Juan W. de Gruchy

Dietrich Bonhoeffer y la vida monástica

Algunas reflexiones de un teólogo de la Reforma1

 

Las semillas del interés de Bonhoeffer por el monacato ya estaban sembradas cuando, en 1924, siendo un joven estudiante en Tübingen, visitó Roma por primera vez, quedando profundamente conmovido, sobre todo por lo que vivió allí durante la Semana Santa. Unos años más tarde, escribió su tesis, Sanctorum Communio, en la que repensó la Iglesia protestante como ecclesia, una comunidad de amor y no como una institución de tipo sociológica. Hizo la sorprendente propuesta de considerar a la Iglesia como «Cristo que existe como una comunidad de personas». Pero el catalizador que finalmente convirtió a Bonhoeffer de un teólogo «escolástico» en un teólogo «monástico» se reveló durante su año de estudio en el Union Theological Seminary en Nueva York entre 1930-1931, cuando «descubrió la Biblia», dándose cuenta que aunque había predicado a menudo, «aún no se había convertido en cristiano». Entonces escribió, quedó claro «que la vida de un siervo de Jesucristo debe pertenecer a la Iglesia, y poco a poco se me hizo más claro el compromiso final al que esto conducía». Fue el inicio del viaje de Bonhoeffer hacia «el desierto» y su descubrimiento del «oneroso discipulado» con su participación en la lucha de la Iglesia alemana contra el nazismo, seguido de su propio «giro monástico» en Finkenwalde, y finalmente su martirio.

Aunque ya estaba profundamente influenciado por Barth2, Bonhoeffer lo conoció por primera vez el verano de 1931 en Bonn, después de escuchar la conferencia que había dado una mañana. Más tarde ese mismo día, fue invitado a participar en un debate en la casa de Barth y, sorprendentemente, conoció a los monjes benedictinos del cercano monasterio de Maria Laach. Más tarde, visitó el monasterio con los monjes, con quienes desarrolló una buena relación. Pero los acontecimientos sobrepasaron esta relación y pronto Bonhoeffer, siguiendo el ejemplo de Barth, se involucró profundamente en la lucha de la Iglesia contra el nazismo. Sin embargo, en octubre de 1933, para gran consternación de Barth, Bonhoeffer fue a Londres para asistir a dos congregaciones de expatriados alemanes. Fue allí donde comenzó a pensar más seriamente en el monacato y escribió a su hermano Karl- Friedrich que «la restauración de la Iglesia debe depender de un nuevo tipo de monacato, sin nada en común con el antiguo, pero que debería parecerse a un discipulado sin concesiones, siguiendo a Cristo, según el Sermón de la Montaña».

En 1935, se le pidió a Bonhoeffer que regresara a Alemania para fundar un seminario confesional en Finkenwalde, Prusia Oriental. Antes de partir, visitó varios seminarios de estilo monástico en Inglaterra, para guiarlo en su nueva tarea de preparar los ordenandos ya formados en la universidad, para convertirse en pastores más fieles, en este momento de crisis nacional. Pero como los seminaristas se quedaron solo un semestre o dos, Bonhoeffer estableció una Casa de Hermanos, compuesta por unos pocos ordenandos que se quedaran por un período más largo, comprometiéndose a una vida común. Su intención fue que proporcionaran estabilidad y continuidad. El libro de Bonhoeffer, Vida en Comunidad, que ha inspirado a muchos monjes y a otros relacionados en la fundación de comunidades, se basó en esa experiencia.

Fue también en esta época cuando escribió su libro clásico “El precio de la Gracia. El seguimiento”, en el que contrastó la «gracia barata» y la «gracia costosa». Sostuvo que la depreciación de la gracia que se había producido en las iglesias de la Reforma, se había evitado en la Iglesia católica a causa del monacato. La gente, escribió, «dejó todo lo que tenían por causa de Cristo y trató de seguir los mandamientos de Jesús a través del ascetismo diario. La vida monástica se convirtió así en una fuerte protesta contra la secularización del cristianismo, contra la degradación de la gracia. Así es precisamente como los primeros monjes entendieron su retiro en el desierto».

Bonhoeffer compartía las reservas de Lutero sobre el monacato. Pero insistió en que el regreso de Lutero al mundo no tuvo la intención de evitar un discipulado exigente, ni su propio «giro monástico» era un intento de escapar del mundo. De hecho, Bonhoeffer estaba trabajando para la Resistencia cuando escribió a sus padres desde el monasterio benedictino de Ettal en 1941: «Esta forma de vida naturalmente no me es ajena, y experimento su regularidad y silencio como algo extremadamente beneficiosos para mi trabajo». Continuó diciendo que « sería ciertamente una pérdida (¡y de hecho fue una pérdida en la Reforma!) si esta forma de vida comunitaria conservada durante mil quinientos años fuera destruida».

