Guillermo L. Arboleda T., osb
Abad del Monasterio Santa María de la Epifanía
Guatapé - Colombia

APUNTES SOBRE LA COMUNIÓN MONÁSTICA
EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE

PGuillermo

La celebración del jubileo de la AIM es ocasión privilegiada para “hacer memoria” y agradecer, para cantar Aleluya por la obra salvífica del Señor a través de este organismo de la Confederación Benedictina, que congrega también a nuestros hermanos Cistercienses, en favor de las comunidades monásticas de todos los continentes.  Si inicialmente fue un secretariado de las misiones, “Apoyo a la implantación monástica”, su evolución, pasando por la etapa de “Aide Inter Monastères”, hasta llegar a definirse como “Alliance Inter Monastéres”, permite afirmar que AIM ha sido  canal privilegiado de la Providencia del Señor para todos los monasterios de la Confederación Benedictina y las Órdenes Cistercienses, en todo el mundo, por la experiencia de comunión monástica universal que ha favorecido, y no sólo para aquellos al servicio de los cuales se creó. Esto que acabo de afirmar es lo que me sugiere de entrada el tema central de esta celebración: “De la ayuda a la alianza…”. Y si se hace memoria, y se eleva la acción de gracias, es con el deseo de mantenerse fieles al impulso del Espíritu, por eso se plantea la pregunta por el rol hoy de este organismo de nuestra Confederación.

El secretariado de AIM existe en función de las comunidades monásticas, anima y hace efectiva la comunión entre ellas, mediante unos servicios muy concretos a los monasterios más necesitados. Las monjas y lo monjes de América Latina y el Caribe, de las comunidades Benedictinas y Cistercienses, hemos recorrido en estos últimos cincuenta años un camino de comunión, y hemos contado con el apoyo del secretariado de la AIM; y éste a su vez, en la interacción con los monasterios de nuestro continente, así como con las comunidades monásticas de las otras latitudes, ha madurado en su identidad hasta definirse “Alliance Inter Monastéres”.

He sido invitado a esta celebración jubilar para hablar de la vida monástica América Latina y el Caribe, y por eso me siento vocero de todos los monjes y monjas para decir Gracias! Gracias a Dios y a los hermanos y  hermanas que a través de la AIM han acompañado y apoyado nuestra vida monástica Latinoamericana y Caribeña. No sé si en lo que diré a continuación podré considerarme igualmente vocero de todos ellos; con seguridad que no, porque es imposible que la apreciación de una sola persona exprese el sentir de una colectividad tan amplia y diversa. Para tener algo más de objetividad, he pedido a los presidentes de las tres áreas monásticas, y a algunos otros monjes y monjas, su opinión sobre la situación actual de nuestras comunidades.

Como ya lo indica el título que he dado a mi intervención, presentaré algunos “apuntes” sobre la experiencia de comunión entre los monasterios de América Latina y el Caribe, que la AIM ha animado y acompañado a lo largo de estos 50 años. Mi aporte no será de rigor académico, ni mucho menos estadístico; destacaré algunos momentos especialmente significativos del camino de alianza monástica en A.L., pues se trata sobre todo de hacer memoria para agradecer.

1. AYER

De entrada es necesario presentar las tres agrupaciones que congregan a las comunidades monásticas Benedictinas y Cistercienses de América Latina y el Caribe: SURCO, CIMBRA  y ABECCA. Una breve mirada a sus comienzos permitirá valorar el proceso de comunión que nos interesa.

La vida de la “CONFERENCIA DE COMUNIDADES MONÁSTICAS DEL CONO SUR” – “SURCO” tuvo sus comienzos  en el año 1966(1). El Prior de Cristo Rey, Tucumán- Argentina- P. Santiago Veronesi, convocó a los superiores benedictinos y cistercienses de Argentina, Chile y Uruguay, para estudiar los nuevos caminos que el Concilio abría para la vida monástica(2). Reunidos en el monasterio Santa María de los Toldos del 3 al 5 de marzo de ese año 66, estuvieron de acuerdo también en buscar alguna forma de unión entre las comunidades Benedictinas y Cistercienses; y es bien significativo que ya aparezca la tensión entre autonomía y asociación, tan constante en la tradición monástica, pues se aboga por “una unión dinámica en la que cada monasterio conserve su libertad pero que unifique los esfuerzos en un ideal común”(3). En las crónicas de este encuentro puede percibirse también que no se tenía mucho conocimiento sobre la AIM, pues se discute la posibilidad de asociarse a este organismo de la Confederación; en tal discusión algunos ven con optimismo el recurso a la AIM, pero “otros  se muestran reticentes, pues temen seguir a atados a una autoridad lejana, que no conoce suficientemente nuestros problemas (no comparables con los de África), y cuyo ámbito de competencia y de ingerencia en los asuntos internos no estaba jurídicamente claro”(4).

En la segunda reunión de los superiores que se realizó en el monasterio de Cristo Rey, Siambón-Argentina, entre el 20 y el 24 de Junio de 1967, y que contó ya con la presencia de un delegado de AIM, el P. Pablo Gordan OSB, siguiendo el consejo de este  último se constituyó una “Conferencia de Superiores monásticos del Cono Sur”, En el cuarto encuentro, entre los días 17 y 21 de noviembre de 1969, en el monasterio de la Santísima Trinidad de las Condes, en Chile, habiendo otorgado voto decisivo a los delegados que acompañaban a los superiores, la Conferencia ya no fue de superiores, y se optó por la denominación que tiene hasta ahora: “Conferencia de comunidades monásticas del Cono Sur”(5).

