Padre Christophe Vuillaume, osb
Prior de Mahitsy (Madagascar)

Visión general de la vida monástica

en Madagascar

 

 

FChristophe1) Un poco de historia

Cuando un pequeño grupo de hermanas benedictinas misioneras de St-Bathilde llegó en 1934 a la Gran Isla, la vida monástica era prácticamente desconocida. Las congregaciones presentes, algunas ya desde principios del siglo XIX, como los jesuitas, las hermanas de Cluny, etc. eran todas de tipo misionero apostólico. A tal punto que, para no decepcionar totalmente las expectativas de la población de Ambositra donde se asentaron, nuestras hermanas debieron abrir una pequeña escuela y dar allí enseñanza. Esta fue también la fuente de sus primeras vocaciones locales. Este monasterio, situado en la región de Betsileo a 300 km al sur de Antananarivo, experimentó un crecimiento tan rápido que pudieron fundar otro priorato en Mananjary en la costa este en 1955, y un tercero en el extremo norte, en Diego Suárez (hoy Antsiranana) en 1976.

Los monjes de La Pierre-qui-Vire llegaron a Madagascar en 1954; ya habían creado una fundación en Vietnam en 1947. Recibidos por los jesuitas, se instalaron en una de sus granjas en las montañas (1.500 m) a 7 km de Mahitsy y a unos 30 km de Antananarivo. En 1896 se continuaba viviendo en régimen colonial, lo que facilitó el asentamiento. Cuatro hermanos, cuyo superior tenía sólo treinta años, establecieron su pequeño monasterio en pleno campo, con pocos recursos reproduciendo, según la práctica de esa época, la vida de la casa-madre.

Unos años más tarde, y ciertamente alentados por sus hermanos benedictinos, llegaron los cistercienses (entonces llamados trapenses), enviados por Dom Louf, abad de Mont-des-Cats, en 1958. Optaron también por establecerse en la meseta central, pero en la región de Betsileo, a pocos kilómetros de la capital regional Fianarantsoa, a 400 km al sur de Antananarivo. Este es el monasterio de Maromby.

Por último, llegaron nuestras hermanas cistercienses de Campénéac (Bretaña), que se establecieron no lejos de sus hermanos en Ampibanjinana, “el lugar de contemplación”.

 

2) La vida religiosa en la Gran Isla

Los Jesuitas, son sin duda los apóstoles del catolicismo en Madagascar. Aunque entre los siglos XV y XVII se enviaron varias misiones, especialmente a los Lazaristas de San Vicente de Paúl, el impulso decisivo se inició a mediados del siglo XIX. Fue entonces cuando la monarquía autoritaria, que en ese momento reinaba la parte central de la isla, comenzó a abrirse a la influencia occidental. Comenzó por el comercio, la industria, el equipamiento militar, y con algunas vacilaciones al cristianismo católico y protestante como vehículos de la cultura europea. Francia y Gran Bretaña compitieron, a menudo ferozmente, por la influencia en el terreno entre anglicanos, unidos a varias ramas del protestantismo, y católicos romanos. Finalmente, la República Francesa emprendió la conquista de Madagascar en 1896, permitiendo al mismo tiempo la unificación de una veintena de tribus en una sola nación. La colonia, como en todas partes, no fue simplemente una aventura militar, sino una obra de verdadero desarrollo en todos los planos, en los que se destacaron los mariscales Gallieni y Lyautey.

El extraordinario florecimiento de la vida religiosa en Francia en el siglo XIX se extendió rápidamente a la Gran Isla, donde las fundaciones se multiplicaron a lo largo del siglo XX hasta el presente. Actualmente hay más de 115 congregaciones femeninas y unas 37 masculinas, muchas de ellas muy fecundas. La vida contemplativa está muy presente por el hecho de que, además de los hijos e hijas de san Benito, se han creado en Madagascar seis carmelos y cuatro monasterios de clarisas, con muchas vocaciones. Destaca también la presencia de otras congregaciones contemplativas, como las Trinitarias de Roma, una fraternidad contemplativa de P. de Foucauld, etc.

El cristianismo, sólidamente implantado en las Tierras Altas (tribus Merina y Betsileo) continúa su obra de evangelización, a menudo difícil, en la costa, el gran Sur y Norte. Aunque todos los malgaches hablan el mismo idioma, hay diferentes dialectos y, sobre todo, diferentes mentalidades que pueden crear obstáculos, incluso en las comunidades religiosas.