A lo largo de los años, Bonhoeffer experimentó muchas decepciones, pero nunca abandonó la Iglesia. Por el contrario, su visión de un «nuevo tipo de monacato» tenía la intención de permitir que la Iglesia se «conformara al Hijo Unigénito que se hizo hombre, fue crucificado y ha resucitado». La Encarnación de Cristo es para aquí y ahora. ¿Qué podría ser más monástico que decir, con Bonhoeffer, que «vivimos en medio de la muerte; somos justos en medio del pecado; pero somos nuevos en medio de lo viejo? En efecto, nuestro «misterio permanece oculto al mundo». Vivimos porque Cristo vive, y vivimos solo en Él». Aquellos que se conforman a Cristo de esta manera, dice Bonhoeffer, «no se preocupan por promocionarse a sí mismos, sino que exaltan a Cristo por el bien de sus hermanos y hermanas... se manifiestan como aquellos que han recibido el Espíritu Santo y están unidos a Jesucristo en un amor y una comunión incomparables».

En una carta que escribió más tarde desde la cárcel a su amiga Bethge, Bonhoeffer relata una conversación que tuvo con un pastor francés y otro estudiante en el Union Seminary en 1930, quien dijo que quería convertirse en santo. Bonhoeffer respondió que prefería «aprender a tener fe». De hecho, ya no trató de hacer nada por sí mismo. En lugar de tratar de ser una persona religiosa, creía que Cristo requería que viviéramos una «madurez humana». Esta «humanidad» significaba: «vivir plenamente en medio de las tareas, preguntas, éxitos y fracasos, las experiencias y perplejidades de la vida», y ya no tomar en serio «los propios sufrimientos, sino más bien el sufrimiento de Dios en el mundo». Esto, dice, «es fe; es conversión, μετάνοια (metanoia). Y así es como te conviertes en un ser humano, un cristiano. (¡Cf. Jer. 45!)”.

Por lo tanto, humanidad, la «mundanidad» de Bonhoeffer ciertamente no significaba «la mundanidad superficial y banal de los iluminados, los inquietos, los cómodos o de los lascivos «, sino la profunda «mundanidad» que muestra disciplina e incluye el conocimiento siempre presente de la experiencia real de la muerte y la resurrección. Thomas Merton estaba de acuerdo con Bonhoeffer. La verdadera mundanidad cristiana, escribió, «es una afirmación de la vida y la humanidad, de la confianza y la esperanza en medio de la lucha, el sufrimiento y la muerte». De hecho, el verdadero ascetismo cristiano es una forma de ejercer la responsabilidad cristiana por el mundo, de una manera amorosa, creativa, redentora, esperanzadora y vivificante, y de educar, en consecuencia, de disciplinar nuestros deseos.

En su « Esbozo para un libro» que Bonhoeffer delineó en prisión, describe cómo serían la Iglesia y el cristiano en un mundo postcristiano. Al hacerlo, dio contenido un nuevo tipo de monacato que tenía en mente. Si el monacato comenzó en reacción a la cristiandad, a los valores del imperio y a una Iglesia cada vez más mundana, ahora se necesita un nuevo tipo de monacato, en la medida que el cristianismo se está derrumbando, para garantizar que la Iglesia permanezca fiel a su testimonio de Cristo, aquel en quien se unen la realidad de Dios y el mundo.

En primer lugar, Bonhoeffer dice que la Iglesia solo es Iglesia «cuando está ahí para los demás», porque Jesús existe «sólo para los otros». Los monasterios pueden ser lugares de claustro, pero para Benito, los monasterios existían tanto para los de fuera como para los monjes que están dentro. De hecho, quien sigue su Regla, debe tratar a todos los que llaman a la puerta como a Cristo mismo. Ser solidario con las víctimas de la sociedad es, por lo tanto, una marca de la Iglesia, y no hacerlo es una forma de excluir a Cristo.

En segundo lugar, dice Bonhoeffer, «la Iglesia para los demás» debe «dar todos sus bienes a los necesitados». La visión monástica de compartir todas las cosas pone en tela de juicio la forma en que la Iglesia entiende y utiliza sus recursos. Esto es muy relevante para la Iglesia en el contexto de Bonhoeffer cuando se trata de una institución apoyada por el Estado. Pero también desafía a los cristianos, a las congregaciones y monasterios más ricos a compartir sus recursos, planteando el asunto de la distribución justa de la riqueza en la sociedad, en general.