La CONFERENCIA DE INTERCAMBIO MONÁSTICO DEL BRASIL- CIMBRA- tuvo su comienzo en el año 1967, exactamente en el llamado “Encuentro de Morumbi” del que se hablará más adelante. D. Basilio Penido OSB nos pone al corriente de las dificultades del inicio, pues  en la Congregación del Brasil no se sabía qué rumbo tomar ante este movimiento de comunión suscitado por el Concilio. Algunos se mostraban recelosos de los cambios ocasionados por éste. “En especial desconfiaban de las numerosas reuniones que comenzaban a hacerse en aquel tiempo, temiendo que estas estimularan las reformas”(6); y durante el Congreso de Abades de 1967, inmediatamente después del “Encuentro de Morumbi”, este grupo del Brasil vivió su primera gran crisis y casi sucumbe en la tempestad, pero finalmente se logró la consolidación inicial de CIMBRA. “Algunos de los principales superiores del Brasil tenían desconfianza por el género de asociación que se pensaba formar. Decían con la mayor sinceridad que, además de inútiles, las reuniones y la formación de una asociación tendería a cercenar- o al menos a disminuir-  la fuerza del principio de autonomía  de los monasterios, tan característico del espíritu Benedictino”(7). Finalmente, después de muchas tensiones y discusiones, se logró conformar la CIMBRA, que inicialmente fue “comisión” debido a los temores anotados, y que en el año 1977 se denominó “Conferencia”.

La ASOCIACIÓN BENEDICTINA Y CISTERCIENSE DEL CARIBE Y LOS ANDES – ABECCA –  fue la última de las tres en constituirse. En la historia escrita por el P: Jesús María Sasía OSB, que abarca el periodo que va de 1975 al año 2000(8), su autor presenta el 22 de Julio de 1976 como fecha exacta de fundación, durante la primera asamblea formal de la Asociación, en el monasterio de Tibatí-Bogotá-Colombia; en esta reunión se aprobaron los estatutos. Pero esta fecha fue punto de llegada de un proceso que arrancó simultáneo a los de SURCO y CIMBRA. D. Basilio Penido, presentando los Orígenes de la UMLA, deja constancia de la presencia en el Congreso de Abades de 1967 del Prior Plácido Reitmeier del Monasterio de Tepeyac en México, quien “frecuentó todas las reuniones del grupo latinoamericano, y dio inicio, después del Congreso, a la Unión Benedictina del Caribe”(9). En el segundo Encuentro Monástico Latinoamericano en el mismo monasterio de Tibatí, organizado por las comunidades de México y Colombia, se cristaliza ya el proyecto de asociación del Caribe y los Andes, y debe decirse que éste era inicialmente de más largo alcance, pues se hablaba de la constitución de una pre-Congregación. Aunque por varios años, en todas las Asambleas de la Asociación se siguió planteando la posibilidad de una Congregación independiente, ésta nunca llegó a formarse, pero sí se consolidó el grupo ABECA, que incluía desde el inicio los monasterios Benedictinos y Cistercienses de la Región, pero que solo en 1993, en la VIII Asamblea celebrada en Puerto Rico, añadiría a su sigla otra “C” para que fuera más explícita la presencia Cisterciense.

Las tres agrupaciones monásticas del continente, desde su creación, han celebrado encuentros y asambleas con muy buena periodicidad, y, valga decir,  con una dinámica más regular en las áreas de SURCO y CIMBRA por ser grupos de mayor homogeneidad y cercanía cultural; en el área de ABECCA ha habido más dificultades para tal regularidad y para una participación amplia en las asambleas y demás actividades; y esto es bien explicable, empezando por la vastedad del área geográfica y la mayor diversidad cultural e incluso lingüística (español, inglés, francés). Esta situación ha motivado iniciativas alternativas que han ayudado en este camino de comunión. Así, por ejemplo, en México existe la UBC (Unión Benedictina y Cisterciense), que antes se llamó UBM (Unión Benedictina Mexicana) y que realiza actividades periódicas sobre todo en el campo de la formación; igualmente en años anteriores se hicieron algunos encuentros en el área Bolivariana, y a nivel nacional en Colombia y otros países de esta zona.

Al finalizar el Tercer Encuentro Monástico Latinoamericano en Buenos Aires, en 1978 D. Basilio Penido propuso crear la organización que reuniera los tres grupos monásticos ya existentes, y así fue como se empezó a hablar de la UMLA: Unión Monástica Latinoamericana, cuya presidencia es rotativa cada cuatro años entre los presidentes de las tres áreas, con la responsabilidad de convocar y organizar el Encuentro Monástico Latinoamericano (EMLA) también cuatrienal a partir de ese año 78(10).

Ya desde el Congreso de abades de 1966, en el que se aprobó la existencia del secretariado de AIM, muchos de los superiores latinoamericanos que se encontraban por primera vez, animados por las noticias sobre el Encuentro Panafricano de Bouaké- Costa de Marfil- en 1964, quisieron hacer otro tanto en América Latina, y crearon allí mismo una pequeña comisión que se encargaría de promover el diálogo y el intercambio entre los diversos monasterios, y que animó la organización de un Encuentro Monástico Latinoamericano en Brasil; éste se realizó entre el 31 de Agosto y el 5 de Septiembre de 1967 en Sao Paulo, en la casa de retiros del monasterio de Sao Geraldo, y que se conoce en la historia de la UMLA  como “Encuentro de Morumbí”. Esta reunión no ha sido elencada como primer EMLA (Encuentro Monástico Latinoamericano) porque la mayoría de participantes eran del Brasil y solo siete eran de otros países suramericanos; pero sí fue la primera reunión de CIMBRA y una “previa” a los EMLA, que en palabras de D. Basilio Penido: “determinó el futuro del monacato en América Latina”(11).

Durante el Congreso de Abades de 1970 en Roma, el Abad de Floris, presidente de AIM, habló de los encuentros  de los monasterios de África y Asia que se realizarían en el futuro inmediato. En una de las sesiones que siguieron a esta intervención, el entonces abad de Olinda-Brasil- D. Basilio Penido, interpeló a la Asamblea preguntando cuándo sería la reunión de los monasterios de América Latina. Su reclamo fue aplaudido, sobre todo por los superiores latinoamericanos, y apoyado de inmediato por el Abad Primado Rembert Weakland, quien además prometió asistir a la reunión que esperaba se realizara pronto. En el transcurso del mismo congreso, los superiores latinoamericanos acordaron que el encuentro se llevaría a cabo en Río de Janeiro en 1972. Efectivamente, entre el 22 y el 30 de Julio de aquel año, se celebró el primer Encuentro Monástico Latinoamericano (EMLA) (12).

