ante el Absoluto que le llama. Como subraya Romano Guardini, “poseer cualquier cosa es ya ser rico... Lo que importa es la posesión misma”[1] . San Benito nos recuerda en el capítulo sobre las buenas obras, “no anteponer nada al amor de Cristo” (RB 4,21). Y también al final de su Regla, como testigo que ha tomado en serio la vida cristiana y monástica dice: que no antepongan absolutamente nada a Cristo, el cual nos lleve a todos juntos a la vida eterna” (Regla 72, 11-12).

Los mandamientos de la Ley, expresados en forma negativa, muestran ya la presencia de una necesidad que representa un vacío, un vacío que necesita ser llenado, un despojo del instinto de matar, de cometer adulterio, de robar, de dar falso testimonio. Paul Beauchamp afirma: “Las prohibiciones del diálogo crean un vacío frente a un espacio donde Dios no pide nada”[2] Toda la Ley está representada por los mandamientos citados.

A continuación, “¿Qué me falta todavía?” y “Si quieres ser perfecto” (v. 20-21). El adjetivo teleios significa una acción completada, madurada. Además, esto es evocado por la palabra traducida como ‘mandamiento’ entole, en teleios teniendo en vista el logro. Este joven aún no ha alcanzado la madurez, aunque observa los mandamientos. Está atrapado en un ir y venir entre vender y poseer, dar a los pobres o conservar para sí mismo; está al principio del camino. El fundador del jasidismo, Baal-Shem-Tov, un rabino del siglo XVII, nos ofrece esta perla de la tradición judía:

“Estas son las palabras que Moisés dijo a todos los hijos de Israel al otro lado del Jordán, en el desierto (Dt 1,1). Más de una persona cree haber encontrado a Dios y está totalmente equivocada. Más de una persona piensa que anhela a Dios en la distancia, cuando Dios está dentro de ella. Para ti mismo, piensa siempre que te encuentras en la orilla del Jordán aunque todavía no hayas entrado en la tierra. Y si ya has cumplido varios de los mandamientos, ten en cuenta que no has hecho nada”[3].

En todos sus acercamientos y alejamientos, en su ir y venir, el joven se aferra a sus posesiones. No puede aceptar el vacío que es el lugar de Cristo en su interior.

 

II – Diálogo de Jesús con sus discípulos

a) Palabras de Jesús

            1. Es difícil que un rico entre (v. 23)

            2. Más fácil es que un camello pase (v. 24)

                        b) Pregunta de los discípulos a Jesús: “entonces, ¿quién puede salvarse?” (v. 25)

a’) Dicha de Jesús

            1. Imposible para los hombres (v. 26)

            2. Para Dios todo es posible (v. 26)

En el centro de esta aguda antítesis -”difícil... más fácil” surge de forma dramática la pregunta de los discípulos, que se refiere a la salvación. “Entonces, ¿quién puede salvarse?” (v 25) “Ser salvado” es una realidad que aparece con frecuencia en el evangelio de Mateo desde el principio, como podemos ver:

- Está vinculado al propio nombre de Jesús: “a quien pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

- También puede estar vinculado al peligro: “Señor, sálvanos, que perecemos” (Mt 8.25)

- A una enfermedad: “Con solo tocar su manto, me salvaré” (Mt 9.21-22).

El objetivo de nuestra perícopa se expresa en este versículo: “El que persevere hasta el fin (eis telos) se salvará (sothesetai)” (Mt 10,22). De nuevo la perspectiva del logro. Nada puede ocurrir fuera de esta perspectiva, pero para Jesús mantenerse firme hasta el final significa la cruz, la puerta por la que se entra en la vida. La cuestión es tan seria que Jesús deja entender que tal tarea sólo es posible para Dios. Con ello nos muestra nuestra necesaria dependencia de la salvación de Dios. Jesús mismo no se salva solo. Es a esto a lo que se le invita en la cruz, “¡Sálvate a ti mismo si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!” (Mt 27,40). Y de nuevo: “a otros salvó y a sí mismo no puede salvarse” (Mt 2,42).

Jesús, Dios y hombre, no quiso eximirse de esta necesidad. Como dice san Pablo a los Filipenses 2,6-8, “El cual, siendo de condición divina, no reivindicó su derecho a ser tratado igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando la condición de esclavo, asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como una persona; se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz”. Salvarse no es llegar al límite de despojarse de sí mismo, es bajar de la cruz, no tener necesidad de ella. Sin embargo, es ésta la que nos da la clave del despojo.


Conclusión

Como nos dice la Carta a los Hebreos, Moisés “consideró que el oprobio de Cristo era una riqueza mayor que los tesoros de Egipto, porque tenía los ojos puestos en la recompensa” (Hb 11, 26). La tradición judía nos dice que Moisés entró en la vida a través del beso de lo divino[4] . Aunque vivamos 120 años en diálogo con Dios, debemos tener el valor de liberarnos como él para deshacernos de nuestras certezas demasiado formales y de nuestras ilusiones. Debemos estar en el camino “de un principio a otro” siguiendo a Cristo sobre el abismo fascinante y la novedad insaciable de esta pregunta: “¿Qué me falta todavía?


[1] Romano Guardini, ‘El Señor’, vol. 1 (París, ed. Alsatia (1945), p. 322).

[2] Paul Beauchamp, “D’une montagne à l’autre, la Loi de Dieu”, (París, ed. du Seuil (1999), p. 33).

[3] Martin Buber, “Vivre en bonne entente avec Dieu selon le Baal-Shem-Tov” (ed. du Rocher, 1990, p. 106).

[4] Ovadiah Camhy, “Paroles du Talmud”, ed. Stock (1951), p. 79. Cf. Gregorio de Nisa, “Vida de Moisés”, 1.


Un dromadaire en marche.
© AIM.

Ser monje en un monacato joven

3

Testimonios

Dom Alex Echeandía, OSB

Prior de la comunidad de Lurín (Perú)

 

Ser monje en un monacato joven

 

La palabra “Experiencia” suele utilizarse para designar a una persona bastante mayor, un hombre o una mujer que ha vivido lo suficiente dentro de una gran tradición de hábitos, costumbres y estilo de vida. En este sentido, la tradición del monacato peruano es bastante nueva, data de la década de 1960 en que se fundó allí el primer monasterio benedictino.

La Iglesia del Perú no conocía la palabra “monacato” cuando llegaron las órdenes mendicantes. De hecho, la Corona española no permitía la llegada de monjes porque a las Nuevas Indias se consideraban tierra de misión. La historia cuenta que, cuando Cristóbal Colón realizó su segundo viaje a América, ya había frailes franciscanos. El objetivo principal era evangelizar el Nuevo Mundo. La evangelización exigía la catequesis y la desaparición de toda forma de idolatría.

Curiosamente en la Iglesia, la evangelización fue llevada a cabo por monjes mucho antes de que existieran las órdenes mendicantes. En la Iglesia de los primeros siglos hubo monjes misioneros muy famosos como san Columbano, san Agustín de Canterbury, san Bonifacio de Fulda y muchos otros que llevaron el Evangelio a Europa y a Oriente.

El hecho de que las órdenes mendicantes estuvieran muy presentes a finales del siglo XV fue crucial en la decisión española de enviar principalmente a franciscanos y dominicos a evangelizar América. Además, en España la vida monástica estaba atravesando un periodo de reformas. Así, la Corona no pidió a los monjes que se unieran a este nuevo movimiento de evangelización. Sólo las monjas de estas mismas órdenes fueron invitadas a tener en su oración y en su forma de vida, la intención de estas misiones. En la historia del Perú, sin embargo, hay que decir que hubo un pequeño grupo de monjes que vino de España. De hecho, los Jerónimos y los monjes de Montserrat se establecieron en el país, pero como una mera presencia sin ningún desarrollo.

Sorprendentemente, también hubo un monasterio cisterciense fundado en el siglo XVI en Lima por una madre y una hija, Lucrecia de Sanzoles y Mencía de Vargas: el Monasterio de la Santísima Trinidad. Con la aprobación del Papa, la fundación fue erigida por santo Toribio de Mogrovejo, entonces arzobispo de Lima. El monasterio existió desde el siglo XVI hasta su supresión en la década de 1960. Las monjas cistercienses de Las Huelgas (España) vinieron en 1992 a refundar el monasterio en el suburbio sur de Lima, en Lurín, retomando así la historia de este monasterio. Volvieron a España en 2017 por falta de vocaciones y nos pidieron que nos hiciéramos cargo de este monasterio donde están enterradas las fundadoras y las monjas cistercienses fallecidas. Ahora vivimos aquí, continuando la historia, la tradición y sobre todo la oración de una comunidad monástica en la Iglesia del Perú. La historia muestra ciertamente cómo Dios actúa de forma inesperada.

Menciono estos hechos históricos porque, tras cuatro proyectos fallidos provenientes de diferentes regiones y congregaciones benedictinas, hemos sobrevivido tanto tiempo por la gracia de Dios. Somos la primera comunidad benedictina en el Perú que vive la vida monástica con sólo monjes peruanos. El monacato masculino es casi desconocido en Perú. Pero el Señor ha inspirado a hombres a vivir un estilo de vida que existe desde los primeros siglos de la Iglesia, inserto en una rica tradición.

Personalmente, no sabía mucho sobre la vida monástica porque no había mucha información al respecto en la Iglesia del Perú. Las primeras Órdenes establecidas en el país fueron las más conocidas. Sin embargo, el Señor llama a hombres y mujeres a buscarlo en la perspectiva dinámica de una vida de oración y de trabajo, con el Oficio Divino, la lectio y el estudio, la acogida y el acompañamiento espiritual en el propio claustro y para todo el mundo y toda la Iglesia.

Entré en el monasterio cuando tenía veinte años. Allí conocí una pequeña comunidad fundada en 1981 por la Abadía de Belmont, Inglaterra ¡solo dos años antes de mi nacimiento! Me invitaron a visitarla, sin saber la inmensa alegría que me produciría la primera hora de oración en la que iba a participar: el oficio de Completas. Me cautivó y me conmovió en lo más profundo de mi ser. Ocurrió algo especial y nuevo. Estaba experimentando lo que era la vida monástica. Rezar con los salmos fue concretamente para mí un encuentro con Dios en mi propia vida de fe.

El monasterio de Lurín
El monasterio de Lurín

No sabía casi nada de la cultura monástica. Poco a poco fui aprendiendo más sobre la historia, el significado, la riqueza y el propósito de este tipo de vida. Fue un encuentro con Dios de una manera muy misteriosa. El Señor me hizo experimentar su llamada y mi respuesta en el contexto de una vida monástica.

Como ya he dicho, no había una verdadera historia monástica en los países de habla hispana de Sudamérica. A diferencia de Brasil, que es portugués, los demás países hispanoamericanos no recibieron las primeras fundaciones monásticas hasta finales del siglo XIX. Es interesante observar que siendo el monacato el punto de partida de la vida religiosa en la Iglesia, es una realidad totalmente nueva en la vida religiosa de este continente latinoamericano.

Con mi comunidad en Perú hemos experimentado la presencia de Dios mientras crecíamos en la desértica tierra del Perú. La comunidad consta ahora de siete monjes con votos solemnes, hay también dos jóvenes internos y varios que se preparan para entrar.

El Señor me ha llamado a vivir la vida monástica en un tiempo y espacio determinados. Me ha invitado a mí y a mis hermanos a seguir a Cristo viviendo según la Regla de San Benito. Así se estableció la vida monástica en nuestro país, para que en todo sea Dios glorificado.

Llegar a ser uno mismo en el monasterio

4

Testimonios

Hermana Maria Terezinha Bezerra dos Santos, OSB

Monasterio do Encontro (Brasil)

 

Llegar a ser uno mismo en el monasterio

 

Me han pedido dar un testimonio sobre mi experiencia de vida monástica, pero prefiero llamar a esto compartir lo que significa la vida monástica consagrada en mi camino humano, cristiano y espiritual. Soy una monja benedictina del monasterio de Encontro, situado en Mandirituba, en el estado de Paraná, Brasil. Nací en Palmeira dos Índios, Alagoas. Tengo quince años de vida monástica y nueve desde profesión solemne.

Sabemos que la vida cristiana está marcada por verbos de movimiento que, aunque se viva en un monasterio, es una continua búsqueda[1]. Como sabemos en la Regla de San Benito, la búsqueda de Dios es el primer criterio para discernir la vocación monástica[2]. Buscar a Dios en el Oficio Divino es nuestro primer servicio, del que depende toda la organización de nuestra vida. Cuando descubrí esto, comprendí que mi trabajo sería “visto” y apreciado por muy poca gente, que no merecería elogios ni reconocimientos. Al principio, debo confesar, esto no fue fácil, pero con el tiempo llegué a comprender que mi servicio, nuestro servicio en el monasterio del Encuentro, aunque no fuera tan reconocido como cabría esperar, es ante todo una gracia recibida. Sé que nuestra vida de oración, de intercesión por toda la Iglesia y por el mundo da frutos, es el mismo Señor quien los cosecha.

Debo decir con toda sinceridad que nunca pensé en ser religiosa, y mucho menos aún monja. Pero Dios guio mi vida de tal manera que era imposible decir que no a su llamado. No sabía nada de la vida monástica, pero tenía un amigo que era monje benedictino, y fui a su monasterio en Santa Rosa, Rio Grande do Sul, para hacer un retiro en preparación para un posible ingreso en una congregación de vida apostólica. Cuando participé en las Vísperas con los monjes por primera vez, no sé qué pasó, pero me quedó claro que Dios me llamaba a una vida así. Volví decidida a entrar en un monasterio, pero no sabía dónde. Mi amigo me dio las direcciones de varios monasterios, entre ellos el del Encuentro. Cuando llegué aquí, mi primer deseo fue huir inmediatamente. Pensé que no era el lugar para mí, sin embargo, me quedé los ocho días completos. Al final de la estancia, pedí una experiencia de tres meses. Y sigo aquí quince años después. Mi vida ha pasado y sigue pasando por muchas purificaciones. Y doy gracias al Señor por ello.

Cuando entré, pensé que en la vida religiosa la santidad era “automática”. Estaba muy volcada en mí misma, y pensaba que en el monasterio podría vivir tranquilamente en mi rincón. Debo reconocer que no fue fácil aceptar que la vida monástica no consistía solo en rezar y vivir en mi mundo propio. Poco a poco, descubrí que la vida monástica era todo lo contrario: salir de mí misma continuamente, para encontrarme con las demás, ya sea en la oración, en la vida comunitaria o en la acogida de quienes llegan al monasterio. El monasterio tiene un nombre que habla por sí mismo: Monasterio del Encuentro, sobre todo si pensamos que el Papa Francisco insiste a menudo en la cultura del encuentro. Puedo decir que lo he experimentado varias veces y de diferentes maneras, pero voy a subrayar sólo tres de las experiencias que he vivido y sigo viviendo este misterio del encuentro.

El primer encuentro fue conmigo misma. Desde el principio descubrí a una hermana Maria Terezinha a la que no conocía. Esto no significa que no existiera, sino que la mantuve oculta bajo otras apariencias. Siempre había vivido mis sentimientos y relaciones de forma muy superficial, con miedo a tocar mis debilidades. También tenía miedo de que la gente pudiera descubrir a una Terezinha capaz de tener malos sentimientos. No quería que la gente tocara mi ira, mis celos y no quería enfrentarme a una Terezinha con sus limitaciones humanas y espirituales. Realmente, me vi a mí misma frente a mi humanidad. Este encuentro fue indispensable para hacer mi camino de autoaceptarme y reconciliarme con mi propia historia de salvación. En el monasterio, tuve la experiencia de sentirme amada al descubrirme a mí misma, sin necesidad de mostrarme de otra manera. Pude ser yo misma, con mis cualidades y limitaciones, y esto me dio valor para continuar mi camino de conversión. Experimenté la paciencia de mis hermanas que, incluso en el silencio, expresaron su fe en mí.