 

3) Características de la vida monástica malgache

Hijo e hijas de san Benito, vivimos, por supuesto, en todo el mundo una misma vida monástica, basada en la observancia de su Regla y de nuestras tradiciones, pero con variantes que conviene precisar.

a) La liturgia

Todavía muy próxima a los modelos franceses, la liturgia se ha ido inculturando poco a poco bajo la influencia del Vaticano II. Dom Gilles Gaide, monje de Mahitsy, fue uno de los principales impulsores de esta tarea con su equipo Ankalazao ny Tompo (Alabado sea el Señor). Llevó a cabo no sólo la composición de un equivalente del breviario, Vavaka inab’andro, sino también un cuerpo considerable de himnos y cánticos, conocidos bastante bien de memoria y cantados en toda la isla, incluyendo las parroquias. Las comunidades monásticas, aunque han utilizado esta recopilación en determinadas ocasiones, han compuesto sus propios libros de oración en fidelidad a sus propias tradiciones. Hasta el día de hoy algunos continúan recitando Vigilias en francés, mientras que otros celebran toda la liturgia en malgache.

Rara vez se utiliza la música tradicional (tambor y valiha). En cambio, existe una recopilación en malgache para las celebraciones de Pascua, Domingo de Ramos y Pentecostés y libritos para los demás
tiempos.

b) La observancia

No se distinguen mucho de lo que se vive en Francia. La ascesis es la misma. Las comidas son en todas partes bastante frugales, combinando costumbres malgaches y occidentales. El hábito monástico tradicional se lleva en todos nuestros monasterios sin dificultad alguna. Sin embargo, hay que prestar más atención a los ritos tradicionales, en particular cuando muere un hermano o una hermana. Aquí se aprecia mucho la calidad de las relaciones humanas, el buen entendimiento entre vecinos (Fihavanana), que implica también una real solidaridad. Por ello, el silencio es quizás más difícil de observar, ya que se privilegia la relación directa, en una tradición todavía muy oral. En general, la sociedad malgache sigue estando caracterizada fuertemente por numerosos ritos y costumbres, lo que sin duda ayuda a los recién llegados a entrar en las observancias monásticas.

c) La incorporación

Durante mucho tiempo fue lenta, especialmente entre los monjes. Sin embargo, se produjo o se está produciendo un cambio, y nuestros miembros efectivos se distribuyen entre 25 y 35. Hace diez años nuestros hermanos de Maromby enviaron algunos hermanos a las islas Seychelles para abrir una casa anexa al monasterio de Fianarantsoa, actualmente con cinco hermanos. En cuanto a las hermanas, aparte de Ambositra con unas treinta hermanas, cada una de las comunidades tiene una docena de hermanas. La incorporación es principalmente local, y normalmente es necesario el nivel educativo del bachillerato, con algunas excepciones. En un país en el que la economía tiene dificultades para desarrollarse, es esencial un discernimiento prudente y delicado de las vocaciones. Debemos recordar que en la costa el cristianismo es todavía muy reciente, lo que explica también la relativa escasez de las vocaciones y la falta de perseverancia. Con la ampliación y la prolongación de la escolaridad, el tipo de incorporación ya está cambiando, sin duda a favor de vocaciones mejor formadas y de mentes más afinadas. En la actualidad la priora de Ampibanjinana es francesa y en Mahitsy quedan aún dos hermanos franceses.

d) La formación

Aparte de la formación normal de todos los noviciados, en los años 2000 se hizo un gran esfuerzo para establecer un studium monástico con el apoyo de la AIM, a ejemplo del STIM, compartido por nuestros seis monasterios. Varios monjes y monjas enseñan o han enseñado allí, así como varios profesores del seminario. Mahitsy ha logrado mantener su propio estudio de teología desde la década de 1990. No dudamos en enviar a jóvenes monjes a estudiar a Francia, como también al Instituto Católico de Madagascar, así como a un ciclo de estudios para formadores religiosos. Mahistsy también tradujo al malgache un gran número de textos de la tradición monástica antigua y contemporánea1.

e) La economía

Aunque en general es estable, algunos monasterios tienen problemas. Nuevamente, tienen poca diferencia con nuestros monasterios franceses: agricultura, explotación del bosque, vino y licores, confitería, galletas o queso, artesanía local, una pequeña librería religiosa. El monasterio de San Juan Bautista en la turística bahía de Diego también recibe la visita de muchos turistas que valoran la presencia de una comunidad monástica acogedora.