El momento que acabo de recordar es especialmente significativo en la historia de las relaciones de los monasterios de América Latina con la AIM, porque en él confluyen el proceso que ya vivían los primeros en la búsqueda de caminos de unión entre ellos, y la joven experiencia del secretariado en su ayuda a los monasterios de África y Asia, abierta también a los monasterios latinoamericanos.

El camino de la comunión monástica en el continente se ha ido consolidando en los encuentros de las comunidades en cada una de las áreas y en las reuniones continentales (EMLAs); centraré la atención en estas últimas par presentar algunos “apuntes” de esta andadura  de comunión, en la que ha sido constante la presencia y el apoyo de la AIM.

El P. Martín de Elizalde OSB, antiguo Abad de Luján y hoy obispo de 9 de Julio -Argentina- en la crónica-síntesis del V EMLA celebrado en México en 1986 afirma:

Los Encuentros Monásticos Latinoamericanos han llegado a ser parte de nuestra vida de comunión. En ellos, desde el primero, celebrado en Río de Janeiro en 1972, se pone de manifiesto la unidad de una búsqueda realizada a través de formas diversas, compartiendo esperanzas y anhelos [….] ellos se convierten en un foro más amplio, por la participación del Abad Primado de la Confederación Benedictina, la colaboración en todos los órdenes del Secretariado General de AIM, la asistencia de algunos superiores y superioras de las casas fundadoras de Europa y América del Norte(13).

Empujados por El Espíritu del Señor a través de la nueva conciencia eclesial suscitada por el Concilio Vaticano II, también los monjes y monjas del continente Latinoamericano se sintieron urgidos en la búsqueda de caminos de comunión entre ellos y con toda la Iglesia. Desde el primer EMLA en Río de Janeiro en 1972, el encuentro de todos los asistentes fue con la diversidad. Pertenecientes a diferentes Congregaciones, fundados por monasterios norteamericanos y Europeos, todavía jóvenes los de ABECCA y SURCO, y de larga tradición los del Brasil, los monjes y monjas sabían del pluralismo y la diversidad, pero otra cosa bien distinta fue experimentarlas desde el mismo reconocimiento inicial, en el que se encontraron monjas con su tocado tradicional y monjes con mini-hábitos de colores diversos, venerables abades de hábito completo y reluciente pectoral con hermanas en traje civil (pendientes incluidos); sí, encuentro con la diversidad: hombres y mujeres, comunidades de corte contemplativo y otras con mayor actividad extra-monasterial, monjes y monjas comprometidos socio-políticamente y otros contrarios a ello, jóvenes y mayores, comunidades pequeñas y comunidades numerosas. Por eso, al término de esta primera  reunión continental se constató la dificultad, más aún, la imposibilidad de elaborar unas conclusiones que recogieran las ponencias y los aportes en los trabajos de grupos, lo que motivó la consoladora intervención del Abad primado Weakland: “A nosotros los benedictinos nos resulta casi imposible arribar a conclusiones. Este pluralismo es riqueza. Es lindo estar reunidos y tener algo que discutir en común, aunque no se llegue a concluir nada”(14).

Los primeros EMLAs fueron especialmente intensos, por la novedad del mismo evento en el mundo monástico latinoamericano, pero también por el ambiente general que vivía la Iglesia del Continente después de la II Conferencia general del Episcopado en Medellín. El discernimiento de los obispos sobre “La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio”, con las opciones que allí se tomaron, constituyó otro empuje especial del Espíritu, cuya sacudida alcanzó de forma peculiar a  monjes y monjas. La temática general de los encuentros revela esta preocupación por la impostación de la vida monástica en el “hoy” del continente(15). Igualmente, mirando el listado de temas, se percibe el sentir de monjes y monjas urgidos por responder a los desafíos eclesiales desde el Concilio y la Conferencia de Medellín, y por ello parece que no quieren dejar ningún aspecto de su vida sin examinar, teniendo siempre en cuenta la situación política y social de América Latina, y atentos a la inserción en la Iglesia local y a la relación con los pobres.  

La reflexión sobre la vida monástica en el “hoy” del continente, fue pues pregunta acuciante por la identidad de los monjes y las monjas y por el papel del monaquismo en el proceso de liberación en América Latina(16). En todos estos debates fueron manifiestos el pluralismo y la diversidad ya mencionados; y, como también se ha constatado, los intentos de conclusiones unificadas no se lograron; pero indudablemente la confrontación de visiones tan diversas sobre la impostación de la vida monástica y la misión del monje en la Iglesia, fue medio eficaz para el conocimiento y la valoración de la multiforme y rica tradición monástica benedictina y cisterciense, y experiencia real de comunión como encuentro de la diversidad.

En el segundo EMLA en 1975 en Bogotá, en sus palabras de apertura, el Abad Primado Weakland afirmaba que había menos ansiedad en la Confederación por la identidad monástica; que ya se sentía el cansancio de la “introspección” a la que había llevado la urgencia del aggiornamento. De la crisis ya superada, afirmaba, quedaba la clara conciencia de que la vida monástica existe para permanecer en la Iglesia, y que ahora la pregunta que había que formular era cómo contribuir a la vida de la Iglesia, respondiendo él mismo que desde la kénsosis y la koinonía(17). Con todo y esto,  en el ambiente monástico latinoamericano la búsqueda de respuesta a cuestiones sobre la ubicación del monacato en la Iglesia y la manera propia de ser benedictinos en América Latina, conservaba toda su intensidad.

A este respecto vale la pena citar las impresiones del Abad primado D. Víctor Damertz. En su conferencia “La presencia benedictina en el tercer mundo”, a los abades norteamericanos en S. Vincent en junio de 1980; en una mirada global al monacato latinoamericano observaba:

“Los monasterios de América Latina han sido sacudidos por las terribles tensiones que conoce el continente. Se ven confrontados por la pobreza, o mejor, por el contraste entre ricos y pobres fuente de grandes tensiones, y tienen que plantearse la pregunta por el sentido de la pobreza benedictina en tal contexto. Confrontados por las dictaduras, las revoluciones que sacuden sus países, por la teología de la liberación, se preguntan qué conducta adoptar, cuál es el rol de los benedictinos en América Latina, qué parte deben tomar en una Iglesia que en Medellín y Puebla ha buscado definir su misión, cuál es su tarea… Si tuviera que sintetizar la impresión que me ha causado la visita a los monasterios de América Latina, diría que en ninguna parte he visto nunca benedictinos en la búsqueda de su identidad con tal intensidad. A decir verdad, esta búsqueda de la manera típicamente latinoamericana de ser benedictino es un poco exagerada. Durante las discusiones del III EMLA en Buenos Aires en 1978, fue necesario de tanto en tanto recordar a los participantes que muchos de sus problemas no eran  particulares de A.L., y que iguales problemas existían en otras partes del mundo”(18).