El segundo encuentro fue con mi comunidad. La experiencia de ser aceptada y acogida por mi comunidad me hizo descubrir lo mucho que necesitaba a otras personas que se atrevieran a enfrentarse a mí, y que me ayudaran a salir de mi zona de comodidad. Al mismo tiempo, a través de la vida comunitaria, descubrí y pude desarrollar en mí dones que no sabía que tenía. Mi experiencia en la vida comunitaria ha sido para mí un “renacimiento”. Cada día siento que el Señor me recrea de la “matriz” que es mi comunidad. Me enseña continuamente a empezar de nuevo, curando mis heridas y revelándome su amor a través de personas que nunca esperé conocer. Debo aprender a crear relaciones con diferentes personas que no están siempre de acuerdo con mis puntos de vista, ni yo con los suyos, y a las que debo respetar tal y como son. No es un camino fácil, pero este proceso me enseña a buscar el verdadero sentido de la vida y permanecer en el monasterio. Con la vida comunitaria, estoy aprendiendo cada vez más que no puedo caminar sola y que necesito relaciones verdaderas para vivir mi consagración como el Señor me lo pide.

Cuando me di cuenta que no podía vivir mi consagración encerrada en mi propio mundo y que necesitaba caminar con mis hermanas, a menudo haciendo morir mi propia voluntad, descubrí lo que significa estar consagrada para el Reino, para construir el Reino aquí y ahora. Es viviendo, caminando y sirviendo a la comunidad que estoy respondiendo verdaderamente al deseo de ser fiel en el seguimiento del único Señor.

Vitral del Rencuentro, capilla del monasterio.
Vitral del Rencuentro, capilla del monasterio.

La tercera experiencia de encuentro es con las personas que vienen al monasterio. San Benito dice que las personas que vienen deben ser acogidas como a Cristo. En la práctica, y en el día a día, no es tan sencillo. Al principio, no entendía por qué debía acoger a los que llegaban a horas intempestivas... No entendía por qué debía dejar mi trabajo o la oración para ir al encuentro de los que llegaban. Poco a poco, he ido comprendiendo que los que viene buscan la paz. Quieren ser acogidos, escuchados, sentirse queridos y valorados como personas. Muchas de las personas que acuden aquí suelen tener todo lo que el mundo y el dinero pueden dar, pero les falta lo esencial. Entonces me di cuenta que quienes vienen buscan a Aquel que es el único que puede saciar su hambre y llenar su vacío. Estas personas buscan a Dios, y mi forma de acogerlas puede ayudar a este encuentro.

Hoy sé que cada vez que acojo a alguien, puedo ser un instrumento de Dios para esa persona. Pero también sé que estas personas son aún más un instrumento de Dios para mí, para mi vida. Dios puede valerse de nosotros y de otros, de nuestros hermanos y hermanas, para manifestar su gracia y su presencia en nuestras vidas.

No puedo terminar este compartir sin agradecer a todo el equipo de la AIM, que desde el inicio de mi vida monástica, han estado presentes con su apoyo en mi formación inicial, y me ha ayudado permitiéndome participar en la escuela de formadores, y recientemente en el curso de formación monástica cisterciense en Roma. El Señor actúa en nosotros con su gracia, y sé muy bien que debo estar abierta a todo lo que me ofrece. Agradecer a la AIM por su entrega a nuestra formación, dándonos no sólo los medios sino también las herramientas para vivir en forma fructífera la vida monástica.


[1] Año da vida consagrada, Alegraos: Carta circular a los consagrados y las consagradas del magisterio del Papa Francisco, São Paulo, Ed. Paulinas, p. 23.

[2] Regla de San Benito 58, 7.

Una experiencia de libertad interior para la unión con Dios

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Testimonios

Hermano Edmond Amos Zongo, OSB

Monasterio de Koubri (Burkina Faso)

 

Una experiencia de libertad interior

para la unión con Dios

 

Con esta breve presentación quiero intentar decir lo que representa la vida religiosa en la Iglesia y, en consecuencia, lo que representa la vida monástica para mí.

En nuestros días, la vida monástica aparece para muchos jóvenes cristianos como un modo de vida religiosa ya superada, porque para ellos un monje no hace apostolado directo. No intentaré justificarme por qué para mí la vida monástica tiene su fuente en el Evangelio, la Palabra viva y actual, que le da siempre su significado. Es fácil valorar positiva o negativamente la vida monástica desde fuera, pero hablar de una experiencia personal es más difícil y más útil. Soy joven y carezco de experiencia para hablar de lo que estoy viviendo. Sólo los verdaderos monjes, es decir, los que tienen al menos treinta años de vida religiosa, podrían hacerlo. Pero, sin embargo, diré lo que siento.

Mi nombre es hermano Edmond Amos Zongo. Sentí el llamado a la vida religiosa como muchos otros cuando era muy joven; hablé de ello con el sacerdote encargado de las vocaciones en mi parroquia natal. Al principio me dirigió al seminario menor para que me hiciera sacerdote diocesano. Pero le dije que sentía llamado a una vida contemplativa más que una vida activa; sin embargo, como no conocía ningún monasterio en África, me parecía difícil. Me dijo que había un monasterio benedictino en la arquidiócesis de Ouagadugú, comprometiéndose a hacer los arreglos por mí ¡Gracias a Dios!

El primer contacto con el monasterio tuvo lugar en agosto de 1995. Tras varias experiencias, entré definitivamente en octubre de 1997. Al final del noviciado, hice mi profesión temporal el 18 de octubre de 2001 y mi profesión solemne el 10 de febrero de 2007.

La vida monástica es una vida religiosa como otras formas de vida religiosa, con el compromiso de seguir los consejos evangélicos que la historia ha resumido en los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. Para los monjes que siguen la regla de San Benito existe el voto de obediencia, el voto de estabilidad y de conversión de la propia vida que incluye la pobreza, la castidad y otras dimensiones de la vida religiosa. El monacato es mucho más antiguo que las otras formas de vida religiosa cristiana. Para mí su particularidad está el hecho de que está más centrada en la oración que en el trabajo. El lema de nuestra Orden es “Ora et labora”. Deliberadamente Ora encabeza este lema. La tradición la ha puesto en primer lugar porque san Benito no quería que el trabajo dominara sobre la oración: la tendencia natural del hombre es poner el trabajo en primer lugar. Hay un proverbio entre los comerciantes que dice “el cliente va y viene, pero el buen Dios permanece estable”. Del mismo modo el trabajo pasa, pero siempre puedes rezar a la hora que quieras. Con este mismo lema “ora et labora”, san Pablo señala con fuerza a los cristianos: “El que no quiera trabajar, que tampoco coma” (2 Tes 3,10). Dios ha puesto al hombre en la tierra para continuar su obra: “Comerás el pan con el sudor de tu frente” (Gn 3,17-19). A pesar de todo, una de las glorias de san Benito es haber reivindicado el amor al trabajo: “La ociosidad es enemiga del alma” (RB 48). En los votos monásticos, cada uno tiene su propia importancia y desempeña un papel complementario a los demás. Sin embargo, el monje debe rezar constantemente, incluso mientras cumple con su carga de trabajo.

Hermanos del monasterio de Koubri.
Hermanos del monasterio de Koubri.

Pobreza: en primer lugar, hay que distinguir claramente entre la pobreza de la que habla Jesús y una cierta pobreza que es sinónimo de miseria. En la miseria no se puede buscar a Dios. Un proverbio lo dice bien: “Quien tiene hambre es sordo a toda palabra”. La pobreza evangélica es una pobreza libremente elegida para alcanzar la meta que Jesús propone en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos”. Como discípulo de Jesús he elegido esta forma de pobreza para estar libre de todo apego y poder servir libremente. Sólo en la vida cristiana y religiosa se considera la pobreza como una virtud. Nuestro mundo tiene horror a esta palabra, porque todos, jóvenes o mayores, quieren ser libres, mientras que la pobreza obliga a depender de otro.

La castidad ayuda igualmente a los religiosos a dedicarse enteramente al servicio de la Iglesia para ser hermano o hermana de todos sin excepción de raza o etnia. Al no tener cónyuge ni hijos, buscamos amar a todas las personas con el mismo amor de Cristo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Sin este voto de castidad, creo que me sería difícil, si no imposible, consagrarme por completo al servicio de la Iglesia universal. Estoy consciente que éste es el voto más difícil y el más complicado. En la actualidad, una de las debilidades de la Iglesia católica proviene de este voto, que crea problemas a los hombres y mujeres consagrados al servicio de la Iglesia. Para mí, sólo la vida comunitaria puede ayudarme a vivir plenamente este voto. Es muy exigente y a veces puede hacernos sentir muy incómodos.

De este voto pasaré al voto de obediencia. San Benito habla de la obediencia en más de tres capítulos: RB 5; 68; 71 (72 que creo que es un complemento del 71). La obediencia para mí, como Mossi (una de las etnias de Burkina), no es muy difícil, porque en nuestra cultura el niño está obligado a obedecer a sus mayores. ¿Pero es la misma obediencia de la que habla san Benito? Yo diría que no porque san Benito habla de dos tipos de obediencia. En el capítulo 5 de la Regla es la obediencia a los superiores mientras que en la RB 71 es la obediencia mutua. Ahí es donde la obediencia requiere discernimiento: es difícil obedecer a un menor. Para que esto sea más fácil, el monje debe estar realmente imbuido de la vida monástica. No obedece a un ser humano, sino a una orden de Dios transmitida por su prójimo. Quien alcanza tal grado de percepción espiritual ya no sufre por la obediencia.

La estabilidad, el voto de los monjes, ata al monje a un lugar determinado. Allí es donde el monje se compromete, esta comunidad se convierte para él en una nueva familia, incluso más que una familia adoptiva, esta comunidad se convierte para él como en una posesión personal. El voto de estabilidad nos ayuda, e incluso nos obliga a cultivar un clima de paz porque a partir de entonces estamos condenados a ver las mismas caras, las mismas personas, todos los días. Con el voto de estabilidad nos descubrimos por completo: podemos decir que conocemos a tal o cual persona porque hemos vivido con ella durante quince años, cuarenta años o incluso más, en el mismo monasterio. La vida monástica se caracteriza por este fenómeno. La estabilidad es un valor que hay que cultivar.

¿Por qué los monjes se apartan del mundo para vivir recluidos? Cuanto más se libera el alma, más libre se vuelve y más apta para llegar a su Creador y dispuesta a acoger la gracia de Dios. El propio Jesús nos mostró la importancia de retirarnos para tener un tiempo de contacto cara a cara con Dios. Cuando Jesús se retiró, no fue para ir a descansar, sino para ir a suplicar al que llamaba su Padre. Los monjes no inventaron la oración ni el recogimiento para poder unirse a Dios. Cada vez que Jesús tenía algo importante que hacer o que decidir, se retiraba a las altas montañas. Para mí, las alturas simbolizan el desierto del que hablaban los antiguos. Cada religión tiene su oración: es el lugar por excelencia del silencio que permite entrar en contacto con el Dios que está más allá de todo. El monje cultiva cada día este clima de silencio en sí mismo y en su entorno. Es el amor al silencio lo que empuja al contemplativo a tomarse un tiempo, a retirarse al desierto. Es el amor al silencio que le permite estar a solas con el Uno. Al retirarme del mundo, tengo más tiempo para alabar a Dios y al mismo tiempo implorar la bondad divina para toda la humanidad.

Lo que más me gusta de la vida monástica es la vida comunitaria, la oración con su dimensión de silencio y el trabajo. La vida está hecha para ser compartida. El monje cenobita nunca está solo. Dios está con él y está unido a una comunidad. En la vida comunitaria, convivo con los hermanos; nos apoyamos los unos a los otros para intentar avanzar juntos paso a paso, siguiendo el ritmo de cada uno, día a día, hacia la perfección. Este verdadero apoyo y reparto afecta a todos los ámbitos: el servicio entregado, la vinculación mutua y, sobre todo, el amor que nos profesamos unos a otros. En esta vida comunitaria, encuentro el tipo de familia que he dejado atrás. Es en la oración donde la comunidad saca su fuerza para la vida fraterna. Una comunidad que no reza no puede ser una verdadera comunidad religiosa; es, en el mejor de los casos, una asociación para un fin determinado.

Es a través del trabajo que la comunidad de hermanos se gana la vida: pues nuestro padre san Benito desea que “los hermanos vivan del trabajo de sus manos” (RB 48, 8). Para mí, la vida monástica es para la Iglesia universal lo que el aliento es para el cuerpo humano. Sin una vida enteramente consagrada a la oración por uno mismo y por los demás, nuestro mundo estaría bajo las garras del Maligno. Estoy muy contento de ser monje porque estoy convencido de la utilidad de la vida monástica; aunque mi ministerio sea invisible, es esencial e insustituible. Mi ministerio es rezar por toda la humanidad. Y es Dios quien sabe a quién y cómo puede ayudar mi oración. Es Él quien distribuye mi pequeño esfuerzo de cada día. Las otras formas de vida religiosa son también importantes e incluso muy importantes, pero no insustituibles. Aunque la Iglesia deje de tener escuelas para la instrucción de los niños, cada país puede y debe asegurar esta responsabilidad, no es el caso de la oración. Incluso en los países de carácter religioso, el Estado no puede imponer la oración a todos.

La oración en la vida monástica: en la vida monástica entregamos a Dios nuestra vida, nuestra fe, todo nuestro ser. Se convierte en nuestra seguridad, en nuestra fuerza y simplemente en nuestra fuente de vida. Puedo ser traicionado por mi vecino, pero nunca por Dios. Mi fe, mi confianza descansa en el Hijo de Dios que murió y resucitó para salvar a la humanidad, empezando por mí. ¿Qué podría ser más normal que hacer todo lo posible para mostrarle mi gratitud? Dios es misericordioso, y esta misericordia de Dios se siente profundamente en la vida monástica, porque cuento con Él cada día. Me atrevo a decir que la originalidad de nuestra vida consiste en mostrar que el ágape (amor) de Dios se concreta, o más bien debe concretarse, cuando nos amamos como Dios manda. Especialmente cuando canto el Salmo 132 (“Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos”), experimento la alegría del ideal monástico que es tan difícil de alcanzar. Es en la oración donde me encuentro con Dios y puedo conversar con Él como mi Maestro y Salvador. He sido creado para vivir Su presencia continua: es allí donde respondo a mi título de religioso. El religioso es un hombre conectado con el Ser Supremo, que desea que lo descubramos cada vez más. En esta forma de vida religiosa, ¿cómo puede el hombre entrar en contacto con Dios si no es mediante la oración? En mi oración de cada día no dejo de pensar en todos aquellos que ponen su confianza en Dios e imploro la misericordia de Dios para todos aquellos que necesitan de esa oración. La vida monástica debe hacernos luchar cada día por la perfección: conocer y amar al Señor, esa es mi mayor felicidad.

Ahora me gustaría invocar otro punto de la oración tan propio de los monjes: la lectio divina. Es necesario aclarar el concepto de lectio divina porque el término puede referirse a un estudio o a la lectura de una obra espiritual. De hecho, su verdadero significado se refiere una lectura de las Sagradas Escrituras. Otras tradiciones religiosas conocen la meditación. La lectio divina es una lectura que conduce a la meditación. Es cuando se digiere lo que se ha comido, la meditación es la apropiación de algo en la memoria. La lectio divina se abre a la meditación, transformándola en oración o contemplación. Meditar la Sagrada Escritura es como masticar la comida. Este “rumiar” el texto consiste en leer la Escritura y dejarse transformar por ella. De esta iluminación del texto surge el significado espiritual, el don de Cristo. Por lo tanto, todo monje debe ser un especialista en la lectura porque cada día hace su lectio. Con la lectio, diría que la lectura es un arte que hay que aprender. No se lee porque se sepa descifrar el alfabeto. En la lectio se lee sabiendo lo que se quiere disfrutar.

Desde que estoy en la vida monástica, aunque toda vida tiene sus problemas y dificultades, en general estoy muy a gusto.