En tercer lugar, continúa Bonhoeffer, la Iglesia debe ser autosuficiente y comprometerse en el trabajo diario que hace esto posible, mientras participa «en las tareas mundanas de la vida, comenzando desde la comunidad, no dominando sino ayudando y sirviendo». De esta manera, la Iglesia es un ejemplo para todos, de «lo que es una vida con Cristo», es decir, «un estar allí para los otros». El hecho de que los monasterios se hayan convertido históricamente en centros para atención de enfermos y discapacitados, así como en lugares de aprendizaje y educación, es una extensión este ministerio.

En cuarto lugar, Bonhoeffer aborda la lucha monástica contra los vicios personales como un programa de la propia iglesia. Porque la vida «con Cristo» y «para los demás» requiere no sólo monjes o cristianos individuales, sino de toda la Iglesia, para enfrentar y superar «los vicios del orgullo, el culto al poder, la envidia y la ilusión, como raíces de todo mal». Asimismo, la Iglesia debe buscar las virtudes contrarias a estos males: «moderación, autenticidad, confianza, fidelidad, firmeza, paciencia, disciplina, humildad, modestia, satisfacción con lo que se tiene». Al hacerlo, la Iglesia descubre que su «palabra tiene peso y poder, no a través de conceptos sino por el ejemplo»3.

Finalmente, Bonhoeffer vincula la vida litúrgica de la Iglesia con su participación en la lucha por la justicia en el mundo. Como escribió en un sermón bautismal mientras estaba en prisión: «Sólo podemos ser cristianos hoy de dos maneras, a través de la oración y promoviendo la justicia entre los seres humanos. Todos los pensamientos, palabras y organizaciones cristianas deben nacer de nuevo, a partir de esta oración y acción». Pero ¿cómo existe la Iglesia, monasterio o congregación «para los demás», comprometida al servicio del mundo en sus luchas por la justicia, sin perder su identidad como Ecclesia? Así Bonhoeffer le preguntó a Bethge:

«¿Cómo los que son llamados podemos ser ecclesia, sin concebirnos religiosamente como privilegiados (es decir, como parte de la cristiandad), sino por el contrario considerándonos como pertenecientes totalmente al mundo? Cristo ya no sería sólo el objeto de la religión, sino algo completamente diferente, él sería verdaderamente el Señor del mundo».

Así como Bonhoeffer insistió en que su comprensión «mundana” del discipulado no era trivial ni superficial, insistió en que cuando la Iglesia se abre al mundo, ya sea a través de su hospitalidad acogedora, solidaridad con las víctimas sociales o tratando de interpretar el Evangelio, no debe abandonar su identidad ni comprometer los misterios de la fe. Para ello, Bonhoeffer propone recuperar la disciplina disciplina arcani o «disciplina arcana (oculta). Es decir, la práctica adoptada en la Iglesia del siglo IV para proteger los «Misterios internos de la Iglesia particularmente los sacramentos del bautismo y la eucaristía «, manteniéndolos «ocultos» al mundo. Así, Bonhoeffer propone que se restablezcan los arcanos monásticos, porque de esta manera los misterios de la fe cristiana estarían «a salvo de la profanación», mientras que, al mismo tiempo, y este es el punto crítico, la Iglesia se involucraría más en la vida del mundo. La apertura al mundo y el ocultamiento en el misterio de la fe son indisociables porque ambos forman parte inseparablemente de su identidad esencial. Este momento monástico no es, por lo tanto, un momento para que los cristianos huyan del mundo, sino más bien de amar al mundo con el amor de Dios, de nunca perder la esperanza en el mundo en tanto mundo de Dios, y así participar juntos más activa y plenamente en la vida de Dios.

 

1. John W. de Gruchy, nacido en 1939, es un teólogo cristiano de Sudáfrica, profesor emérito en la Universidad de Ciudad del Cabo y profesor extraordinario en la Universidad de Stellenbosch. Algunas de sus primeras obras fueron escritas durante el apartheid, levantándose contra la legislación y basándose en la teología de Dietrich Bonhoeffer para abogar por la liberación de los oprimidos. Después de la abolición de la legislación del apartheid en 1991, de Gruchy escribió una serie de’obras sobre el papel teológico del arte en la sociedad y abogando por una teología de la reconciliación. [Nota del editor.]

2. Karl Barth (1886-1968) fue un pastor reformado y profesor de teología en Suiza. Es considerado una de las principales personalidades de la teología cristiana del siglo 20. [Nota del editor.]

3. D. Bonhoeffer, Cartas y papeles desde la prisión, 503-4.