Una lectura de las crónicas de los EMLAs, con una ojeada rápida a los temas tratados, permite observar que la intensidad fue bajando, el ambiente de los encuentros fue paulatinamente más sereno, y la reflexión y la discusión fueron más centradas. Y esto deja percibir la también más serena acogida de la diversidad y el pluralismo monásticos. Valga otra cita al respecto:

“… La experiencia más fuerte realizada en el Vº EMLA es tal vez haber compartido las deliberaciones y trabajos con un mismo espíritu, pues ya sea por los años de conocimiento y de acercamiento, ya sea por la evolución de la Iglesia en general en nuestro continente, ya sea por la profundización en los temas específicos, los presentes nos encontramos en un plano de acuerdo, muy lejos de las discusiones de otras oportunidades, coincidiendo mucho más al evaluar las situaciones y plantear las opciones y alternativas del futuro. Se pudo apreciar, en el marco continental que ofrece la Unión Monástica Latinoamericana (UMLA), lo que ya habíamos conocido en nuestra Asamblea de SURCO (abril 1986): coincidencia creciente, valoración de la especificidad monástica, respeto por la pluralidad de formas(19).

En los primeros EMLAs, con su especial intensidad, y en los siguientes cuando el ambiente fue más sereno, en la reflexión conjunta aparecen de manera explícita o implícita los elementos centrales que configuran el carisma monástico: Liturgia-oración-contemplación, Lectio-estudio-formación, soledad-acogida-comunión, vida fraterna-trabajo-solidaridad. Pero igualmente en todos los encuentros se trabaja en la lectura de los signos de los tiempos,  intentando dar una respuesta a las apelaciones del Señor en las situaciones que va viviendo la Iglesia en el Continente y a nivel universal(20).

PGuillermo2Desde la convocatoria al IX EMLA en Chile, los encargados de su preparación invitaban a echar “una mirada principalmente ‘ad intra’ de nuestra vida monástica, teniendo en cuenta la realidad social y eclesial de América Latina en su rápida evolución”. Una mirada “ad intra”, con humildad y sin complejos. Y digo esto último, porque, sin formular juicio alguno, la impresión que queda al leer la documentación disponible sobre los primeros EMLAs es, como ya se ha dicho, la de un afán casi angustioso por definir la propia identidad de cara a los retos que la nueva conciencia eclesial post-conciliar planteaba y a la urgencia de un compromiso claro en la transformación (liberación) de la sociedad en el continente Latinoamericano; pero este afán, visto desde ahora y a buena distancia, traía aneja la tentación de búsqueda de protagonismo pastoral y de relativización de elementos esenciales para la vivencia del propio carisma.

El último EMLA, en Belo Horizonte en el 2006,  fue momento bien significativo en este largo camino de la comunión. En un ambiente fraterno y sereno, conscientes de nuestra responsabilidad eclesial en la vivencia del carisma que nos ha sido confiado, monjes y monjas, desde nuestra diversidad acogida como riqueza, reflexionamos sobre la paz benedictina, y en vigilia de oración con la Iglesia local elevamos  nuestra plegaria de intercesión por la paz del Continente y del mundo entero.  Y esta vez, sin acaloradas discusiones, nos pusimos de acuerdo, no en conclusiones temáticas muy elaboradas, pero sí en un mensaje “a todos los hijos e hijas de S. Benito en América Latina y el Caribe”, del que creo que vale la pena citar algunos párrafos:

“Nuestro encuentro en Belo Horizonte ha sido una moción del Espíritu, para que la vida monástica entregue el don irreemplazable que El Señor ofrece a la Iglesia Latinoamericana y del Caribe con este carisma particular, y que hace de los hijos e hijas de S. Benito constructores y transmisores de la paz, “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”.

Invitamos pues a todos los hermanos y hermanas a poner nuestros pasos en el camino de la paz: Que viviendo de acuerdo a la vocación a la que hemos sido llamados, sin anteponer nada a Cristo, en la alabanza continua, en la escucha atenta de La Palabra, en el trabajo y la acogida, dejemos al Espíritu pacificar nuestros corazones y consolidar la comunión en nuestros monasterios. Esforcémonos por alcanzar aquella paz estable que nos asemeja a Dios y nos abre a la visión de su rostro”.

En el año 2010  se debía haber realizado el XI EMLA, y correspondía a ABECCA su organización. Por dificultades diversas se ha aplazado su celebración hasta el año 2013. En algún momento incluso se planteó la posibilidad de hacer un “EMLA virtual”, argumentando, sobre todo, los altos costos que implica el encuentro, y teniendo en cuenta los terremotos en Haití y Chile. Buenos argumentos, sin duda… pero  menos mal que no se optó por lo virtual!

Los Encuentros Monásticos Latinoamericanos, y las reuniones en cada área, han sido pues escuela de comunión. Es verdad que no todos los miembros de las comunidades monásticas han tenido la oportunidad de participar, pero de todos los monasterios sí han llegado representantes a la mayoría de ellos. Esto ha posibilitado el tejido de unas relaciones fraternas muy valiosas y un conocimiento real y recíproco entre las comunidades. Ahora con los medios electrónicos, además de las páginas web, se cruzan con mayor facilidad las crónicas y se mantiene viva la comunicación. Pero quiero subrayar, sobre todo, la fuerza que tiene el testimonio, en sus respectivas comunidades, de quienes han participado en los EMLAS; este ha sido canal providencial para la acogida de la diversidad y para el aprovechamiento de la pluralidad de dones del Espíritu en el mundo monástico; acogida y aprovechamiento en todas y  cada una de las comunidades, más allá del ámbito puntual del evento EMLA.  De la misma manera, como se ha anotado en otro lugar, los EMLAS son “foros más amplios” en los que se hacen presentes la Confederación y las órdenes Cistercienses, por la palabra del Abad Primado, del Abad General de los Cistercienses, y también por la comunicación que nunca ha faltado de los miembros del secretariado de la AIM. Todo esto favorece la ya mencionada experiencia de comunión en dimensiones universales. Pero insisto: esto es posible por la fuerza que tiene la palabra, el relato, el testimonio de las personas que se encuentran.