Hay un proverbio que dice que ningún país es mejor que otro, sólo hay que saber vivir y encajar bien. Cuando entré en esta vida religiosa, asumí un proyecto al que sigo aspirando: buscar la perfección. Vivir sin un objetivo conduce al desánimo. Si tienes una meta puedes vencer el desánimo.

Queridos hermanos y hermanas, para concluir este trabajo les pido misericordia ya que esta es la experiencia de un joven monje y no de uno experimentado. Sé que algunos encontrarán esta experiencia edificante, pero otros pensarán lo contrario. ¿Qué puede aportar un novato a personas que han devorado los escritos de grandes autores espirituales como san Benito, san Anselmo, santo Domingo y muchos otros? Un sincero agradecimiento a todos quienes se interesen por esta lectura.

La fragilidad y la fuerza de una comunidad monástica

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Testimonios

Hermano Nichodemus Ohanebo, OSB

Monje de Ewu-Ishan (Nigeria)

 

La fragilidad y la fuerza

de una comunidad monástica

 

En una de las hermosas páginas de su libro “Cartas del desierto”, Carlo Caretto escribió: “Dios construye su Iglesia con piedras tan frágiles como nosotros”; esto es exactamente lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en mi monasterio. La solidez de esta o aquella casa de Dios y de esta o aquella parte del Cuerpo de Cristo no está en la fuerza de las virtudes o en la debilidad del pecado de un individuo, sino al amor de Dios que considera oportuno, como expresión divina, crear esta o aquella comunidad, establecer un vínculo entre este o aquel cuerpo y el gran Cuerpo de Cristo. En otras palabras, no son las piedras frágiles las que consolidan la Iglesia, sino el amor de Dios, en el corazón esas propias piedras.

Como exige la cortesía presentaré a mi comunidad: el Monasterio de San Benito, corrientemente llamado “Monasterio de Ewu” debido a su ubicación en una colina de la sencilla aldea de Ewu-Esan, un pueblo del sur de Nigeria, es una comunidad monástica de hermanos que lleva una vida cenobítica bajo la Regla de San Benito de Nursia (480-547), formando parte de la Congregación Benedictina de la Anunciación de la Iglesia Católica Romana. Nuestras actividades diarias van desde la oración hasta el trabajo, desde el trabajo hasta el servicio a los demás, y desde el servicio hasta el compartir esencial de la vida comunitaria. Pero, ¿cómo es la vida en el monasterio de Ewu?

Sin entrar en grandes reflexiones sobre lo que es esta vida, debo confesar que en esta comunidad somos un grupo de hombres decididos, en el que se encuentran todas las expresiones más espontáneas y normales (y a veces las más anormales) de nuestra humanidad, sin moderación alguna. Es en el hecho de ser humanos concretos que nos damos cuenta de que la vida de conversión y la ascesis de los monjes tienen todo su sentido y en todo momento, en la escucha de la Palabra de Dios y prestándole atención. Así como vemos crecer toda clase de plantas en el más pequeño rincón del monasterio, vemos germinar entre los monjes de Ewu, cada uno según su gracia particular, todas las flores de la existencia humana. Intentar comprender a los hermanos de Ewu es, a veces, como escribir unas líneas de un simple poema siguiendo la inspiración del momento, a medida que se suceden los acontecimientos de la vida cotidiana, porque sólo se llega a ello afrontando francamente la vida ordinaria, natural y muy real. Los hermanos aquí son a la vez reflexivos y espontáneos en muchos niveles. Nuestra comunidad es un continuo germinar, una renovación en todo momento.

Hermanos del monasterio de Ewu-Ishan.
Hermanos del monasterio de Ewu-Ishan.

Para mí, la vida en Ewu es una expresión viva de la vida cristiana, bastante ordinaria y extraordinaria a la vez; en una hermosa mezcla de experiencias y expresiones de nuestra humanidad. La vida aquí es prácticamente un descubrimiento y redescubrimiento de uno mismo, más allá de lo visible. En Ewu, a la vez que nos tomamos en serio la oración, el trabajo y los diversos estudios, también estamos atentos a la singularidad de cada hermano como persona: esta persona que necesita ser redimida, con sus imperfecciones, y que sabe muy bien cómo ser él mismo, cómo ser yo mismo. Un ejemplo: en ausencia de otros hermanos mayores, un novicio bastante ingenioso se encontró sentado en la mesa cerca del Prior. Después de la comida, otro hermano le preguntó cómo se sentía al sentarse tan cerca del Prior y él respondió en voz alta: “Me sentí como si me hubiera convertido casi en un subprior”, y todos estallaron en carcajadas. Si un novicio hubiera dicho lo mismo en otra comunidad, la risa podría haberse convertido en un reclamo para que se fuera, por haber demostrado así, con su falta de humildad, que no tenía vocación. Pero ese es el tipo de cosas que pasan a Ewu. Esto no quiere decir que admitamos todos los excesos y los extremos, sino que nuestra comunidad es imperfecta y que los hermanos tratan de hacer vibrar, bajo el dedo de Dios, el acorde medio del arpa que hará sonar más hermoso el canto místico que resuena en el corazón mismo de la vida más sencilla y ordinaria.

En Ewu, nos peleamos y nos reconciliamos, nos malinterpretamos y discutimos hasta llegar a un consenso en el que, al final, desaparecen las diferencias; cometemos muchos errores y, aunque algunos se corrigen, otros quedan como una cicatriz en el rostro de la comunidad, un rostro en el que, como en un espejo, nos miramos y descubrimos los efectos de las malas decisiones que hemos podido tomar, incluso como comunidad. Cuando miro la vida que llevamos en Ewu, a través de los ojos de mi propia debilidad, veo a cada hermano con algunas (si no casi todas) sus limitaciones, y sin embargo un santo potencial y real en su interior. La forma en que vivimos a veces me hace pensar que nos vendría bien ayuda y al mismo tiempo podríamos ayudar a los demás, ya sea en el plano espiritual, material, psicológico e incluso médico, emocional e igualmente sexual, en el ámbito de lo tangible y lo insondable, lo concreto y lo místico.

Quien se deleita en ser menos que él mismo se hace tanto menos capaz de cambiar en verdad y en profundidad. Y es porque, en Ewu, somos una comunidad de personas imperfectas que, desde mi percepción debemos en primer lugar, estar en contacto con nuestras imperfecciones, reconocer nuestras zonas oscuras, identificarlas por su nombre si es posible, y sacarlas a la luz, ofreciéndolas a Dios en la forma de vida que llevamos. Está claro para mí que buscamos a Dios, el Padre de Jesús. Lo que significa, en mi opinión que, si buscas una comunidad de monjes perfectos, no deberías venir a Ewu pero, por otro lado, es posible que conozcas allí a algunos santos.

Por último, y no lo digo porque sea uno de los hermanos de la comunidad, sino porque lo veo: la comunidad de hermanos de Ewu caminan hacia el medio, el corazón, o el centro de una vida auténticamente vivida en Dios. Ciertamente, todavía están pasando por algunas crisis, como es normal en cualquier grupo humano, pero si siguen viviendo su vida y experiencia diaria con toda sencillez y espontaneidad, alcanzarán el acorde exacto del tono que Dios, el Absoluto, está cantando, y lo que son resonará perfectamente en armonía con lo que es el gran Cuerpo de Cristo. Rezamos para que alcancemos esta cima, para que Cristo sea glorificado en todas las cosas y para que “nos lleve a todos juntos a la vida eterna” (RB 72,12).

Sudáfrica, retos y alegrías de la vida monástica

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Testimonios

Hermana Antoinette Ndubane, OSB

Comunidad de Elukwatini (Sudáfrica)

 

Sudáfrica, retos y alegrías

de la vida monástica

 

Hay varias preguntas o subtemas que hay que analizar cuando se piensa en la experiencia de la vida monástica en Sudáfrica. Estas preguntas y epígrafes incluyen comprender lo que es un monasterio o el monacato desde la perspectiva sudafricana. ¿Es la vida monástica una realidad en Sudáfrica? ¿Cómo se siente ser monje o religioso en Sudáfrica? Junto a los retos y las alegrías de la vida monástica en este país. En mi opinión son preguntas vitales que debemos responder.


La realidad de la vida monástica en Sudáfrica

Cuando me hice benedictina en 2002, no sabía que estaba abrazando la vida monástica. Pensé que simplemente entraba en una congregación religiosa similar a otras que conocía. Me llevó un tiempo comprender las diferencias entre las órdenes apostólicas y las monásticas. Si todavía hay confusión, puede deberse a la falta de una identidad congregacional clara. Poco a poco fui comprendiendo que vivir en un monasterio no es simplemente vivir entre los muros de un edificio religioso; significa pertenecer con todo el ser a ese monasterio, a esa comunidad. El monasterio, para mí, es como una universidad o una escuela en la que se estudia la vida tal y como es; uno puede aprender lo que quiera, por ejemplo: a dejarse invadir por lo negativo, o aprender lo bueno y positivo, o incluso aprender ambas cosas al mismo tiempo.

¿Cómo es posible? A veces oigo a la gente decir: “Al principio no sabía cómo no responder de forma inapropiada en una confrontación, pero ahora sí”. Así que es posible elegir aprender las cosas negativas; sin embargo, hay muchas cosas hermosas que cultivar: el trabajo manual, la oración, el modo de vida, cómo convertirse en una mejor y más seria cristiana, y tantas otras cosas... Un monasterio es una casa de oración donde viven personas consagradas. También lo considero como una casa donde habita Dios, lo que puede permitir a los monasterios hacerlo bien. Por lo que he visto hasta ahora, un monasterio es un hogar, o una fuente de la que se saca para dar a los que no comparten esta vida. Por ejemplo, hay un tiempo para la oración y la meditación: así se puede saber qué ofrecer a los que buscan la inspiración y la gracia de Dios. Por eso el silencio es tan importante en la vida monástica; es en el silencio donde escucho la voz de Dios.

 

La vida monástica en Sudáfrica ¿es una realidad?

En esta parte del mundo, parece ser actualmente tanto si como no. Es una realidad, ciertamente, porque hay monasterios en Sudáfrica y gente que vive en ellos, pero no se puede ignorar el hecho de que no son numerosos y con pocos monjes locales.

También está la pregunta: ¿los que viven en los monasterios se dan cuenta o no de lo que son? Sucede que incluso los que viven en un monasterio, no comprendan realmente su vocación, independientemente de su edad o antigüedad en la vida religiosa. Las exigencias del mundo exterior hacen que uno se pregunte si la vida monástica es una realidad viva o no en esta parte de África. El desafío de la vida actual plantea también la pregunta: hoy, en 2019, ¿es posible vivir una vida monástica en su plenitud? y ¿en qué forma concreta? Es una pregunta que uno puede hacerse a lo largo de su vida y que puede favorecer la vitalidad de su vocación, haciendo posible vivir de mejor manera lo que uno está llamada a vivir. En cualquier caso, la vida monástica sigue siendo a la vez extranjera y local; da la impresión de habernos llegado en un barco, nos la trajeron personas concretas, y aunque se espera mucho de ella, sigue pareciendo ajena a la Iglesia local y a la gente de la región. Sin embargo, varios aspectos de la vida monástica parecen corresponder bien nuestro modo de vida: por ejemplo, el respeto, la hospitalidad y otros puntos.

 

¿Cómo se siente ser monje o religioso en Sudáfrica?

Creo que es normal sentir a veces la sensación de estar perdiendo algo afuera; pero este tipo de pensamiento no dura, sobre todo cuando uno tiene la sensación de pertenecer a una gran familia monástica. Este sentimiento se ve especialmente favorecido por la existencia de una estructura que reúne a superiores, formadores y jóvenes en formación en nuestra región de África del Sur. Esta estructura se llama BECOSA (Comunidades Benedictinas de África del Sur).

Uno de los aspectos más esenciales de la vida monástica o de la vida religiosa en general es la formación: la inicial y la permanente. En esta parte del sur de África, los benedictinos no descuidan estos temas de formación cuando se reúnen en las conferencias de BECOSA; esto es una gran ayuda para la vida de los monjes y monjas que viven en esta región. En casi todas las reuniones, los participantes abordan un tema específico relativo a la formación inicial y permanente de los miembros de nuestras comunidades. Esto nos ayuda a profundizar en nuestro conocimiento de quiénes somos y cómo estamos llamados a llevar nuestra vida monástica. Las reuniones anuales de BECOSA y los talleres que a veces celebramos allí, son muy importantes para nuestras vidas, especialmente en lo que respecta a la formación y al sentimiento de pertenencia a una gran familia. BECOSA es una fuente de apoyo tanto individual como colectivo. Cada vez que asistimos a una reunión o taller de BECOSA, nos sentimos nutridos. Seguimos deseando que haya más talleres, sobre todo los que necesitamos más alimento, como los formadores y los de formación inicial.

Monastère d'Elukwatini.
Monastère d'Elukwatini.

Dificultades y alegrías

La vida monástica es realmente una vida gratificante. Me ha dado todo lo que deseaba para desarrollar una vida cristiana más hermosa. Como joven sudafricana que vive la vida benedictina, la encuentro desafiante en ambos sentidos, negativo y positivo. La mayoría de la gente de mi edad tiene responsabilidades en diferentes ámbitos: familia, propiedad, profesión, etc. Parece que disfrutan tener cosas de valor. A mí me parece que no tengo nada propio, pero ¿esto es cierto? El desapego me conecta con otro tipo de tesoro, un tesoro que no pasa. Realmente me siento llamado a una vida feliz. Me siento bien. En cuanto a la familia, a veces se espera que los hijos mayores ayuden a otros miembros de alguna forma u otra. En mi caso, es posible que no pueda ayudar visiblemente a los míos en casa, estoy ahí para interceder por ellos. Llegar a esta convicción no ocurre de la noche a la mañana. De hecho, creo que les ayudo aún más, porque los pongo ante Jesucristo, que lo es todo para mí. No sólo rezo por mi familia, sino por mis amigos y por cualquier otra persona que necesite mi atención.

Otro reto evidente, especialmente en estos días, es la comunicación a través de las redes sociales. Casi todos los jóvenes de Sudáfrica tienen un teléfono inteligente. Hay que tener autodisciplina cuando se trata de las redes sociales. No puedo negar el hecho de que existen, de que las usamos, pero ¿Cómo usarlos con medida? no es menor. Sin embargo, es muy importante preguntarme cada vez que coja el teléfono si es necesario. ¿Es por el bien de mi vida religiosa? ¿Me ayuda o me destruye? ¿Cómo establecer el límite? Cuando abracé la vida religiosa hace diecisiete años, cuando queríamos enviar una carta, el superior tenía que leerla antes de enviarla; lo mismo para el correo entrante: había que leerlo antes de que llegara al destinatario. Hoy en día, la mayoría de nosotros utilizamos el correo electrónico y el WhatsApp: ¿quién lo puede controlar? Nadie, excepto yo misma y mi conciencia.

Hay otro hecho cuando se trata de la vida religiosa o la vida monástica como tal. Cada persona siente de manera diferente las oportunidades que ofrece la vida religiosa. Pueden ser los estudios, los descubrimientos, la libertad, etc. Mirándolo desde la distancia, se podría pensar que las personas que viven en los monasterios tienen riesgos más limitados de extraviarse que los demás, sin embargo, si observamos más profundamente, parece que son los que, dependiendo por supuesto de la misión o del campo de acción de cada uno, pueden verse más afectados por todas estas facilidades que se les presentan. La vigilancia, esta virtud tan predicada en la vida monástica, debe ser realmente promovida.