f ) La inserción en la Iglesia local

Este vínculo es más importante en Madagascar que en Europa. Esto se manifiesta en la participación en las celebraciones y en encuentros diocesanos y en una cordial relación con nuestros pastores, que habitualmente aprecian y respetan nuestro carisma monástico. Nuestras hospederías suelen ser muy frecuentadas, especialmente cerca de las grandes fiestas litúrgicas. Destacamos también la existencia de un encuentro de superiores monásticos de la isla, que desde hace algunos años se ha extendido a carmelitas y clarisas. Se celebra cada dos años, incluyendo no sólo los encuentros entre superiores, sino también un tiempo de formación.

g) La insularidad

Un último rasgo que cabe mencionar es el relativo aislamiento de nuestros monasterios, debido en parte a la lejanía geográfica de Madagascar (a más de 9.000 km de Francia) y sin conexiones fáciles con los países africanos. Subrayamos que la cultura y la mentalidad malgaches no tienen mucho que ver con las culturas africanas, aunque se pueden encontrar algunos puntos de semejanza. En muchos sentidos están más cerca de una mentalidad asiática. Los antepasados lejanos de una parte importante de la población malgache, en particular en la región de Antananarivo y más allá, son originarios de la Polinesia, y conservan rasgos físicos, culturales y lingüísticos. Por lo tanto, no es sorprendente que en la cultura local se encuentren todos los elementos característicos de la insularidad, que no contribuyen en gran medida a una verdadera apertura y a intercambios fecundos, por consiguiente, avances culturales tanto como económicos. Cabe señalar que la estancia, para estudios o complemento de formación monástica de algunos hermanos y hermanas en nuestros monasterios franceses, así como las reuniones (entre otras, Anania, Santa Ana) contribuyen a que las cosas vayan evolucionando.

 

4. El futuro

Es cierto que casi todas nuestras comunidades están compuestas por una abrumadora mayoría de hermanos y hermanas malgaches. Esto significa que el trabajo de inculturación avanza lento pero seguro. Las costumbres evolucionan según los cambios de mentalidad, la composición de las comunidades, la personalidad de los superiores y la calidad de su entorno. El momento difícil es siempre cuando los hermanos o hermanas locales ocupan los puestos principales de autoridad en las comunidades. Hasta entonces, los fundadores, sus sucesores y las costumbres de la casa madre, proporcionan un marco de referencia o incluso un criterio de discernimiento; por lo tanto se produce un diálogo entre la Regla, la tradición monástica y el espíritu del superior y de la comunidad en el lugar en el que se vive. La experiencia ha demostrado que a menudo se trata de una etapa delicada, con iniciativas a veces torpes, experimentaciones necesarias y una maduración de las mentalidades y profundización de la vocación monástica. Se trata de un cambio indispensable que el mismo san Benito y toda comunidad han conocido. Se trata de traducir un ideal, una vocación en las circunstancias concretas de la vida. La Regla, las Constituciones y la tradición monástica están todas allí, pero no bastan para organizar los mil y uno aspectos de la vida diaria en comunidad en el día a día.

Una tarea a la vez delicada y apasionante, una responsabilidad que nadie puede asumir en lugar de otro. En efecto, se trata de la transmisión de un carisma y de la puesta en el mundo de un niño: alimentado, formado, animado por sus padres, y antes incluso de que haya alcanzado la edad adulta, le corresponde tomar su vida en sus propias manos y seguir adelante, confiando en el amor del Señor, que nunca le faltará.

La imagen más justa de este misterioso proceso es sin duda la del grano sembrado en tierra. Fecundado por un rincón de tierra único por sus características, la planta que va a germinar, dar su flor y finalmente su fruto será a la vez similar a la semilla, de una misma naturaleza, y legítimamente diferente, marcada con sus propios componentes. Esta es una ley natural, sin duda querida por el Creador, para dar lugar a una infinita variedad no sólo de formas y colores, todos más hermosos unos que otros, sino también de sabores, perfumes y cualidades de infinita riqueza. En realidad, esta asombrosa metamorfosis nos sitúa en el corazón del misterio pascual, porque nada de este parto, que finalmente dará gloria a Dios y salvará al mundo, puede suceder si no muere primero la semilla2.

En conclusión, se puede decir que en Madagascar estamos viviendo un momento crucial en el que nuestra vocación única de “buscar a Dios” en la vida monástica, va a tener que expresarse plenamente y sin duda enriquecerse también, a través de la cultura local, en los corazones de monjes y monjas que tendrán que traducirla según su propia gracia y la de su pueblo.

 

1 Actualmente disponibles, gracias a la ayuda del AIM: la vida y la Regla de san Benito, una vida de san Benito en cómics y una selección temática de Apotegmas.

2 El verdadero misionero que fue el padre Carlos de Foucauld ha descubierto progresivamente esta ley evangélica dejándola inscribirse hasta en su carne.