2. HOY

En el respeto a la pluralidad de impostaciones del carisma monástico y en la acogida de tal diversidad como riqueza para todos, se ha consolidado cada vez con mayor fuerza la conciencia común sobre el don irreemplazable del Espíritu a la Iglesia a través de la vida monástica, y de las exigencias que el mismo Espíritu nos hace desde la realidad social y eclesial del continente para la vivencia de nuestra propia vocación. La situación de pobreza creciente y de escandalosa desigualdad social, reclaman de las comunidades monásticas un testimonio coherente y diáfano, que lo será tal por la sobriedad de vida en todos los niveles y por la real acogida del pobre y la solidaridad con él. A mi modo de ver, esta conciencia es cada vez más clara entre los monjes y monjas de A. L. y el Caribe, y se traduce en realizaciones concretas en todas las comunidades; conciencia serena que hace creativos para responder a esta apelación del Señor, sin necesidad de ocupar el lugar que corresponde a otros carismas en la Iglesia o renunciar a condiciones que favorecen más la vivencia de la propia vocación.  Y en esto último sigue manifestándose la diversidad. Por ejemplo: si en los años 70 se abogó en algunos ambientes monásticos, al menos a nivel teórico, por el “desplazamiento del desierto al medio urbano” para compartir más de cerca “la realidad del pobre”,  lo cierto fue que con el correr de los años varias comunidades buscaron otros emplazamientos que les garantizaran silencio y soledad, cuando se vieron rodeados de las barriadas urbanas que llegaron hasta sus predios; pienso ahora en mi propio monasterio, trasladado de Usme-Bogotá a Guatapé, en las Monjas del Monasterio de Encontro en Curitiba, en los Cistercienses de Chile que se trasladaron de Santiago a las afueras de Rancagua, en los de San José de  Ávila que se fueron a Güigüe, en Venezuela; en los de Ponta Grossa - Brasil cuyo grupo fundador salió de Sao Paulo y que ahora están en proyectos de traslado,  lo mismo que los de Envigado en Colombia, etc. Pero igualmente algunas comunidades de más reciente fundación viven insertas en medios populares urbanos con una presencia muy monástica y de real y efectiva solidaridad-acogida y de trabajo comprometido con sus vecinos pobres, y estoy ahora pensando en los monasterios femeninos Pan de Vida en Torreón, México, y Mosteiro do Salvador en Salvador-Bahía- Brasil. Algún otro, fundado en medio rural, por razones de la formación académica de los hermanos ha buscado mayor cercanía a la ciudad, es el caso del Monasterio de la Encarnación en Perú, trasladado de Tambo grande- Piura a las cercanías de Lima. En el monasterio de Pascua los monjes siguen siendo discreta presencia entre los campesinos de Canelones, Uruguay, compartiendo con ellos su trabajo, oración y Lectio Divina. Entre tanto, las antiguas abadías del Brasil enclavadas en los centros de las grandes ciudades afrontan los retos de su larga tradición, de sus muros venerables y los reclamos del entorno inmediato siempre cambiante.

PGuillermo3La preocupación por la inserción en la Iglesia local siempre ha estado presente en el ambiente monástico del continente y ha impulsado la reflexión conjunta de monjas y monjes. A este respecto puede decirse que hoy, de forma discreta y sin ningún afán de protagonismo, conscientes de nuestra responsabilidad eclesial, en todos los monasterios tratamos de compartir con todo el Pueblo de Dios lo que a través del carisma monástico el Espíritu le ofrece para su vida y santidad. Y aquí sigue  constatándose la diversidad. La mayoría de las comunidades, muchas de ellas fundadas después del Concilio, tanto Benedictinas como Cistercienses, de estructuras más simples y ágiles, pueden vivir esta relación de comunión a través de la acogida litúrgica y en las hospederías, con otros servicios a los vecinos más inmediatos en algunos casos; otros monasterios están comprometidos en la educación, con colegios y facultades, siendo varios de ellos referentes culturales en las grandes ciudades, sobre todo en Brasil. En algunos de estos últimos se encuentran con dificultades para seguir respondiendo a sus compromisos, porque muchos de los jóvenes monjes no tienen vocación docente ni interés en la investigación o en la relación directa con el medio cultural circundante, y también porque la tendencia general en las nuevas vocaciones es de una vida monástica “intra-muros” como lo afirma la abadesa Vera Lucia,  presidenta actual de CIMBRA.

El Abad Benito Rodríguez, presidente de SURCO, en las líneas que me ha hecho llegar anota de entrada algo que me parece importante transcribir: “En la mayoría de nuestras comunidades se puede decir que los valores monásticos recibidos de las generaciones fundadoras ya se han enraizado, cristalizando en un sano equilibrio entre la tradición recibida y la realidad concreta de cada comunidad. Se valora lo recibido de las generaciones precedentes y se mantiene una actitud abierta al hoy de Dios en nuestra historia”. Es indudable que el camino recorrido por cada comunidad y el de la comunión monástica a nivel continental, ha posibilitado una serena inserción en la tradición. La impostación monástica tan diversa y plural es síntesis del cuño propio de las casas y Congregaciones fundadoras y el ámbito socio cultural y eclesial donde se hizo la nueva implantación; y esa herencia rica y diversa se mantiene aún entre los monasterios que constituyeron nueva congregación en el Cono Sur; es constatable en cada una de las comunidades “la marca” propia de los monasterios y Congregaciones de los que proceden. Hoy se percibe pues una actitud abierta, más universal y menos celosa de la autonomía o de la originalidad regional. Así, si en los comienzos de este intercambio monástico a nivel continental del que venimos haciendo memoria, hubo recelos ante las posibilidades de asociación, incluso frente AIM, por  temor a “depender de una autoridad lejana”, hoy, sin renunciar a este principio básico de nuestra vida, es perceptible también una actitud más serena y desprevenida, e incluso se dan procesos que en otros tiempos hubieran sido contestados por encontrarlos desconcertantes; por ejemplo: el monasterio de Ponta Grossa de la Congregación del Brasil se pasa a la de Subiaco, después de discernir que la vida y mentalidad de su comunidad encuentra más eco en la Congregación que lo acoge, y otro más, hasta el momento de la vinculación de derecho diocesano, sigue sus pasos (Santa Rosa- Rio grande do sul); y, en la misma Congregación de Subiaco, no encuentra mucho eco la propuesta de una provincia Suramericana que se desmembraría de la Hispánica, porque se considera enriquecedor para todos, latinoamericanos y españoles, encontrarnos y deliberar juntos en los Capítulos, no obstante la incomodidad para el Visitador de estar cruzando el atlántico.