 

Silencio

El silencio es uno de los elementos más esenciales de la vida monástica. Sin embargo, aunque es importante, no es fácil guardar silencio. Si no se dice una palabra, no significa necesariamente que haya silencio: sólo puede significar que no está hablando en ese momento, mientras en su interior habitan preocupaciones “ruidosas” que pueden perturbarla. Un monasterio es capaz de proporcionar una atmósfera de silencio que debe ayudar a los que viven allí, así como a quienes lo visitan, poder encontrarse con Dios. Sin embargo, es necesario crear una forma de silencio propia para estar dispuesta a escuchar a Dios. Hay un sinfín de cosas que pueden perturbar nuestro silencio interior, pero cada uno debe hacer de su silencio una prioridad para disponerse a escuchar la voz de Dios. Es difícil estar en silencio, pero es muy gratificante. Es un gozo conversar con Dios. Vivimos en un mundo ruidoso, pero en el monasterio he encontrado que el silencio es habitual, aunque a veces nos distraiga la realidad del ruido exterior.

Hay otros peldaños en nuestra vida monástica: la oración comunitaria que hacemos varias veces al día, la Eucaristía diaria, la Lectio divina, la propia vida comunitaria, los retiros anuales, la dirección espiritual, etc., son algunas de las actividades que nos sostienen en esta preciosa vida. Aunque la vida monástica puede ser de alguna manera desafiante, me he dado cuenta que si uno se toma en serio las perspectivas que se le ofrecen, entonces la vida se hace posible. A menudo he creído -y sigo creyendo- que Cristo está entre nosotros, aunque a veces ciertas circunstancias nos impiden reconocerlo y creerlo. Tenemos que creer en la real presencia divina y en su llamado; esto ha sostenido mi vida hasta ahora. La verdadera alegría y el consuelo vienen del mismo Señor.

 

Conclusión

Que una “joven” sudafricana del siglo XXI pueda vivir en un monasterio debe ciertamente suscitar interrogantes: sin embargo, es la consecuencia de un llamado de Dios, no a todos, sino a los que han sido elegidos para vivirla. Esta vida preciosa es como un tesoro venido de lo alto, dado por amor. Tengo conciencia que Dios llama allí donde cree que la gente lo encontrará y lo servirá mejor; sin embargo, a veces vemos que si en un coro no todos están dotados para cantar, algunas voces apoyan a las otras: lo vemos también en como que se aprecia que la convivencia permite vivir en armonía o molestándonos permanentemente. Dado que un monasterio es una escuela, tiene la posibilidad de incluir todo tipo de alumnos: pero ¿qué clase de alumna soy yo? ¿Y cómo me comporto con las demás alumnas de la escuela? Estas podrían ser las preguntas para reflexionar hoy.

Primeros pasos en la vida monástica

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Testimonios

Hermana Rosa Ciin, OSB

Comunidad de Shanti Nilayam (India)

 

Primeros pasos en la vida monástica

 

Me gustaría comenzar compartiendo cómo escuché la voz del Señor mientras me divertía con mis amigos y ocupada en las cosas del mundo. Un día, caminando hacia la iglesia parroquial, vi un papel en el camino, lo cogí y lo leí. Hablaba de las monjas benedictinas e inmediatamente me gustó lo que decía, tanto que quise entrar en el monasterio.

Empecé a reflexionar sobre el verdadero sentido de la existencia. Sentí que era una señal de Dios. Así que decidí seguir al Señor por la vía monástica. Sentí un gran deseo de estar más cerca de Dios. En el mundo, había muchas distracciones que me alejaban del Señor. Finalmente, ingresé en el monasterio, aunque mis padres no estaban muy contentos con ello. Debo admitir que no fue muy fácil para mí dejar a mis padres, hermanos, hermanas y a mis amigos.

Las hermanas fueron muy acogedoras haciendo todo lo posible para que me sintiera como en casa. El monasterio es como la primera comunidad cristiana primitiva en la que los miembros comparten todas las cosas, viviendo en unidad a pesar de los diferentes idiomas y orígenes culturales. Mi corazón se llenó de alegría; me encontré con un espíritu de familia en la comunidad. Esta experiencia me hizo olvidar los placeres de las redes sociales y los teléfonos móviles, etc. El uso de estos medios trae una alegría temporal, pero en la comunidad encontré la verdadera alegría de amar al Señor y a todas las hermanas de la comunidad. Una vez que experimenté este calor fraternal, me olvidé de los placeres del mundo. Ahora puedo apreciar el mundo y todo lo que ofrece de una manera diferente: todo es bueno si lo utilizamos para el bien de todos.

Sin embargo, aunque al principio todo iba bien, han habido momentos en que me encontré con problemas y dificultades. La naturaleza humana anhela espontáneamente el placer y lo fácil, cada forma de vida tiene sus dificultades, en la vida monástica, sin embargo, experimento una profunda alegría interior. En el monasterio se pone todo en común y utilizamos los teléfonos móviles, internet, etc., sólo cuando es realmente necesario. No es fácil convivir con personas de distinta procedencia o cultura. Al entrar más profundamente en la vida comunitaria, me he sentido muy serena y contenta a pesar de las dificultades y problemas. La atmósfera de silencio y calma del monasterio nos ayuda a escuchar el clamor de los pobres y desamparados del mundo y podemos ayudarles con nuestra oración y renuncia.

La vida comunitaria me ayuda a vivir en armonía con los demás y a servirnos mutuamente. Me permite salir de mí misma, compartir con ellas sus problemas y dificultades. De este modo, me he vuelto menos centrada en mí misma y más en los demás. También me siento muy a gusto con la Regla de vida de san Benito, especialmente en el ámbito de la hospitalidad y el amor a los pobres. Como monja joven, no tengo mucho contacto con el mundo exterior, pero llevo el mundo entero a mi oración y al ofrecimiento de mi vida al Señor. La comunión dentro de la comunidad y el amor fraterno son un signo para el mundo: es posible vivir y amar a los demás a pesar de las diferencias.

Con el paso de los años aprecio cada vez más la vida monástica. San Benito dice en su Prólogo a la Regla:

“Con el progreso en la vida monástica y en la fe, ensanchando el corazón, con la inefable dulzura del amor, se corre por el camino de los mandamientos de Dios”.

En todo esto, he ido aprendiendo que la vida monástica es fácil y gozosa si pongo cada situación de nuestra vida en manos del Señor. Sólo es posible llevar esta vida con la ayuda de Dios y con Dios. Su yugo es fácil y su carga ligera cuando le entrego todas mis problemas y dificultades.

La gente no suele entender la vida monástica, pero yo la amo cada día más. Mi oración más ferviente es que muchos respondan al llamado del Señor para seguirle más de cerca en la vida religiosa.


La comunidad de Shanti Nilayam en el Oficio Divino. © AIM.
La comunidad de Shanti Nilayam en el Oficio Divino. © AIM.

Aportes del monasterio de Bafor al desarrollo local

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Economía y vida monástica

Dra. Katrin Langewiesche

Instituto de Etnología y Estudios Africanos,

Universidad de Maguncia (Alemania)

 

Entre la cooperación y el conflicto

Aportes del monasterio de Bafor

al desarrollo local

 

Resumen de la tesis para la obtención del título de Máster en sociología de Anne Nonna Dah, Universidad Católica de Bobo-Dioulasso, Burkina Faso, bajo la dirección de la profesora Amandé Badini y del doctor Jacques Thiamobiga: “Integración de las Hermanas Cistercienses de Notre-Dame de Bafor en los pueblos de los alrededores”.

 

Los resultados de su investigación son sin duda interesantes tanto para la sociología del desarrollo, disciplina a la que pertenece Anne Dah, como para la sociología del monacato. Establecidas en 2005 en Bafor, las monjas Bernardinas de Esquermes llevan una vida contemplativa. A pesar de su separación del mundo, sus acciones producen inevitablemente efectos en la sociedad en la que se establecen, provocando cambios ambientales y sociales que la autora se propone examinar en su obra. La primera parte del estudio se centra en la percepción social del monasterio y sus miembros por parte de la población local. ¿Cómo perciben los vecinos del monasterio a las monjas? La segunda parte analiza las interacciones entre el monasterio y su entorno y la contribución del monasterio al desarrollo del pueblo.

La autora concibe el desarrollo como un proceso de transformaciones vinculadas a las dimensiones ambiental y social, un ejemplo de cambio provocado por el trabajo voluntario a menudo con inesperados resultados. El pueblo de Bafor se ubica en el suroeste de Burkina Faso, quince kilómetros al sur de Dano, capital de la provincia de Ioba. Perteneciente a la diócesis de Diébougou, acoge desde el año 2000 la aspiración del establecimiento de un monasterio. Por invitación del obispo Jean-Baptiste Somé, las cinco primeras hermanas Bernardinas del Císter de Esquermes llegaron desde Goma, República Democrática del Congo, el 19 de noviembre de 2005, luego de la bendición del nuevo monasterio de Notre-Dame de Bafor. Bafor es un pueblo dagara en el que la mayoría de la población continúa apegada a los cultos ancestrales. Si la población ha acogido el monasterio, no significa que se haya adherido a su religión ni al modo de vida de las monjas.

Fundación del monasterio de Bafor. © AIM.
Fundación del monasterio de Bafor. © AIM.

“Si vas a su casa, debes tocar la campana”:

Representaciones sociales en torno al monasterio

En el entorno dagara, el lugar de la mujer está en el hogar y su destino es el matrimonio y la procreación. No tiene derecho a la tierra. A esta sociedad le resulta difícil concebir la vida de una mujer fuera de estas convenciones. Como resultado, las mujeres contemplativas aparecen a ojos de la población como seres radicalmente diferentes. Su modo de vida se tolera porque son extranjeras, pero siguen siendo sospechosas porque muestran a las niñas dagara que es posible una vida fuera del hogar y del matrimonio. A los ojos de la población, convertirse en una religiosa activa es ya una curiosidad que ha terminado por ser tolerada, mientras que las monjas son percibidas como marginales: sin maridos, sin hijos y sin padres o madres. Sin hacer un juicio de este modo de vida, los habitantes de Bafor aceptan ver a las monjas evolucionar según su visión del mundo y acomodarse a algunas de sus prácticas: “Tocar la campana para ponerse en contacto con ellas”. Permiten a los niños ir al monasterio y participar en las misas y oraciones. A veces, los padres acompañan a sus nietos al monasterio en las grandes fiestas como Navidad y Pascua.

Las hermanas son pocas. Su comunidad varía entre cinco y siete miembros. Para asombro de los lugareños rara vez salen del monasterio. Un vendedor de quioscos se sorprende: “Me encontré con una de ellas la última vez y me decía que lleva doce años aquí, pero que nunca ha estado en el centro del pueblo de Bafor. Su límite es la carretera pavimentada”. La imagen que las monjas dan a la sociedad es la de “mujeres de oración”, encerradas y entre ellas. A ello contribuyen la regulación de la entrada, el silencio del lugar y la llamada regular a la oración. “Para mí, son mujeres de oración. Cuando voy allí, rara vez las veo. No salen, sólo rezan”. Los vecinos del monasterio parecen haber captado uno de los principios esenciales de la vida monástica femenina: la oración y la clausura. Por otro lado, el trabajo, necesario para alimentar a la comunidad y ayudar a los necesitados no se menciona como una característica esencial de la vida de las hermanas de Bafor. La forma de ver al monasterio de Bafor evoluciona evidentemente en función de las interacciones de las bernardinas entre sí y con su entorno natural. De hecho, las monjas no se comunican frecuentemente con la población local, tanto por las restricciones impuestas por la clausura, como por la falta de dominio de la lengua dagara, el aislamiento del lugar y el deseo de limitar la interacción para no verse invadidas por las innumerables peticiones de la población.

 

Convivencia entre la cooperación y el conflicto

La convivencia entre las monjas y la población de acogida oscila entre el desconocimiento mutuo, la cooperación y el conflicto por el acceso a la tierra y la explotación de los recursos naturales. Las dos partes tienen diferentes puntos de vista sobre estos asuntos. Para algunos, las hermanas han mantenido relaciones amistosas y de confianza con la población local desde su instalación, gracias a su sensibilidad y disponibilidad, “creo que hace mucho su forma de contactar con la gente, de saber acoger a las personas, esa amabilidad y comprensión por el entendimiento”, explica el capellán. Para otros, lo que atrae la simpatía, es sobre todo su capacidad de transformar el entorno. Las monjas se dedican a muchas actividades, entre otras, la plantación de árboles, la jardinería y la cría de animales. Exportan su yogur a la región del suroeste, donde es muy apreciado. Además, la dimensión caritativa del monasterio (se encarga de la escolarización) y las instalaciones que ha adquirido a lo largo de los años (pozos, electricidad), lo sitúan en primera línea de las instituciones con las que las poblaciones quieren mantener cercanía. “Antes, sólo había dos familias junto al monasterio. Ahora hay tres o cuatro edificios más porque allí hay agua, que pueden ir a sacar las mujeres. “Alrededor del monasterio se está produciendo una nueva dinámica de asentamiento y, con ella, nuevas demandas sociales. Después de haber facilitado el acceso al agua a las familias vecinas, piden ahora el acceso a la electricidad. De este modo, algunas mejoras, realizadas por las monjas para sus propias necesidades, han beneficiado en gran medida a las poblaciones de los alrededores y han facilitado la llegada de nuevos habitantes”. Las relaciones de buena vecindad pueden volverse conflictivas en cuanto la tierra y sus recursos se convierten en objeto de codicia.

La instalación del monasterio en Bafor y su necesidad de tierras cultivables generó tensiones entre la Iglesia local y la sociedad del pueblo. Cuando se estableció el monasterio de Nuestra Señora de Bafor, se necesitó un gran espacio para que las monjas cultivaran. Parte del emplazamiento del actual monasterio era el campo de las Hermanas de la Anunciación de Bobo (SAB), que lo cedieron a las bernardinas. Se añadieron otros terrenos, sumando en total 30 hectáreas. Para ello, algunos productores agrícolas cercanos al lugar tuvieron que ceder sus tierras para ampliar la propiedad del monasterio. Esto no estuvo exento de dificultades. Como en todas partes, el acceso a la tierra se vuelve competitivo bajo los efectos combinados de la intensa migración interregional, la inserción de la economía campesina en el mercado, la inestabilidad de las normas consuetudinarias y el debilitamiento de los poderes tradicionales, pero también bajo la presión de grupos de interés como, en el caso de Bafor, la Iglesia católica. Lo que los negociadores traducen como: “no fue fácil” aludiendo al papel social del jefe de la aldea como gestor de las tierras. De hecho, la situación básica en torno de la tierra de este monasterio chocó con el derecho consuetudinario, como suele ocurrir en los conflictos por la tierra, pero también a los actores eclesiásticos que saben que la propiedad de la tierra es un medio para asegurar su inversión y una garantía de la estabilidad de su negocio. Las monjas son muy conscientes de estos problemas y sabían que algunos agricultores temían perder sus tierras. En consecuencia, estos agricultores se oponían radicalmente a abandonar sus campos. Convencerlos “no fue nada fácil”. Aquí, como en otros lugares, los conflictos en torno al tema de la tierra están vinculados a la posición social y a los intereses de los distintos actores: el jefe de familia, el propietario de la tierra, el agricultor y la diócesis. Lo que está en juego gira en torno a la tierra y al poder: el gran productor de la localidad intenta preservar sus tierras y su poder económico, el cacique de la tierra, por su parte, quiere mantener su notoriedad y su autoridad sobre la gestión de las tierras de la comunidad, mientras que la diócesis quiere conservar su propiedad privada. Estas disputas han dado lugar a amenazas de muerte y los distintos protagonistas han sido citados por la policía.

Sin embargo, recurrir a la administración pública y sus instituciones ha tenido poco efecto en la resolución de estos conflictos. Según la costumbre dagara, en particular el “falso parentesco”[1] (lõluoru), es el que ha desempeñado un papel clave en la resolución pacífica del conflicto. El falso parentesco es un sistema de mediación crucial para la sociedad dagara, como lo es para muchas otras sociedades de África Occidental; una herramienta de reconciliación comparable a un pacto de no agresión que une y reúne a los grupos patriarcales, basados en el linaje de los padres de familia agrupados bajo la afiliación real a un ancestro común. El pariente falso es el tãpεlυ-sob, que significa literalmente “el hombre de la ceniza”, ya que la ceniza se considera un elemento de reconciliación y pacificación. La intervención de este último trae paz, armonía, comprensión, alegría. Este sistema también ha desempeñado un papel importante en la regulación del conflicto en torno al monasterio de Bafor, gracias a la intervención del capellán, que era al mismo tiempo un pariente falso. La intervención de este mediador, reconocido tanto por las monjas como por los agricultores dagara, permitió una reconciliación duradera. Tras la intervención de la justicia, los mediadores y el falso padre, se encontró un compromiso entre los diferentes protagonistas.