En el II EMLA, en Bogotá en 1975, D. Basilio Penido, Abad de Olinda, decía:”No soy futurólogo, pero tengo la impresión de que la comunidad del futuro tendrá que ser más pequeña, basada en la profunda unión y amistad entre los hermanos, amistad verdadera que lleve a un compromiso de estabilidad en la comunidad como expresa S. Benito”(21). Y bien que lo oteó! Aunque es verdad que siguen llegando nuevas vocaciones a muchas de nuestras comunidades, es cierto también que en un buen grupo de monasterios el crecimiento numérico se ha estancado y en consecuencia es perceptible también el aumento de la media de edad (para no hablar de “envejecimiento”). Y en relación con la estabilidad, mencionada por D. Basilio, vivimos en A.L. y el Caribe lo que se vive a nivel global en el mundo monástico, porque la inestabilidad y la falta de perseverancia no son rasgos distintivos de los latinoamericanos como en tantos momentos y espacios se ha pregonado. La inestabilidad e inconsistencia son notas características del hombre de esta “sociedad líquida” que a todos, incluidos los viejos, nos ha “mojado”. Por ello se impone un especial cuidado en el discernimiento de las vocaciones, pues de todas maneras los monasterios ofrecen seguridades que en muchos ambientes sociales no se tienen, y lo que hace más de treinta años observaba el abad Basilio sigue dándose hoy: que muchos tocan a la puerta del monasterio porque quieren “vivir en paz”, o una instalación de jubilados a los 25 años. (En los países del hemisferio norte puede darse que los ya pensionados busquen en los monasterios un hogar geriátrico de calidad espiritual… y, por supuesto, más barato).

En el campo de la formación inicial y permanente el balance es positivo, según han respondido los presidentes de las tres áreas. Además de tener monjes y monjas preparados en muchos de los monasterios, los encuentros a nivel nacional, de área o continental animan y sostienen esta tarea que ocupa un renglón prioritario. En CIMBRA han iniciado incluso una escuela de formadores. La ayuda de AIM a ese nivel ha sido muy valiosa y eficaz. Cabe aquí el testimonio de la Hermana Patricia Henry, Presidenta de ABECCA: “En la UBC nos reunimos una o dos veces al año. Se ofrecen cursos de formación, gracias al apoyo de AIM. Durante mis años en la UBC y en ABECCA he percibido que las oportunidades de formación que nos ha ofrecido AIM han sido de mucho valor y han beneficiado a toda la región”.

El trabajo monástico ha sido tema de reflexión recurrente en las asambleas de las distintas Áreas y también en los EMLAs. La máxima de la Regla de S. Benito “son verdaderos monjes cuando viven del trabajo de sus manos” es un reto permanente a nuestras comunidades. Pero esta conciencia responsable frente al trabajo también se ha visto reforzada, a lo largo del camino conjunto de reflexión de monjes y monjas de A. L., por la llamada del Señor desde la realidad social  del continente. Vivir de trabajo de nuestras manos es sello de autenticidad para el testimonio monástico en medio de la Iglesia, signo concreto de comunión con los pobres, no solo  por compartir con ellos el esfuerzo por la subsistencia, sino también porque abre posibilidades reales de ayuda a los más necesitados. En la “carta fundacional” de mi propio monasterio en Usme, ahora Guatapé, y también en la del Monasterio de la Resurrección en Ponta Grossa está bien definido este ideal de vivir del trabajo de las manos, y aparece en ambos casos la consigna de distribuir a los pobres cercanos “todo lo que supere las necesidades de la comunidad”(22). Aunque en estos dos monasterios, que conozco bien, la economía sigue siendo precaria y apenas de supervivencia, sí se vive el compartir sencillo y fraterno con los vecinos pobres del entorno inmediato, y muchas veces son ellos quienes nos han ayudado con un racimo de plátanos o un saco de naranjas. Y lo que digo de estas dos comunidades refleja la realidad de la mayoría de comunidades monásticas del continente: Economía precaria; dificultades para encontrar un trabajo que garantice la subsistencia y compatible con el ritmo monástico. En algunos casos se ha logrado establecer una “empresa” más rentable y representativa, pero la carga laboral, las obligaciones administrativas, la competencia de mercado, han absorbido casi todo el tiempo y las energías de las comunidades desajustando el sano equilibrio del trípode fundamental: oración, trabajo, Lectio-estudio.

El Abad Benito, presidente de Surco hace otra acotación interesante: “El ideal de vivir del trabajo de sus manos lo realizan de manera particular nuestros monasterios de monjas, permitiéndoles  así una vida más sencilla. En los monasterios de monjes creo que esto se vive de manera más excepcional, lo que a veces nos trae el peligro de desvincularnos de la realidad de la gente común y corriente. Tengo la impresión que algunas comunidades viven situaciones económicas de bastante incertidumbre”. Y también este testimonio habla de lo que pasa en muchas comunidades en las tres áreas monásticas de A.L. De todos modos hay búsqueda conjunta para encarar esta realidad. La abadesa Vera Lucia presidenta de CIMBRA dice que el GRAM (Grupo de Reflexión y de Administración Monástica) ya está en acción en Brasil tratando de dar respuesta a esta urgente necesidad.

Podemos seguir constatando el pluralismo y la diversidad también en este campo, pues así como hay monasterios cuya economía es de supervivencia, y otros gozan de una mayor estabilidad, los hay también ricos… y casi podría usarse el superlativo para algunos pocos. Estos últimos han tenido serias dificultades a nivel comunitario y han vivido situaciones dolorosas que han escandalizado a la Iglesia local, precisamente a causa de su riqueza, por la tentación irresistible que ésta ha constituido para algunos, y  por el “acomodo irresponsable” que  ha propiciado tal abundancia. Supongo, y espero, que las comunidades monásticas ricas de América Latina y el Caribe hacen llegar su ayuda solidaria a los monjes y monjas más necesitados, a través de AIM o de los fondos de solidaridad de sus Congregaciones, donde los hay, por aquello de “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha…”. Sé muy bien que esto que digo puede incomodar, pero esta “memoria de la comunión monástica en A.L.” lo reclama. Siempre me he preguntado por qué tantas de nuestras comunidades pobres tienen que buscar afuera algunas ayudas puntuales, y tantas veces pequeñas, teniendo tan cercanos monasterios ricos que podrían  echarles una mano. Pero dejemos este tema, pues es tabú… tocamos los límites del misterio…

Hace algunos años, en un encuentro de ABECCA, un monje no latinoamericano irrespetuosamente se atrevió a cuestionar la posibilidad de la vida monástica para América Latina: “¿se puede ser monje hoy en América Latina?” era su pregunta. Y no tuvo empacho en expresar sus serias dudas al respecto. Gracias a Dios hoy podemos afirmar, sin dudarlo, que la vida monástica es una realidad viva en América Latina y el Caribe, no por grandes realizaciones, sino porque hombres y mujeres en los monasterios, monjas y monjes, buscamos a Dios con sinceridad en comunión fraterna. Los presidentes de las tres áreas en el aporte que me han hecho llegar,  con mucha sencillez afirman: “en nuestras casas hay una digna y solícita celebración litúrgica, se cultiva la Lectio Divina dándole tiempos privilegiados durante la jornada monástica; con las dificultades ya anotadas, buscamos la subsistencia con nuestro trabajo, y acogemos a quienes llegan al monasterio para compartir con ellos  la vida, La Palabra, la oración”. Sin duda alguna, como dice S. Benito en su Regla, muy frecuentemente tibios, relajados, negligentes, como los de otras latitudes… pero monjes y monjas en el camino de la conversión.

Seguramente muchos de Uds. se preguntarán por los rasgos que definen “el monacato latinoamericano”. América Latina es un mundo pluricultural y bien diverso. Esa es su riqueza. Pero, además, no existe el monacato latinoamericano (tampoco el europeo o de otras denominaciones geográfico-culturales). Existe el monacato cristiano benedictino-cisterciense, y éste es trans-cultural. Los latinoamericanos y caribeños somos los monjes y las monjas. Y creo que no se trata ahora de buscar originalidades diferenciadoras. Se trata más bien de la fidelidad cotidiana en la vida de cada comunidad, de la escucha atenta a las llamadas del Espíritu desde la realidad social-eclesial en la que estamos insertos, que leídas y discernidas, en cada monasterio y en los encuentros inter-monasteriales, mostrarán en cada tiempo los caminos nuevos por los que El Señor quiere conducirnos.

3. MAÑANA

En el mensaje final, “a los hijos e hijas de S. Benito en América Latina y el Caribe”, al término del último EMLA, y del que ya he citado algunas líneas, presentamos de forma muy sintética esas llamadas del Espíritu a nuestras comunidades, que constituyen todo un programa de vida que nos vuelve a centrar en lo fundamental de nuestra vocación y nos hace mirar confiados al futuro:

“Para que la paz de Dios resplandezca en  nuestras comunidades y aliente la esperanza de nuestros pueblos,

- que nuestro silencio nos abra a la escucha de todos los hombres y mujeres y nos permita   acoger agradecidos la diversidad como riqueza,

- que nuestras hospederías sigan siendo espacios de encuentro y reconciliación,

- que nuestras comunidades, fieles al Evangelio y a tradición, sigan siendo impulsoras del ecumenismo y el diálogo inter-religioso,

- que nuestra comunión de vida, en la sencillez y la solidaridad con el pueblo pobre, ofrezca una alternativa al modelo actual de relaciones basadas en la competencia, la exclusión y el individualismo

- que nuestra sobriedad en el uso de los bienes y el cuidado de la naturaleza “como vaso sagrado del altar”, sean una respuesta al consumismo y a los atentados violentos contra la madre tierra y todo el ecosistema”.

A lo largo de esta memoria he ido mencionando muy puntual y discretamente la ayuda de AIM a nuestras comunidades de A.L. y el Caribe. Quiero ahora resaltarlo. Como lo dije al comienzo de mi intervención,  el servicio del secretariado ha sido sobre todo el acompañamiento a los monjes y monjas del Continente en su camino de comunión, lo que ha redundado en bien de la consolidación de cada una de las comunidades. La presencia en nuestros encuentros continentales o regionales de los servidores de AIM, ha sido de gran valor en orden a la comunión. Con su palabra discreta han animado nuestra reflexión; los informes sobre la vida monástica en los otros continentes, tan cuidados y completos, que han presentado en las reuniones,  han sido ventana abierta a la comunión monástica universal; igual valor a este respecto han tenido las visitas de los delegados de AIM a cada uno de nuestros monasterios. Ya he mencionado atrás la fuerza que tiene la palabra, el relato, el testimonio personal, y ese ha sido el valor de estas visitas, de su participación en nuestros encuentros y de sus informes. En lo que corresponde a los “benedictinos negros”, este acompañamiento de los hermanos de AIM ha posibilitado hacer real la experiencia de Confederación, ha ayudado a reforzar el sentido de pertenencia a la misma. Y no menos valiosos han sido los otros servicios del secretariado: El apoyo económico para la realización de los encuentros, para los cursos y demás actividades de formación, para la adquisición de libros y suscripción de revistas; las becas de estudio y las ayudas económicas para las construcciones. El secretariado ha ido canal providencial y muy eficaz para este compartir solidario, en el que, por un lado, las comunidades necesitadas encontramos el apoyo necesario y oportuno, y, por otro, las comunidades e instituciones que  contribuyen financieramente con los programas de AIM, pueden vivir el gozo de la donación.