Tras su conflictiva instalación, ¿cuál es el impacto de la presencia de este monasterio en el desarrollo de Bafor?

El patio y la capilla del Monasterio de Bafor
El patio y la capilla del Monasterio de Bafor

Contribución del monasterio al desarrollo de Bafor

Junto con la Fundación Dreyer, en Dano, que atrae a los turistas por su ubicación con vistas a la presa y su arquitectura, el emplazamiento del monasterio en el monte, a pocos kilómetros de la pequeña ciudad de Dano, es un importante lugar de retiro y visita en el suroeste. El monasterio contribuye sin duda al patrimonio arquitectónico y turístico de la región. Aunque la población local aprecia sin duda la contribución estética del lugar - “Han humanizado el espacio, hace bien pasear por el monasterio”-, se beneficia más directamente de los pocos puestos de trabajo que el monasterio ofrece a los jóvenes, trabajadores y mujeres de la zona como empleados ocasionales o permanentes. Además de un salario regular, los empleados y sus familias se benefician aprendiendo nuevos métodos de trabajo y de ahorro. Las monjas motivan a sus trabajadores para que combinen la cría de animales con la agricultura, eviten los fertilizantes y pesticidas químicos, reduzcan los incendios forestales y ahorren dinero. Las competencias adquiridas tienen una repercusión evidente en sus familias, como reconoce este empleado:

“Con las monjas y los vecinos compramos las ovejas para empezar a criarlas nosotros. En la actualidad, puedo decir que tengo unas dieciséis ovejas y tengo estiércol para poner en el campo. Todo esto ayuda”.

El cambio de costumbres también está relacionado con el ejemplo que dan las hermanas de protección del medio ambiente. Aunque con dudas e incluso con oposición al principio, sus vecinos de Dagara han hecho suyas las iniciativas de las Hermanas a lo largo de los años. En particular, la práctica de construir cortafuegos para evitar los incendios de matorrales está siendo imitada gradualmente por la población.

“Creo que incluso algunos vecinos empiezan a arrepentirse de haber quemado sus tierras. Las hermanas han plantado mucho, han cuidado la flora natural que ya existía”.

Las Bernardinas de Esquermes tienen una orientación educativa que se traduce en la construcción de escuelas y centros de acogida en todos los lugares donde se instalan. El monasterio de Bafor es una excepción dentro de la Orden, vinculada a la petición del obispo de crear únicamente un lugar de oración y recogimiento. En Bafor, aunque el monasterio aún no ha construido una escuela, las Bernardinas contribuyen activamente a la educación de los niños. Su presencia influye en los niños que acuden al monasterio y a quienes dan clases de catecismo. Las hermanas reflexionan actualmente sobre cómo traducir su carisma pedagógico en Bafor, buscando una adaptación al contexto local, especialmente en el marco de la educación rural.

Establecidas recientemente en un entorno bastante vacilante y tras una instalación conflictiva, las tareas que las monjas bernardinas cistercienses realizan a diario muestran su influencia a largo plazo en el entorno y la sociedad. Su vida oculta resultó ser una semilla del cambio social. La construcción de monasterios en todas partes va acompañada de conflictos, rupturas, resistencias y negociaciones con las autoridades. La investigación monástica está llena de estos conflictos, y a menudo produce más preguntas y ambivalencias que respuestas y garantías. La disertación de Anne Dah tiene el mérito de abordar el tema de la contribución del monasterio de Bafor al desarrollo local en términos positivos, así como en términos de los límites del intercambio, la transferencia y la interacción.


[1] Este acuerdo de “falso parentesco’’ permite, e incluso a veces obliga, a los miembros de una misma familia o tribu, o a los habitantes de una misma región, burlarse unos de otros sin consecuencias. Estos son interpretados por los antropólogos como un medio de desagravio o de reconciliación social, una práctica más o menos sagrada. Se trata de una práctica única que permite utilizar cualquier lenguaje sin que se produzcan molestias y, desde luego, sin que haya derramamiento de sangre. Resuelve las crisis sociales porque no se enfada a un “falso padre” cuando una familia o un clan está en conflicto. El “falso padre” es un catalizador de la conciliación, que a menudo logra un cambio de opinión.

Vida monástica y poesía

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Liturgia 

Hermana Thérèse-Marie Dupagne, OSB

Priora del monasterio de Hurtebise (Bélgica)

 

Vida monástica y poesía[1]

(liturgia, lectio, vida fraterna)

 


Para mí, cuando hablamos de poesía, me refiero a una palabra del orden de la evocación y no de la definición. Una palabra que vela tanto como revela, una palabra que hace señas, que llama hacia un más allá, hacia un más allá que se niega a asir, un más allá que toca y que la toca a ella... Una palabra que abre a la comunión, sin imponerse. Una palabra que sugiere una relación tejida desde la libertad, el deseo, la sed, una palabra que pisa en un terreno que le es desconocido, que explora, una palabra que prevé una cuarta dimensión...

Esta palabra poética la encuentro en la LITURGIA.

La liturgia es el reloj del monje, su ritmo, el aire que respira. La liturgia es la obra de Dios, la acción de Dios, que invita. También es la respuesta de la comunidad humana, el canto y el silencio, la escucha y el deseo. En su constitución la liturgia es un tejido de palabras poéticas: palabras que nos son dadas. Se nos concede componer un himno, una oración de petición, otras oraciones, por lo tanto, se nos ha concedido una buena parte de la poesía litúrgica. Acojámosla, dejémonos tocar por ella, nos encante o no, nos hable o no, nos conmueva o no. En la acogida de la liturgia hay un llamado al consentimiento, que no siempre está exento de lucha.

Entrar en la poesía litúrgica implica entrar en palabras que no son nuestras, sin querer que sean totalmente nuestras, es aceptar algo más allá de nosotros mismo. La poesía en la liturgia nos abre, nos desgarra, nos dispone a una relación imborrable. Así la liturgia apunta a la comunión.

Poesía como los salmos, esas antiguas oraciones, leídas, cantadas y coreadas: alabanza, lamento, exultación, memoria del pasado, murmullo de una ley. Los salmos se nos dan, se nos resisten, nos vienen de otro mundo, el antiguo murmullo de un íntimo amigo de Dios como lo llama Chouraqui[2].

No somos dueños de un salmo. Se nos confía, como se confía la música a un flautista, los salmos esperan nuestro aliento para pasar por nosotros, para sacudirnos y a veces para encantarnos. Nos sacan de nosotros mismos, nos llevan al otro lado de un pueblo, de una comunidad, más allá del tiempo, más allá del espacio. Nos lo enviamos unos a otros, de un coro a otro, sin agotarlo. Lo hablamos, lo cantamos y lo escuchamos, pasa y vuelve, siempre viejo, siempre nuevo.

La liturgia es HYMNE. El himno se lanza hacia el Otro, ese Otro que está a nuestro lado y al que sólo conocemos a distancia, a tientas. Con el himno pedimos encontrarlo por un camino que desconocemos. El himno eleva, o profundiza. Emociona, traza un camino. Como el salmo, amasado con la vida del poeta; va más allá de esta vida, la hace más profunda o la ahonda, ahonda en quien lo canta.

El salmo, el himno, tocan, abordan, cortan, penetran, llegan al corazón, y ¿quién conoce plenamente el corazón? ¿Quién puede abarcarlo? El himno conmueve y provoca, a no ser que su voz se marchite, huya de él. El himno crea la magia del silencio que le sigue.

La liturgia es poesía en sus largas LETANIAS: pide, vuelve a pedir, pide siempre. Es el llamado de un corazón insatisfecho o de un corazón tan satisfecho que vuelve a pedir. Despierta el corazón joven, que juega con las palabras.

La experiencia de la liturgia es la experiencia de esa poesía que evoca, invoca y nunca es aprehendida. La poesía enseña ese paso de baile que sostiene, une y distancia. Si quieres agarrar la poesía, se te escapa entre los dedos, como la nieve que se derrite en la mano del niño que quiere tenerla cautiva.

La poesía litúrgica es DIÁLOGO entre dos sujetos, nos sitúa ¿frente a frente? ¿en el corazón? ¿quién sabe? Nos habla del Otro, y de otra manera. Haciéndome íntimo de Dios, me enseña a permanecer en el vértice de mi humanidad, ante ese “Tú” irreductible, me llama a decir “Yo”. La poesía encuentra su fuente, creo, en el Espíritu, ese aliento que danza entre el Padre y el Hijo, este soplo que los hace Uno, mientras los mantiene irresistiblemente dos. Son tan dos que son tres. La poesía es como ese ESPACIO que adivino entre ellos, como una apertura definitiva, un espacio que me permite a mi corazón descubrir a nuestro Dios, no Dios, sino un espacio, un hueco, un vacío, que se abre al otro, a los otros. La poesía que canta en el silencio de los Tres me lleva al corazón de Dios, no Dios sino al espacio del canto, llamando más allá. En el corazón de Dios, existe este espacio de silencio infinito, que se puede tocar, abierto al otro. Como canta un himno del hermano Pierre-Yves Emery que canta: “La intimidad de Dios, infinitamente abierta, para acoger -oh maravilla- a sus criaturas”.

La poesía en la liturgia es DOXOLOGÍA: gloria al Padre, al Hijo, al Espíritu Santo... y en esta doxología Benito nos invita a levantarnos. Levántate, y haz una profunda reverencia. Levántate, levántate en tu humanidad, tienes valor, significado. Respira, inspira, inhala. Inclínate... ante el que vela por tu mirada, tu vida, tu amor, inclínate ante lo imperceptible, lo indecible, de lo que aún no habrás dicho nada, hasta que te postres en silencio[3] . Inclínate, suspira, sonríe por haberte despojado de ti mismo.

La poesía de la liturgia me invita a una contemplación respetuosa del Otro, de la Fuente, sin tocar, inscribe una palabra que se convierte en un cáliz, una mirada que todo lo acoge. Y esta poesía litúrgica es una poesía para un pueblo, no es mía, es nuestra, y va más allá de nosotros.

La apertura a la LECTIO se injerta en la liturgia. Esta lectura orante de la Biblia a la que se nos invita día a día. Un tiempo para leer la Escritura, estudiarla, meditarla, masticarla y, justo cuando creemos haberla hecho nuestra, ver cómo se abre un universo más allá, un universo que se nos escapa. Lee, estudia, medita, contempla. Recibe la Sagrada Escritura no como un teorema, una demostración, una definición, sino como una poesía, una evocación...

Se dirá, sí, pero en la Escritura está escrita la Ley, ¿qué poesía puede haber en la Ley? La ley de Israel comienza con un llamado, una voz: “Escucha”. Luego una invitación: “Elige”... y una conclusión: “Vivirás”. Es un camino y no una prisión. La ley, dos orillas que permiten que la vida fluya como un río en lugar de estancarse como un pantano.

La ley, orillas de un arroyo que fluye más allá. La Ley gira más allá de sí misma Hay una profecía en la Escritura, un grito, que desgarra la vida cotidiana, para permitir la irrupción de lo otro.

Está la Sabiduría, un espacio, un compartir una experiencia del pasado, que se ofrece como marco, donde se puede tejer un nuevo camino. La lectio es un tiempo de acogida y de apertura, que termina en la voz de un fino silencio. Y este silencio es, sin duda, la más bella expresión del diálogo.

Esta experiencia, abre el camino para una VIDA FRATERNAL. ¿Cómo convivir con el otro, mi hermana, mi hermano, aquí y fuera?

La vida fraterna, en la vida cotidiana, probablemente, no es donde se percibe primero la poesía. Y sin embargo, es compartir un espacio vital, un espacio para cantar, es la construcción de una red de relaciones. ¿Qué es lo que le ayuda a avanzar? ¿No es en primer lugar la experiencia litúrgica?: el descubrimiento de este vacío en el corazón de Dios, de este espacio ofrecido en el corazón de nuestro Dios, se me presenta como un camino para la vida fraterna. El respeto a la diferencia, el respeto y más que el respeto: el estímulo, para que el otro pueda llegar a ser él mismo, ella misma, y por tanto cada vez más otro, eso es lo que hace la comunidad a imagen y semejanza. Acoger al otro y desearle que sea otro, acoger su fe diferente, su camino diferente, y elegir avanzar juntos.

La poesía abre un espacio entre nosotros que nos expande y nos abre. Llama a la comunión entre nosotros, y mucho más allá de nosotros.

Me gustaría estar al pie de los muros de la violencia,

en los campos de exclusión, rechazo o fusión

para lanzar un poema de esperanza...

para abrir un espacio de comunión...

para pronunciar una palabra que sólo es una invitación...

y se niega a ser capturado.

 

La poesía es una oportunidad ofrecida a nuestra humanidad, para compartir la vida, respetuosa con cada individuo, alegre para todos.


[1] Escrito para el fin de semana sobre los poetas monjes, octubre de 2014.

[2] Nathan André Chouraqui (1917-2007) fue un abogado, escritor, pensador y político israelí, conocido por su traducción de la Biblia. Entre otras cosas, fue cofundador de la asociación “Hermandad de Abraham” que promueve el diálogo interreligioso, delegado permanente de la Alianza Universal Israelí.

[3] Cf. Números 24,4: el oráculo de Balaam, que atestigua una mirada que se abre cuando se postra.

Geronda Aimilianos

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Monjas y monjes, testimonios para nuestro tempo

De un texto escrito por el Hieromoine Serapion

Monasterio de Simonos Petra (Monte Athos, Grecia)

 

Geronda Aimilianos

del monasterio de Simonos Petra


 

“Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia” (Sal 15,11)


 

El archimandrita y geronda[1] aimilianos, en el mundo Alexander Vafidis, higoumène del monasterio de Simonos Petra de 1973 a 2000, nació en Nicea del Pireo.

En 1906 su familia se instaló en Simandra, Capadocia, y tras la catástrofe de Asia Menor y el Intercambio de Poblaciones, llegaron a Grecia. Aunque estaban casados, los padres del pequeño Alexander vivían como monjes, dedicándose a las vigilias nocturnas y a la oración. Tras enviudar, tanto su abuela como su madre se hicieron monjas. Alexandre completó su educación secundaria, ingresando a la Universidad de Atenas, primero durante dos años en la Facultad de Derecho y luego la Facultad de Teología, como lo deseaba. En la Universidad, junto con varios compañeros, realizó notables esfuerzos para desarrollar la fe y la vida cristiana. Pensó en convertirse en sacerdote e incluso en misionero, pero pensó que lo mejor era prepararse comenzando su formación en un monasterio.

El obispo de Trikala se fijó en él, a quien el joven Alexander se encomendó en 1960. Finalmente, se hizo monje con el nombre de Aimilianos para el monasterio de San Vissarion de Doussiko. Pronto fue ordenado diácono por el obispo, que lo envió a diferentes monasterios de Meteora hasta su ordenación sacerdotal. Posteriormente, vivió durante algún tiempo en el monasterio de San Vissarion de Doussiko. Allí se dedicó a la soledad y a la búsqueda de la paz interior, alimentando un profundo deseo de renovación del monacato.

Tiempo después, fue elegido para ser higoumène en el Santo Monasterio de la Transfiguración, del Gran Meteoro. Al principio, casi en solitario llevó una vida ascética de vigilias, oración y progresiva integración de los elementos de la tradición monástica. En vista de este serio estilo de vida, el obispo le encomendó un cargo pastoral, recibiendo cada vez más fieles que querían ponerse bajo su cuidado. Muchos jóvenes lo buscaban como confesor, convirtiéndose en el padre espiritual de gran número de ellos.

Muchos de estos jóvenes pensaban en la vida monástica y, con el tiempo, constituyeron el primer núcleo de la comunidad del monasterio de Meteora, mientras que otros se dedicaron al clero o a la vida familiar. Todos ellos, en su forma de vida constituyeron una única familia espiritual ampliada, centrada en el monasterio.

Aimilianos comenzó a ir a la Montaña Sagrada para recoger la riqueza de su patrimonio espiritual. Conoció al padre Païssios y al padre Ephrem de Katounakia, con quienes entabló una gran amistad espiritual. En 1972, acompañó la fundación de una comunidad femenina en Meteora.

En 1973, fue elegido higoumène del monasterio de Simonos Petra por los hermanos. Los Padres de la Montaña Sagrada saludaron con gran esperanza la instalación de la comunidad de Meteora en el Monte Athos. De hecho, otras comunidades les siguieron a su vez y los monjes athonitas vieron aumentar considerablemente su número.

Mientras llevaba una vigilante vida monástica, celebrando el oficio divino y cumpliendo sus otros deberes, el padre Aimilianos se dedicó a reorganizar la vida interna de la nueva comunidad. Con respeto y amor, supo injertar en la experiencia de los mayores el entusiasmo juvenil, la devoción y el celo de los monjes más jóvenes, que contribuyeron así al crecimiento de la comunidad. Su buena administración general y su cuidado paternal le permitieron restablecer la autoridad y potenciar la tradición secular de este santo monasterio.

Una vez asentada la comunidad en la Montaña Sagrada, el padre Aimilianos se ocupó de la vida de la comunidad femenina de Ormylia, que se reunió el 5 de julio de 1974 en la antigua casa dependiente (metochion) de Vatopédi: “La Anunciación de la Madre de Dios”, que fue adquirida por el monasterio de Simonos Petra con la aprobación del obispo local y la ayuda de la Santa Comunidad. Las hermanas se instalaron allí y vivieron desde entonces como metochion del monasterio de Simonos Petra. Todo esto no estuvo exento de dificultades y trabajo duro. Geronda Aimilianos acogió a varios extranjeros que se convirtieron en monjes bajo su dirección. Este fue el caso de los padres Placide Deseille y Elie Ragot, que vinieron de Francia, con algunos otros. Entre 1979 y 1984, se fundaron tres casas dependientes en Francia: Saint-Antoine-le-Grand para los monjes, la Protection-de-la- Mère-de-Dieu (Solan) y la Transfiguration-du-Sauveur (Terrasson) para las monjas, a las que el padre Aimilianos visitaba con frecuencia. Era muy solicitado para conferencias y acompañamiento espiritual, acogiendo todo como una bendición de Dios. A mediados de los años 90, su salud se deterioró irremediablemente. El padre Aimilianos se vio obligado a dejar poco a poco su puesto de higoumène. En el año 2000 se reincorporó al monasterio de Ormylia, donde pasó los últimos veinte años de su vida, en la necesidad y la paciencia ante el sufrimiento.

Su enseñanza espiritual ha sido recogida en varios volúmenes por las hermanas de Ormylia. Algunos de ellos traducidos del griego al francés:

– « Le sceau véritable » El sello verdadero (1998).

– « Sous les ailes de la colombe » Bajo las alas de la paloma (2000).

– « Exultons pour le Seigneur » Alegrémonos en el Señor (2002).

– « Le Culte divin » La divina liturgia (2004).

– « De la chute à l’éternité » De la caída a la eternidad (2007).

– « Discours Ascétiques d’Abba Isaïe » Discursos ascéticos de Abba Isaías (2015).

– « La voie royale – Saint Nil de Calabre » El camino real - San Nilo de Calabria (2017).

En palabras de su sucesor Geronda Elisha:

“El higoumenato de Geronda en el Santo Monasterio de Simonos Petra marcó un importante punto de inflexión en la historia reciente del monasterio. Fue un periodo bendito en el que el monasterio recuperó una gran influencia, un periodo que también coincidió con el aumento del número de monjes y de la influencia de toda la Santa Montaña, gracias a la activa protección de la Santísima Madre de Dios. Sin embargo, como el propio Geronda lo formula en la Regla Monástica (el Typikon) de Ormylia (I, 9): “La comunidad monástica del Coenobium, viviendo según su propio ritmo, vive sustancialmente en la Iglesia y para la Iglesia, como el corazón o algún miembro del cuerpo. Se aprecia, no para el desarrollo de una actividad cualquiera, sino principalmente para la búsqueda amorosa de Dios. De este modo, las monjas se convierten en imágenes perfectas de Dios, atrayendo así a los demás a la vida divina”.

Después de largos años pasados en silencio en un lecho de dolor, Geronda Aimilianos se unió suavemente a las moradas celestiales el 9 de mayo de 2019. ¡Que su memoria sea eterna!


Archimandrita Basilio, Prohigoumène

Monasterio de Iviron

 

Homilía en el funeral

de Geronda Aimilianos

27 de abril/10 de mayo de 2019, Ormylia

 


Hoy, por la gracia de Dios, Geronda Aimilianos nos ha reunido a todos en esta sinaxis pascual. Conozco al padre Aimilianos desde nuestra época de estudiantes. Estábamos juntos en el grupo de catequesis dirigido por el actual arzobispo de Albania, Anastasios (Gianoulatos). Pasaron los años y se fue a Meteora. El hecho de que haya hecho tal progreso espiritual, que haya reunido a jóvenes y haya fundado esta comunidad que luego se trasladó al Monte Athos, y después la comunidad de las hermanas, fue testimonio de la asistencia y la bendición de Dios. El otro hecho notable es que permaneció entre veinte y veinticinco años como un muerto en vida. Este es otro testimonio de fe, pues el padre Aimilianos no sólo trabajó como higoumène, sino como predicador sin decir nada. Pero al no decir nada, nos transmitió las palabras inefables de la vida eterna. Y cuando ya no entendía nada, estaba con los ángeles. Creo que hoy entendemos todo esto.

El padre Aimilianos se ha ido, pero nos ha dejado directrices, es decir, trabajó mucho, fundó estas dos comunidades, y luego, durante veinticinco años, nos habló sin palabras. Las santas mujeres recibieron la orden del ángel de anunciar el acontecimiento de la Resurrección y cuando se retiraron, “no dijeron nada a nadie, porque tenían miedo”. Tenían miedo y no querían dañar lo inexpresable al hablar. Del mismo modo, creo que el padre Aimilianos nos hablaba a nosotros. Debo confesarles que nos conquistó, y a mí también. ¡Qué Cruz durante tantos años! Me acercaba a su puerta y de ahí sacaba fuerzas.

Ahora, quienes no entienden el motivo del silencio del padre Aimilianos, creo que hoy pueden entenderlo, al escuchar tan vigoroso canto en esta magnífica iglesia que está en el corazón de esta comunidad.

El padre Aimilianos nos ha dejado, pero la gracia de Dios permanece y creo que lo que deja es este gran acontecimiento: hoy asistimos a la abolición de la muerte, y no sólo nos dirigimos a unos pocos que hablan el mismo idioma, sino a todos los hombres. Con su silencio la Iglesia habla a todos los que hieren a Cristo y a la Madre de Dios. Estas son las personas que necesitan especialmente ayuda. Este acontecimiento que vivimos hoy muestra que lo que necesitamos es un Padre Aimilianos que descanse en Cristo, que nos hable con su silencio, que se vaya, pero que deje esta comunidad viva. ¿Y qué hará esta comunidad viva? Vivirá y continuará esta tradición. Siguiendo este camino, podemos preguntarnos de repente: “¿Pero ¿qué estoy haciendo? “. Precisamente cuando no estoy haciendo nada, está presente Aquel que “ofrece y es ofrecido, que recibe y es distribuido”.

Así pues, demos gracias a Cristo, a su Madre y a todos los santos, por el don del Padre Aimilianos, porque nos ha hablado con su propia vida, con sus acciones y con su silencio. Pidamos a Cristo y a la Madre de Dios que el Padre Aimilianos siga rezando desde el lugar donde se encuentra, en compañía de todos los ángeles. En cuanto a nosotros, debemos ser pacientes, con la esperanza de alcanzar los maravillosos tesoros del reino de los cielos, que Dios ha preparado para nosotros, y para todos los hombres.


[1] Geronda” es un título de la Iglesia griega monástica. Equivale aproximadamente a ‘Anciano’.

Viaje por China continental

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Noticias

Dom Jean-Pierre Longeat, OSB,

Presidente de la AIM


Viaje por China continental[1]

 

 

Como continuación del encuentro internacional de la BEAO en Taipei (Taiwán), el padre Mark Butlin y yo tuvimos la oportunidad de conocer algunos aspectos de China continental y algunos lugares monásticos de ese país. No es posible hacer un relato detallado de este viaje, especialmente de las numerosas experiencias que tuvimos. Sin embargo, conviene dar cuenta de las grandes líneas de esta impresionante incursión en el Imperio Medio.

Al día siguiente de nuestra llegada a Beijing comenzamos con una maravillosa visita a la Gran Muralla China, ¡una prueba a nuestro estado físico! Por la tarde, visitamos una de las grandes iglesias del norte de Beijing, conocida como la Catedral de San Salvador, donde tuvimos la oportunidad de conocer al párroco con quien mantuvimos una larga conversación. La iglesia ha sido completamente restaurada recientemente. El callejón que lleva a la iglesia está revestido de ángeles con trompetas, ya casi era Navidad. Las primeras Vísperas abrieron el tiempo de Adviento.

Recordemos que en septiembre de 2018 se firmó un acuerdo entre la Santa Sede (que reconoció a siete obispos de la Iglesia Patriótica) y China, que ya no nombraría obispos sin la aprobación del Vaticano. Actualmente hay entre diez y quince millones de católicos en la República Popular China. La Asociación Patriótica Católica China cuenta con 97 diócesis oficiales, pero la propia Iglesia Católica cuenta con 138, con varias sedes vacantes. El primer domingo de Adviento, celebramos la misa en la actual catedral de Pekín, dedicada a la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en el sur de la ciudad.

Después de la misa, con numerosa asistencia y una hermosa liturgia, visitamos los edificios de la Universidad de Fu Jen, que siguen en pie. Esta magnífica institución fue creada en Pekín en 1933 por monjes de San Vicente de Latrobe, de Pensilvania. Luego nos dirigimos al seminario de Pekín, cuyo rector realizó la mayor parte de su formación teológica en San Vicente de Latrobe. Conocimos a los cincuenta seminaristas, visitando el lugar, amplio y bien organizado. La biblioteca recién construida está muy bien adaptada; la iglesia es grande y funciona como iglesia parroquial, donde varios seminaristas realizan su servicio pastoral.

El 3 de diciembre, fiesta de San Francisco Javier, salimos temprano por la mañana hacia Manchuria, donde nos encontramos con la comunidad de la Santa Cruz a un par de horas de la ciudad de Changchun. Estábamos cerca de Songhur, a unos 60 km de Jilin. El priorato es fruto de una larga historia. Los monjes de Santa Otilia (Alemania) habían fundado un monasterio en Yenki, que posteriormente se convirtió en un vicariato apostólico. Entre 1946 y 1952, los monjes fueron perseguidos y controlados por las autoridades civiles. Algunos regresaron a Alemania, otros huyeron a Corea del Sur, donde establecieron un monasterio que dio origen al monasterio de Waegwan, que aún existe. Tras medio siglo de ausencia de China, en 2001 la congregación de Santa Otilia regresó para fundar un monasterio en la región de Jilin, primero en una parroquia, y ahora en la casa en la que nos encontramos. El espíritu de esta iniciativa, fue un sacerdote chino que vino a formarse a Santa Otilia quien, después de haber hecho sus votos solemnes, puso por obra esta iniciativa.

Los monjes viven la Regla de San Benito. Vinculado al monasterio hay un hogar de ancianos, y un centro de recursos para los sacerdotes de las diócesis vecinas. Los monjes también se encargan de la parroquia donde tuvieron su primer asentamiento.

Al día siguiente, partimos hacia la ciudad de Jilin, donde primero descubrimos la catedral renovada recientemente. Luego nos dirigimos al seminario diocesano, donde nos recibieron el rector y el ecónomo. Compartimos la comida con los seminaristas. Son setenta, de una veintena de diócesis. Este establecimiento tiene muy buena reputación. El rector realizó algunos de sus estudios teológicos en Roma, tiene un espíritu abierto, acogiendo nuevas ideas. Al regreso, alojamos en la iglesia que los monjes siguen manteniendo y en la que prestan servicio. En la cena comentamos largamente la jornada.

El miércoles 5 de diciembre, volamos desde Changchun a Beijing, donde visitamos la Ciudad Imperial: ¡deslumbrante! Al día siguiente volamos a Chengdu, la capital de Sichuan, para conocer la ciudad de Xishan donde visitamos el antiguo monasterio fundado por Dom Jehan Joliet y los monjes de St André de Brujas. El monasterio no está lejos de la ciudad, al que llegamos por una pequeña carretera que conduce al pie de una montaña en cuya cima se encuentra el cementerio cristiano local. Los edificios monásticos se han conservado inalterados. Fueron construidos en los años treinta y ahora son la residencia del obispo de Nanchong, y albergan un hogar de ancianos. Allí se construyó un santuario con un enorme Vía Crucis que conduce a la tumba de los dos primeros priores, algunos monjes, algunas hermanas y otros cristianos.

Priorato de Xishan, fundado por dom Joliet y los monjes de Saint-André de Brujas.
Priorato de Xishan, fundado por dom Joliet y los monjes de Saint-André de Brujas.

Tuvimos una larga conversación con el obispo, realizando una detallada visita al lugar: sala capitular, las celdas, el refectorio. Luego hicimos el Vía Crucis hasta las tumbas de los fundadores. Según la costumbre china, habían sido incinerados y colocados en nichos funerarios con una inscripción que conmemoraba su sabiduría. El primer fundador fue Dom Jehan Joliet. Nació en Dijon, Francia, en 1870. Tras estudiar en la academia naval de los jesuitas, se convirtió en oficial de la marina y en el ejercicio de sus funciones descubrió China. Quedó fascinado por la riqueza y profundidad de la cultura de este país. Le impactó la poca estima por esta cultura, que tenían entonces los misioneros y comenzó a reflexionar sobre la posibilidad de una evangelización que respetara las mentalidades locales. En 1894 ingresó en la abadía de Solesmes, refugiada entonces en Inglaterra, en la isla de Wight, con la esperanza de fundar algún día un monasterio en China. Más tarde entró en contacto con Dom Theodore Nève, abad de St André en Brujas, partiendo finalmente con un monje de St André hacia China con la misión de hacer una fundación. Ésta tuvo lugar en 1929 en la provincia de Sichuan, en un lugar llamado Xishan. Dom Joliet fue el primer prior. Sin embargo, al cabo de unos años, una divergencia de opiniones sobre la perspectiva de la inculturación llevó a Dom Joliet a dejar su cargo y a retirarse como ermitaño. Murió en 1937. Dejó una manera de pensar original, muy adelantado a su tiempo.

Tras el almuerzo, regresamos a Chengdu, donde por la noche nos reunimos con el obispo, que lleva dos años en el cargo, quien nos contó sobre su ministerio. Al día siguiente volamos a Shanghai, donde nos encontramos con un jesuita francés, que se encuentra allí, luego de haber pasado muchos años en Taipei, con quien estuvimos un par de horas, prometiendo volver a vernos en Francia. Nos dirigimos a continuación a la catedral de Shanghai, fundada por los jesuitas. Llegamos al final de la misa celebrada en chino. La iglesia estaba repleta; ha sido totalmente renovada en los últimos años. Después de la misa, el párroco de la catedral y un amigo sacerdote nos mostraron los alrededores, incluida la casa diocesana donde viven varios sacerdotes. Caminamos a lo largo del río por el mítico barrio del Bund. Esa tarde volamos a Hong Kong.