Cabe aquí subrayar también el gran valor en orden a la comunión monástica que tiene el Boletín de AIM, que aunque en algún momento pudiera encontrarse también en la red, esperamos que no se vuelva meramente virtual, que su presencia física  no falte nunca en nuestras salas de revistas. Y lo mismo vale decir del papel valiosísimo de la revista “Cuadernos Monásticos”, tanto  en la comunión entre los  monasterios de A. Latina y el Caribe, como en la formación de los monjes y las monjas.

Con lo que acabo de decir estoy respondiendo a la pregunta por el rol de AIM hoy y para el futuro. Su acompañamiento fraterno es y será de gran valor para que los monjes y monjas de América Latina y el Caribe respondamos a lo que El Señor nos pide hoy y que de forma clara expresábamos al término de nuestro último EMLA en Brasil, como lo he citado arriba.

La Iglesia latinoamericana después de la Conferencia de Aparecida ha echado a andar la Misión Continental. La participación de los monjes y las mojas en ella es ineludible e insustituible. Nuestro aporte fundamental es y será siempre la fidelidad a la propia vocación. Y aquí quiero hacer memoria de la interpelación que hizo  el recién elegido Abad General de la OCSO, D. Bernardo Olivera, en el EMLA de 1990 en Argentina. Reflexionábamos sobre “La vida monástica y la evangelización en América Latina”. D. Bernardo recordó a todos que el Concilio habla en el PC, 7 de la “misteriosa fecundidad apostólica” de los Institutos dedicados a la contemplación, y luego preguntó: “nosotros, monjes y monjas de América Latina, creemos en esa misteriosa fecundidad apostólica de nuestra vida dedicada con exclusividad a la búsqueda de Dios?”. Su pregunta sigue vigente.

En el discurso inaugural en Aparecida, el Papa Benedicto afirma que “solo quien reconoce a Dios conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de realidad”. Con su afirmación sale al paso a la objeción de individualismo religioso, o fuga de la realidad, que puede hacerse tantas veces a la prioridad de la fe en Cristo y de la vida en Él. Igualmente en la Exhortación Apostólica Verbum Domini  afirma: “La Iglesia tiene necesidad más que nunca del testimonio de quien se compromete a ‘no anteponer nada al amor de Cristo’… una forma de vida como ésta indica al mundo de hoy lo más importante, más aún, en definitiva, lo único decisivo: existe una razón última por la que vale la pena vivir, es decir, Dios y su amor inescrutable”(23). Este es el testimonio que hemos de dar en medio de la Iglesia, no solo en América Latina y el Caribe, sino en todo el mundo. Al servicio de la veracidad de este testimonio, como razón fundamental de su existencia y actuación, está la “Alliance Inter Monastères”, ese es su rol.

(1) Sigo el  estudio de: Rojas, Marcelo. “Veinte años de la Conferencia de Comunidades Monásticas del cono sur: hechos e ideas”. Cuadernos Monásticos 77 (1986): 207-232.
(2) Ibid., p. 209.
(3) Ibid., p. 210.
(4) Ibid., p. 210.
(5) Ibid., pp 211-218.
(6) Penido, Basilio. “Orígenes de la UMLA”. Cuadernos Monásticos 54(1980): 346.
(7)Ibid., p. 349.
(8) Cf. Historia de la asociación Benedictina y Cisterciense del Caribe y los Andes. ABECCA. 1975-2000, por el P. Jesús María Sasía OSB de la Abadía de San José de Güigüe, Venezuela. Ofset.
(9) Penido, Op.Cit., p. 349.
(10) Ibid., p. 352.
(11) Ibid., p. 346- 347.
(12) Para la historia de la UMLA remito a : Penido, Basilio. “Orígenes de la UMLA”. Cuadernos Monásticos 54(1980): 345-352.
(13) De Elizalde, Martín. “El encuentro monástico en México (V EMLA, 13 al 23 de Julio de 1986)”. Cuadernos Monásticos 79 (1986) p. 464.
(14) Weakland, R. “Intervención final”. Cuadernos Monásticos 23 (1972) p. 260.
(15) “La vida monástica hoy en América Latina”, “Presencia de las comunidades monásticas en América latina hoy”, “Relectura de la Regla de S. Benito en el hoy de América latina”.
(16) Crf. Cuadernos Monásticos 35(1975) pp 367-370.
(17) Weakland,R. “Nuevos hoarizontes”. Cuadernos Monásticos 35 (1975): 385-391.
(18) Damertz,V. “La presence Benedictine dans le tiers monde”. Bulletin de l’AIM (1981) p. 16.
(19) De Elizalde., Op.cit., p. 464.
(20) En Río de Janerio en 1982 se reflexiona sobre la formación monástica a la luz del documento de Puebla, y en San Antonio de Arredondo, Argentina, en 1990, sobre La vida monástica en la evangelización de América Latina; así se hace eco en estos dos EMLAs a la III Asamblea general del Episcopado Latinoamericano en Puebla en 1979, y al empeño de la Iglesia en la tarea de la Nueva Evangelización. En 1986 en México se evalúa, a 20 años de distancia, el impacto del Concilio en la Vida Monástica en América Latina. Iluminados por el Documento de Santo Domingo del Episcopado Latinoamericano en su IV Asamblea general en 1992, los monjes y monjas, en Sao Paulo en 1994 en el VII EMLA, afrontan la reflexión sobre La Vida Monástica y los Laicos como protagonistas en la evangelización. VIII y IX EMLAs en México y Chile, en 1998 y 2002 respectivamente, estarán centrados en la reflexión sobre la Vida Monástica de cara al tercer milenio, y una Relectura de la Regla Benedictina en la aurora del nuevo milenio. En el último EMLA, en Belo Horizonte- Brasil- en 2006, ante la agudización de conflictos bélicos tanto en algunas regiones del Continente como en otras latitudes en el mundo entero, monjes y monjas reflexionamos sobre “La paz Benedictina, don y desafío”.
(21) Cr. Cuadernos Monásticos 35(1975): p. 371.
(22) Para Ponta Grossa cfr. Crónicas. Cuadernos Monásticos 58(1981): pp 361-362.
(23) Verbum Domini, 83.

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