Al día siguiente, el abad de Lantao, Dom Paul Kao, vino a buscarnos para ir a su monasterio en la isla de Lantao. La fundación del monasterio se remonta a 1946 y que tuvo su origen en dos grupos de monjes que habían huido de China continental tras las persecuciones del régimen comunista. Una comunidad de unos quince monjes, uno de los cuales que tenía formación de arquitecto, construyó el monasterio en una zona casi desértica, donde el esfuerzo de transportar las piedras y trazar los caminos fue toda una hazaña. Los edificios constan de un rectángulo formado por dos alas en las que se encuentran los recintos conventuales, las celdas y dos pasillos de conexión en sus extremos. Más allá, la iglesia se alza como la proa de un barco sobre el mar con su campanario de piedra como mástil. Otra extensión recientemente reestructurada es la enfermería. Abajo, la espaciosa hospedería que acoge a numerosos participantes en retiros. Consta de unas dieciséis habitaciones con salas de reuniones y un refectorio.

Nos reunimos con la comunidad para el oficio y el almuerzo. La tarde avanzó muy rápidamente. Por la noche, Mark presentó el trabajo de AIM a la comunidad. Al día siguiente partió a Macao para conocer la nueva fundación trapenses de Vitorchiano. En cuanto a mí, me voy a París donde, tras dieciséis horas de viaje, ¡vuelvo a pisar suelo francés!


[1] Continuación del informe sobre el viaje a la reunión de la Asociación Benedictina de Asia Oriental y Oceanía (BEAO) publicado en el Boletín 116.


Edificios de la antigua universidad de Fu Jen, fundada por los monjes de Saint-Vincent de Latrobe, actualemnte desocupados (EEUU).
Edificios de la antigua universidad de Fu Jen, fundada por los monjes de Saint-Vincent de Latrobe, actualemnte desocupados (EEUU).

Viaje a Chad

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Noticias

Hermana Christine Conrath, OSB

Secretaría de la AIM


Viaje a Chad,

juin-juillet 2019

 

 

En el marco de los viajes del Equipo Internacional de AIM, fui invitada a pasar unos días en Chad, en la comunidad de Santa Ágata de Lolo, el primer y único monasterio de nuestra familia benedictina en Chad. Desde hace algún tiempo, esta comunidad, muy aislada en el país, deseaba una visita fraternal. Desde su fundación, la AIM ha apoyado los proyectos presentados por este monasterio. Había llegado el momento de manifestar de forma aún más concreta nuestra presencia fraternal a estas valientes hermanas.

Viajé con Royal Air Maroc, adentrándome en el mundo árabe ya en París, con escala en Casablanca, un espléndido aeropuerto internacional. Además del vuelo de París a N’Djamena, se necesitan diez horas de autobús para recorrer los 475 km que separan N’Djamena de Moundou, y luego 11 km de Moundou a Lolo. Se calcula no en kilómetros, sino en horas de viaje, teniendo en cuenta el estado de la carretera (buena en torno a la capital del Chad, muy buena en torno a Moundou -segunda ciudad del país-, pero deplorable en algunos lugares del centro). Un viaje en autobús es muy interesante: ¡una inmersión en la población local y visitar el país! Los asientos son cómodos y permiten descansar. Se pueden ver en una pantalla compartida una gran variedad de programas, en francés o árabe (segunda lengua oficial de Chad) e incluso películas chinas con subtítulos.

El avión aterrizó en N’Djamena a tiempo, pero una de mis maletas se extravió, por lo que tuve que lidiar con la negociación por el equipaje, además de los trámites de ingreso al país. Durante estos trámites, pensaba en la hermana Denise, que tuvo que esperarme durante más de dos horas frente al aeropuerto.

El monasterio de Santa Ágata fue fundado en 2004 por las hermanas congoleñas de Lubumbashi (congregación Reina de los Apóstoles). Todo allí es nuevo, y con mucho por descubrir. Un maravilloso libro de la biblioteca de las hermanas, me sirvió de guía: “Orígenes de la Iglesia católica en el Chad, diócesis de Moundou, diario de un misionero”, de Marie-André Pont, capuchina. La Iglesia del Chad aún no tiene cien años, sus ocho diócesis son atendidas por 131 sacerdotes diocesanos y 111 religiosos y 375 monjas. Santa Ágata es el orgullo de la diócesis de Moundou, según me dijo un sacerdote diocesano que conocí en la ciudad.

Antes de mi partida, el padre J.P. Longeat y yo pudimos reunirnos en París con un misionero, el padre Michel Guimbaud, un capuchino francés que llegó a Chad en 1957, tres años antes de la independencia. Compartió con nosotros su celo apostólico y su orgullo por el pueblo chadiano. Los capuchinos celebran la eucaristía en Santa Ágata tres veces por semana y prestan numerosos servicios a la comunidad, en particular, como mensajeros con el correo y diversas informaciones para las hermanas.

Durante el viaje en autobús, me fijé en los camiones cargados de contenedores procedentes de Douala y Yaundé, Camerún. Con una superficie dos veces y media mayor que la de Francia, el país no tiene salida al mar; la mitad norte es desértica. Además de las difíciles condiciones climáticas, el panorama político es conflictivo: las zonas controladas por Bokko Haram no están lejos. Estudiando la historia reciente de Chad, especialmente bajo la dictadura de Hissène Habré (1982-1990), el pueblo ha sufrido mucho. El 30 de mayo de 2016, este dictador fue condenado a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, tortura y crímenes de guerra. La celebración del juicio, veinticinco años después de su caída y su huida a Senegal, se debió enteramente a la perseverancia y tenacidad de las víctimas.

Como mi maleta se había perdido, pude experimentar la acogida del Evangelio según Lucas 10: “No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Si entráis en una casa decid primero: ¡Paz a esta casa! Permaneced en la misma casa, comed y bebed lo que tengan”. Las hermanas me alojaron en una celda preciosa, con todo lo necesario para pasar la noche y toda la semana. Los mosquitos fueron indulgentes, la mosquitera fue suficiente para mantenerlos alejados; el aerosol adecuado, estaba naturalmente, en la maleta.

El monasterio está bien construido y es espacioso. La hermosa iglesia fue dedicada el 29 de junio de 2018. La cocina, agradable y ventilada, sirve también de refectorio. Las hermanas acaban de construir diez habitaciones más para ampliar la capacidad de su hospedería. De hecho, muchas personas acuden al monasterio para recargar las pilas. Los huéspedes aprecian el entorno y la comunidad. Durante mi estancia, un grupo de religiosas estaba de retiro, dirigido por un sacerdote de África Central.

La iglesia del monasterio. © AIM.
La iglesia del monasterio. © AIM.

Me conmovió la seriedad de la vida religiosa de estas hermanas, en condiciones de bastante incomodidad. El horario es apretado: vigilias a las 4:30 de la madrugada, completas a las 20:00, una breve siesta después del almuerzo. La hermana Denise, la superiora, la hermana Gisèle, la hospedera, y la hermana Myriam, la directora de la escuela, son congoleñas de Lubumbashi. La primera profesa chadiana, la hermana Priscille, se encontraba actualmente en Lubumbashi para su formación. Los miembros activos de la comunidad se completarán pronto con el regreso de las hermanas Eulalie y Philomène. La comunidad es acogedora, una hermana de Babété del vecino Gongo, se encontraba allí para unas semanas de descanso. Tuve el placer de volver a encontrarme con la hermana Myriam, a la que conocí hace tres años en una sesión de formadores; ella se benefició con curso “Ananías”, para formadores francófonos. Se va a estudiar la Biblia a Yaundé durante tres años, un gran generoso sacrificio para la comunidad.

Acompañando a la hermana Denise por los campos cultivados del monasterio, me enteré que son necesarias tres limpias antes de la cosecha del cacahuete. Lamentablemente, la plantación es escasa en parte de su superficie, ya sea porque escaseó la lluvia después de la plantación o porque un rebaño de ganado rompiendo la valla, se alimentó de ella. En el pasado, estos rebaños de 180 cabezas bajaban del norte después de la cosecha; limpiaban y abonaban los campos, para comodidad de los agricultores. En este caso, bajaron antes, con desastrosas consecuencias para los cultivos.

Prensando el maní para obtener el aceite. © AIM.
Prensando el maní para obtener el aceite. © AIM.

Entre los trabajadores de la granja de las hermanas se encuentran los miembros del coro de la parroquia vecina que quieren comprar instrumentos musicales y un amplificador; su sueldo se reserva para que un día puedan cumplir sus sueños. También vi a las mujeres del pueblo venir a trabajar con sus hijos más pequeños a la espalda o caminando valerosamente junto a sus madres. Las hermanas ayudan económicamente a los aldeanos; por ejemplo, dándoles semillas a crédito.

Este año, además de sésamo, maní, mijo y ñame, la hermana Denise tiene previsto comenzar a cultivar algodón; ha realizado algunas investigaciones de agronomía y el suelo es arenoso, fácil de desmalezar; pero una lluvia fuerte podría arrancar las plantas fácilmente. El Estado ha puesto en marcha un programa de reforestación; está prohibido talar árboles, pero el carbón vegetal es necesario para cocinar. El monasterio tiene una máquina para prensar cacahuetes; durante mi estancia, tres trabajadores la pusieron en marcha durante todo un día y al día siguiente llevamos las latas de aceite a un cliente de Moundou.

El ritmo de la vida en el monasterio está dado por la presencia de los vecinos. Por la mañana se sale a los campos, antes del mediodía se da té a los trabajadores, a última hora de la tarde vienen por comida (harina mezclada con mijo y maíz, salsa de okra, un poco de pescado). El trabajo finaliza a las cinco de la tarde, de modo que todos se van a casa a las seis, antes de que anochezca.

Las hermanas tienen una pequeña escuela. Al principio, se encargaban de toda la enseñanza, ahora tienen profesores, a quienes se les paga un sueldo estándar. Pero los habitantes del pueblo tienen dificultades para pagar las cuotas y los niños dejan de asistir a la escuela antes de tiempo; la escuela pública también exige una cuota. El dinero escasea. La bomba de agua, puesta a disposición del pueblo, está en espera de la tercera reparación; las hermanas han pedido a los usuarios que ayuden con una contribución. La escuela primaria tiene que terminar a fines de mayo, porque los padres se llevan a sus hijos a trabajar al campo a principios de junio. El cobertizo de la escuela del monasterio fue financiado en parte por los alumnos de la escuela de Lubumbashi, un hermoso ejemplo de solidaridad.

Las hermanas afrontan las dificultades con un valor que despierta admiración. Hasta la fecha, no han podido cercar sus campos para proteger los cultivos, ni han podido contar con un suministro eléctrico más fiable, especialmente para alimentar su frigorífico, lo que implica un potente generador. El acceso a Internet, parece complejo. El monasterio está en una hondonada, hay que coger el coche y conducir 1,5 km, para conseguir señal. El problema parece de difícil solución.

A lo largo de mi estancia en esta comunidad, experimenté que todo es la gracia. Agradezco a la comunidad de Sainte-Agathe su acogida y el haberme abierto los ojos a una nueva realidad. Para terminar me gustaría dejar constancia de que tanto el obispo local como las hermanas y los hermanos capuchinos que las atienden, anhelan ardientemente establecer un monasterio de hombres en las cercanías. El terreno está disponible. ¡El llamado está dirigido a todos los que puedan responder!

Informe de la sesión de superioras de Madagascar
y el Océano Índic

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Noticias

Hermana Agnès Brugère, OCSO,

Priora de Ampibanjinana


Informe de la sesión de superioras de las comunidades contemplativas de Madagascar y el Océano Índico

Monasterio de Ampibanjinana, mayo de 2019

 


Nuestra asamblea tuvo lugar del 7 al 14 de mayo donde las Hermanas Cistercienses de Ampibanjinana, Fianarantsoa.El tema de nuestro encuentro, animado por el padre Louis-Martin Rakotoarilala, asuncionista y doctor en derecho canónico, fue: “Estudio del Vultum Dei Quaerere y del Cor Orans; elaboración de los estatutos de nuestro grupo con vistas a presentarlos a la Santa Sede para su aprobación”.

Estuvieron presentes:

- La Presidenta: Hermana Agnes, Priora de las Hermanas Cistercienses de Ampibanjinana.

- El Padre Asistente de la oficina: el Padre Jean-Chrysostome, prior de los cistercienses de Maromby.

- 2do. Asistente : El padre Luc-Ange, prior de los benedictinos de Mahitsy.

- Hermana Victoire, priora del Carmelo de Fianarantsoa, consejera.

- Hermana Marie-Goretti, priora de las Clarisas de Ihosy, consejera.

- Hermana Martine, Priora de las Clarisas de Ampasipotsy.

- Hermana Juana, priora de las benedictinas de Ambositra.

- Hermana Marie-Berthe, priora de las monjas benedictinas de Mananjary.

- Hermana Marie-Jeanne, priora de las monjas benedictinas de Joffreville.

- Hermana Mireille, delegada de la Hermana Magdalena, priora del Carmelo de Tana, que no pudo asistir.

- Hermana Odette, priora del Carmelo de Morondava.

- Hermana Carméla, priora del Carmelo de Moramanga.

- Hermana Elisabeth, priora del Carmelo de Tuléar.

- La hermana Ange-Daniella, delegada de la hermana Myriam, abadesa de las clarisas de Antsirabe, que no pudo asistir.

Algunas comunidades, como las de Reunión y la isla Mauricio, no pudieron acudir este año.


I- Formación

Las tardes de los días 8, 10, 11 y 12 de mayo escuchamos al padre Louis-Martin explicar y comentar diversos pasajes de la Constitución Apostólica Vultum Dei Quaerere y especialmente su Instrucción de Aplicación Cor Orans, sobre la vida contemplativa femenina, publicada el 1 de abril de 2018. En particular, aclaró un buen número de términos canónicos ayudándonos en la comprensión de este documento que tiene fuerza de ley para nuestros monasterios contemplativos.

Juntas leímos los números de Cor Orans que definen las diferentes estructuras de comunión entre los monasterios (federación, asociación, congregación y conferencia) que fomenta Cor Orans, siguiendo el Vultum Dei Quaerere. Estamos conscientes de que nuestra asociación intermonástica que existe en Madagascar desde 2008 está prevista en el documento al n° 9 y se llama: “Conferencia de los monasterios”.

 

II- Elaboración de nuestros estatutos

Antes de pasar a leer y modificar el proyecto de estatutos elaborado por la oficina, releímos la carta del Nuncio Apostólico, Su Eminencia Augustin Kasujja, que con fecha 12 de junio de 2008, nos anima a formar esta “Unión de monasterios femeninos con un asistente religioso elegido por los monasterios miembros” e indica los documentos que hay que enviar a la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica para que se constituya esta Unión, en particular las deliberaciones de los capítulos de los monasterios que desean formar parte de la Unión y una copia de los estatutos de la Unión.

Al final de la sesión, se distribuyó una versión revisada de los estatutos provisionales a todos las participantes y a las asistentes de nuestra asociación, que ahora tomó el nombre de: “Conferencia de Monasterios del Océano Índico”.

Estos estatutos deben ser sometidos a los capítulos conventuales de cada una de nuestras comunidades, y la adhesión de cada comunidad debe ser objeto de una votación de cada capítulo. Los resultados de las votaciones se enviarán a la Presidenta para que los transmita a la Santa Sede junto a los Estatutos para su aprobación. El examen de estos estatutos por parte de las comunidades puede dar lugar a solicitudes de modificación: en este caso, los estudiaremos en nuestra próxima asamblea de 2020. Los estatutos sólo se enviarán a la Santa Sede cuando todas las comunidades hayan expresado su opinión.

La redacción y modificación de los estatutos ha planteado muchas preguntas: se ha tratado de precisar qué monasterios pueden adherirse y los derechos y obligaciones que esta adhesión conlleva. Hemos estado atentos al problema de la salida de la clausura, multiplicada por las exigencias de Cor Orans y que provocan reticencias por parte de algunas de nosotras, con esta pregunta de fondo: ¿conserva nuestra Conferencia de los monasterios del Océano Índico su pertinencia en un momento en que estamos creando federaciones como las que nos pide Cor Orans?

Los artículos 1, 2, 4 y 7 tratan de responder a estas preguntas: el objetivo de nuestra Conferencia es promover la vida contemplativa entre los monasterios de la región y fomentar la colaboración entre nosotros. La vida contemplativa es rica en diferentes carismas y la formación que recibimos juntos nos ayuda a permanecer fieles a nuestro llamado y a apoyarnos mutuamente.

Somos pocos en una vasta región en iglesias que aún son jóvenes. La mayoría de nuestras comunidades son todavía jóvenes y sentimos fuertemente, como prioras, la necesidad de formación y apoyo mutuo. Nuestra pertenencia a la Conferencia es también un testimonio de nuestra unidad en la Iglesia. El artículo 2 detalla los servicios que la Conferencia presta a los monasterios que se adhieren a ella.

En el artículo 7 hemos subrayado la necesidad de que las comunidades miembros participen en la Asamblea de Superiores, al menos enviando una delegada si la propia Superiora no puede asistir, para mantener un vínculo vivo con la Conferencia. Sin embargo, somos conscientes de que los monasterios de las islas del Océano Índico, dada la distancia que los separa de Madagascar y la imposibilidad financiera de las comunidades malgaches de desplazarse a las islas, no tendrán la posibilidad de unirse a todas las asambleas o formaciones. Por eso, en el artículo 7, les damos la posibilidad de delegar en una monja residente en Madagascar para que les represente cuando no puedan venir.

Nos pareció prudente no fijar en los estatutos (art. 7) la frecuencia de nuestras asambleas de superioras: en la actualidad, tenemos un ritmo de reuniones anuales, pero podríamos prever reunirnos en el futuro, cada dos años. Así, es el Reglamento el que indicará la frecuencia de nuestras asambleas según la elección de los miembros de la Conferencia.

Durante nuestros debates sobre los derechos y deberes de los miembros de la Conferencia, nos pareció importante recordar que la participación en la asamblea de las superioras condiciona la participación de las comunidades en las demás actividades propuestas por la Conferencia. Las formaciones ofrecidas a las comunidades son opcionales, pero la presencia (o representación) de todos los miembros en la asamblea es absolutamente necesaria para el buen funcionamiento de la Conferencia.

En el artículo 22, hemos mencionado a los Padres asistentes de la Conferencia como superiores de derecho de los benedictinos de Mahitsy y de los cistercienses de Maromby que han acompañado a nuestra asociación desde sus primeras reuniones. Siendo ellos mismos monjes contemplativos, nos parecen los más adecuados para cumplir esta función.

Deseamos expresar nuestra gratitud al padre Louis-Martin, que ha puesto sus conocimientos de canonista al servicio de nuestra Conferencia para realizar este trabajo de redacción de los estatutos.

 

III- Diálogo sobre diferentes temas y perspectivas para los próximos años

Compartimos nuestros deseos para la formación de las superioras en los próximos años: nos parece importante continuar el trabajo sobre Cor Orans porque muchos puntos no han podido ser abordados, en particular: las fundaciones, la erección canónica, la formación y los medios de comunicación. El padre Louis-Martin vuelve el año que viene para seguir leyendo Cor Orans con nosotras, y también para ayudarnos en la redacción del Reglamento de nuestra Conferencia (la Mesa seguirá redactando un borrador que se modificará en la asamblea). Además, si las comunidades proponen otras modificaciones de los estatutos, las debatiremos juntos.

Nuestra próxima asamblea tendrá lugar del 27 de abril al 4 de mayo de 2020. Estaremos de nuevo en Fianarantsoa, para facilitar la presencia del padre Louis-Martin.

Para reforzar la comunión entre nosotras, entre las asambleas, he aquí algunas propuestas:

– Al final del año, con ocasión de la puesta en común de los votos, por ejemplo, cada comunidad podría comunicar a la Hermana Agnes los cursos o conferencias de las que se ha beneficiado durante el año, con los nombres de los expositores, si es posible, para dar ideas a las demás. En enero, la Hermana Agnes enviará esta información a todas las comunidades.

– Del mismo modo, cuando una comunidad vive un acontecimiento importante, feliz o desgraciado, puede informar a la Hermana Agnes, que lo transmitirá a todas nuestras comunidades.

– A veces hay talentos en nuestras comunidades que podrían ser compartidos: ¿podemos prever una ayuda mutua entre nosotros, por ejemplo, para el canto, o cualquier otro tema? Esto requeriría permitir a una de nuestras hermanas pasar unos días en otra comunidad...

– En 2021 o 2022 podríamos prever una formación para las jóvenes profesas solemnes; se mencionaron algunos temas: la consagración, la perseverancia, la gestión de las crisis, la libertad y el discernimiento en el uso de los medios de comunicación, la importancia de la vida interior.

– La madre Marie-Jeanne, de Joffreville, propuso considerar un curso para las superiorea o para las jóvenes, en Joffreville. También sería una oportunidad para organizar un encuentro con los cristianos de la diócesis y dar testimonio de la vida contemplativa, que no es muy conocida en el Norte, que todavía no es muy cristiano. La madre Odette, del monasterio carmelita de Morondava, comparte con nosotros que su situación es similar y también desea invitarnos. Creemos que es útil apoyar a estas comunidades con nuestra presencia, pero también hay que tener en cuenta la distancia y el coste del viaje. Somos conscientes de que la Madre Marie-Jeanne y la Madre Odette recorren grandes distancias por carreteras en mal estado para llegar hasta nosotros cada año...

Todas quienes participaron expresaron calurosamente su agradecimiento a la AIM que nos ayudó financieramente para esta asamblea y también para la sesión de formación de formadoras que tendrá lugar en Maromby del 19 al 26 de septiembre de 2019 con la Hermana. Marie-Florence, pfm, sobre el tema del acompañamiento (19-22 de septiembre) y luego el Padre Georges, sobre el tema del discernimiento (23-26 de septiembre). Ya hay unas cuarenta personas inscritas.


IV- Invitación a un encuentro de contemplativas con el Santo Padre Francisco el 7 de septiembre

También compartimos mucho durante esta asamblea sobre cómo responder a la invitación de la Conferencia de Obispos de Madagascar para el encuentro de las monjas contemplativas con el Santo Padre, en el convento carmelita de Ampasanimalo en Tananarive, en la mañana del 7 de septiembre.

Esperamos que vengan ciento treinta monjas y siete postulantas, si es posible que estén con nosotros. El encuentro con el Santo Padre incluirá unas palabras de bienvenida de la Madre Maddalena, priora del convento carmelita, una exhortación del Santo Padre y el rezo del oficio del mediodía con el Santo Padre. La liturgia ya está preparada y validada por la Santa Sede, llegaremos a primera hora de la mañana para ensayar juntos. El ofrecimiento de un regalo está excluido del protocolo; sin embargo, hemos hecho una contribución de 7000 ar por comunidad y hemos pedido a nuestras hermanas del Carmelo de Tuléar que hagan un bordado (un mapa de Madagascar con la mención de cada una de nuestras comunidades); las hermanas de Ambositra prepararán un mapa de bambú que todos firmaremos en el acto. Probablemente podremos entregar este regalo al secretario del Santo Padre.

Gracias a cada una por su participación activa en este encuentro de formación.


Programa para los formadores monásticos de ABECCA

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Noticias

P. Alex Echeandía, OSB,

Presidente de ABECCA

 

Informe sobre el programa para los formadores monásticos de ABECCA

Guatemala, del 14 al 23 de julio de 2019

 


La ABBECA (Asociación Benedictina y Cisterciense para el Caribe y los Andes), creada en 1978, reúne a cincuenta y tres comunidades de diecisiete países de esta parte de América Latina. Cada cuatro años, en diferentes países de la región, benedictinos y cistercienses se reúnen para compartir experiencias, acompañadas de conferencias. Es un momento privilegiado en el que las comunidades consiguen reunirse a pesar de las dificultades que suponen las largas distancias y el escaso número de personas que pueden enviarse de cada comunidad.

La última asamblea de ABECCA se celebró en Bogotá en julio de 2017. Como resultado de este encuentro, los participantes expresaron la necesidad de ayudar a los formadores en práctica o en formación, ya que representan mucho para el futuro de la vida monástica en América Latina y el Caribe. Algunos pidieron a la ABECCA que organizara un curso para juniors y novicios, pero otros pensaron que sería mejor en esta etapa ayudar primero a los formadores a cumplir su función, de modo que también influya a los jóvenes en formación y a toda la comunidad en relación con la formación permanente.

En octubre de 2018, el Consejo de ABECCA se reunió en Guatemala para fijar las fechas, temas y expositores del primer curso monástico para formadores organizado por ABECCA. La idea era encontrar un tema que pudiera servir de base sólida para futuros cursos y que pudiera ayudar a las comunidades. Así, después de mucha reflexión, se decidió abordar el tema relacionado con el problema de la falta de madurez en el proceso de formación, tanto antes como después de la profesión.

En primer lugar, se prestó atención a los fundamentos de la tradición monástica para saber cómo transmitirlos de los mayores a los más jóvenes, de una casa madre a una casa hija, de los formadores a los formandos. Es intrínseco a la vida monástica conocer a los Padres Monásticos, la Regla de San Benito y la aplicación de esta tradición a la vida actual.

El segundo énfasis se puso en la atención a la persona humana: ¿Cómo encajan los afectos y las emociones de forma armoniosa en el proceso de formación para ayudar a los candidatos a madurar en la vida monástica y como cristianos? Este aspecto humano concierne, por supuesto, tanto a los formandos como a los formadores y a toda la comunidad. La humanidad llega a lo más profundo de cada miembro de una comunidad.

Por último, se enfocó en el aspecto espiritual desde los dos primeros fundamentos, la tradición monástica y el comportamiento humano, para permitir que el Espíritu actúe en el contexto del llamado de Dios a vivir una vida monástica madura.

Del 14 al 23 de julio, monjes y monjas, hermanos y hermanas, se reunieron en Guatemala para participar en este primer curso de formación monástica de ABECCA. Con veintiséis participantes, desde México hasta Perú, desde el Norte y el Centro y desde Sudamérica y el Caribe. Algunos participantes tenían años de experiencia como formadores, otros acababan de ser nombrados para acompañar a los recién llegados.

Se contó con la presencia de renombrados oradores: el Abad Paul Stonham, osb, de la Abadía de Belmont, quien durante los tres primeros días expuso sobre el conocimiento de los Padres Monásticos y destacó la importancia de la tradición monástica desde el cristianismo primitivo hasta la actualidad en América Latina. Marta Inés Restrepo, psicoanalista y licenciada en acompañamiento espiritual, impartió dos días de conferencias sobre el comportamiento humano y la dignidad de la persona. Por último, el abad Bernardo Olivera, ocso, el famoso ex abad general de los cistercienses, compartió tres días de conferencias sobre el camino espiritual, utilizando la tradición y el comportamiento humano para mostrar el verdadero propósito de la vida monástica mediante ejemplos prácticos para mostrar cómo vivir una vida monástica madura. Los tres expositores fueron muy valorados.

Por otro lado, los participantes pudieron compartir sus experiencias, dudas y la riqueza en su papel de formadores. Se reunían dos veces al día, después de cada una de las dos conferencias impartidas por la mañana. Al final del día, tuvimos una sesión plenaria en la que todos pudieron hablar y compartir lo que se había conversado en grupos. Fue un estímulo y una ayuda mutuos para afrontar mejor la situación de la propia comunidad.

Este enfoque común de la vida monástica en la variedad de sus puestas en práctica, hizo que el primer curso monástico para formadores fuera fructífero. Los instrumentos culturales lo hicieron posible, así como la necesidad de crecer como instrumento de la gracia de Dios en la propia comunidad.

Sin embargo, cabe decir que en ABECCA hay países en los que sólo hay un solo monasterio masculino o femenino. A una comunidad aislada le resulta difícil relacionarse con otro formador monástico y, por tanto, compartir las cargas y los retos que presenta la sociedad. Parece obvia la necesidad de promover estas reuniones y hacerlas efectivas y valiosas. Mediante la organización de cursos como éste, ABECCA encuentra una forma de avanzar en la tarea de posibilitar a las comunidades crecer allí donde se encuentran. Así, este primer curso de formadores monásticos fue una respuesta a la voluntad de Dios en beneficio de todas las comunidades de la región.

Reflexiones sobre el Curso Ananías

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Noticias

Hermano Moïse Ilboudo, OSB

Koubri (Burkina Faso)


Reflexiones sobre el Curso Ananías

 

 

El Curso Ananías es el equivalente en francés del curso en inglés que durante muchos años se ha celebrado anualmente en Roma y Asís bajo la dirección de Dom Mark Butlin y Dom Brendan Thomas. Estos comentarios pueden ser útiles también para otros que no hayan participado en el curso.

Estoy muy contento de haber participado durante tres meses en el Curso Ananías. Al igual que los demás participantes, aún no lo he apreciado plenamente. Los traslados de un monasterio a otro me parecieron como el viaje de los Tres Reyes Magos (Mateo 2.1-12) al ver la estrella que los guiaba, y como la Virgen María saltando las montañas para visitar a su prima Isabel.

El curso me llevó nuevamente a las profundidades de mi elección, la vida monástica con sus gracias y beneficios. Me di cuenta de que la experiencia de formar a los novicios para la vida monástica empieza por dejarse transformar, y que dar implica también recibir, como nos decía el folleto “Pequeña reflexión sobre Ananías”. Ananías, el discípulo de Cristo iniciador de Pablo en la vida en Cristo, debe ser el modelo, un icono para mí en cualquier tarea. Como nuestra religión cristiana es una transmisión, una fe viva que se realiza en la Palabra celebrada y rezada, las tres primeras semanas de nuestra estancia en La-Pierre-qui-Vire nos sumergieron en los misterios de Cristo: Pasión - Muerte - Resurrección. Estas enseñanzas nos guiaron a lo largo del curso.

En sus intervenciones, el padre Pierre-Yves Brandt encendió en mí una pequeña llama que conseguí proteger durante todo el curso. Era necesario protegerla para que pudiera crecer, pues fue como una semilla sembrada en la tierra. Debe desarrollarse y dar su fruto en su momento, en mi vida monástica diaria, para que otros también puedan comer su fruto. No hay rosa sin espinas, y la vida monástica está llena de belleza formada por un grupo de individuos en la que cada persona tiene su propio carácter que debe ser enfrentado cara a cara con los demás: ¡es la vida fraterna! Pierre-Yves me enseñó, gracias a sus ejercicios prácticos, a encontrar una solución en tal o cual situación. ¿Cómo debo afrontarlas? Leyendo y releyendo mi propia vida, volviendo a mí mismo, tomándome el tiempo para transmitir lo que he recibido. Remitiéndome siempre a la Sagrada Escritura, a la Regla de San Benito, a las Constituciones y a la Costumbre, que son instrumentos prácticos. Tengo que ser responsable de mí mismo en la situación en que me encuentre y ponerme en el lugar del otro para actuar mejor en lugar de justificarme. Siempre hay mil soluciones, mil maneras de manejar una situación y de escuchar al Espíritu Santo.

Es en la Lectio divina donde el monje escucha al Espíritu Santo, la Palabra de Dios. La lectio divina es el lugar donde aprendo a leer las Sagradas Escrituras, a escuchar mejor una palabra que me permita leer, releer mi vida y descifrarla. La tradición es un tesoro del que sacamos lo nuevo y lo viejo, es una dinámica de vida que nos hace capaces de encontrarnos con Dios. Nos dijo el padre Armand Veilleux que transmitir la tradición es transmitir la experiencia de la vida monástica. La formación es un proceso. Fuimos formados a imagen de Cristo, deformados por el pecado y reformados por la gracia de Cristo. El papel del formador es integrar la formación, ayudar a quien llega al monasterio a transformarse, a integrarse en la comunidad que lo acoge.

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